MORI PONSOWY: Le gustaba hablar del tiempo. ¿Pero cómo podía importarme a mí el tiempo cuando sólo me importaba la tormenta -única, descomunal- de mi propio corazón?
MI MADRE HABLA EN MÍ
Le gustaba hablar del tiempo:
del aguacero inesperado
y de cómo barrió las últimas chicharras;
del picaflor que hizo un nido en el jardín
y venía a la cocina a saludar;
de la flor del apamate;
del perfume de los bucares;
de la dirección del viento.
Le gustaba hablar del tiempo.
¿Pero cómo podía importarme a mí el tiempo
cuando sólo me importaba la tormenta
-única, descomunal- de mi propio corazón?
Ante su latir ensimismado, las nubes
no eran nada, ni la presión del aire, ni
la dirección del viento. La meteorología
-toda: su suma de corrientes, frentes atmosféricos,
perturbaciones súbitas- se evaporaba como una gota
de agua bajo el ardor de mi vida
ensimismada.
Le gustaba hablar del tiempo: podar
los rosales; poner la mesa como debe ser.
Y a mí… A mí sus palabras me empujaban
a un cansancio mudo, a un hastío desesperado,
a una impaciencia que me escocía
hasta dejarla hablando sola:
¡huir de ahí!
Como una ostra que se nutre en mareas
de arrogancia, cultivé una perla
de silencio
para las dos. A…
Le gustaba hablar del tiempo:
del aguacero inesperado
y de cómo barrió las últimas chicharras;
del picaflor que hizo un nido en el jardín
y venía a la cocina a saludar;
de la flor del apamate;
del perfume de los bucares;
de la dirección del viento.
Le gustaba hablar del tiempo.
¿Pero cómo podía importarme a mí el tiempo
cuando sólo me importaba la tormenta
-única, descomunal- de mi propio corazón?
Ante su latir ensimismado, las nubes
no eran nada, ni la presión del aire, ni
la dirección del viento. La meteorología
-toda: su suma de corrientes, frentes atmosféricos,
perturbaciones súbitas- se evaporaba como una gota
de agua bajo el ardor de mi vida
ensimismada.
Le gustaba hablar del tiempo: podar
los rosales; poner la mesa como debe ser.
Y a mí… A mí sus palabras me empujaban
a un cansancio mudo, a un hastío desesperado,
a una impaciencia que me escocía
hasta dejarla hablando sola:
¡huir de ahí!
Como una ostra que se nutre en mareas
de arrogancia, cultivé una perla
de silencio
para las dos. A…