24 ene. 2016

Gato ¡dame!










Gato ¡dame!


una de tus siete vidas, haré 
con ella lo que me plazca

dormir pesada como plomo
andar pendenciera con garras afiladas
negar la familia, provocar rencillas 
y quebrar en pedazos a la rata huidiza

maullar cuando suene llave en el cerrojo
parar las orejas ante la nota grave
huir a la sombra 
alardear voluptuosa y mirar maniática

refregarme 
sedosa en cualquier pierna
y entregar el cuerpo en pago, la caricia
qué bien se siente pero sólo
quien me alimente será amado

abandonaré el agua para siempre
acecharé alas plumosas, que el sol
me germine en la cabeza: seré
nocturno y macho. Mis presas
serán lagartos o insectos tal vez

rasparé, chuparé, me alisaré la piel

taimada 
gris y belicosa 
devoraré y caeré presa del hambre 
nuevamente 

 la cucaracha encontrará un triste fin
-de acuerdo- pero vos dame, gato
dame una de tus siete vidas
voy a hacer con ella 
¡lo que te plazca!




 M.A.

9 nov. 2015

Liliana García Carril/ ES TÍPICO / olvidar una papa en el fondo de un canasto / es ley que brota / y se agrieta / si pasa de hervida / qué sé yo / de ser / solo / alimento.









La dura materia del pensamiento de Liliana García Carril, recién aparecido en Zindo & Gafuri, abre la parte II con un epígrafe de Louise Bourgeois: “Sin un poco de miedo no se hubiera hecho nada en el mundo”. Tomo nota del epígrafe y pienso que es una buena clave para leerlo, porque sus poemas tratan la materia y lo pensable y reflexionan sobre la dureza de lo uno y lo otro y ninguna de las dos cosas se harían sin un poco de coraje.
En la materia está el mundo con su pretensión realista: una papa, una mesa, la noche, la escritura, el cuerpo en una silla, una cuchara de madera, una sopa, el paisaje, la cocina y otra vez el cuerpo. En lo pensable, el lenguaje y la pregunta con su esperanza y también su aspereza: ¿El lenguaje es realista? ¿La ironía es de la cosa? ¿Lo absurdo es una manera de ver o una manera de ser? ¿La soledad es la interpretación? 
Ese poco de miedo y la incomodidad ante la pretensión de certezas forman el bisturí con el que se descorre, frágil y precariamente, el silencio, la dureza, el realismo de la materia. Lo cotidiano, a la manera de Szymborska, es el lugar donde comprobar que todo lo sólidamente simple y sencillo, nos engaña. Escritura del pequeño territorio de lo incierto, de la meditación y la duda. Si vamos a hablar, hagamos las preguntas brutales: qué sé yo/ de ser /solo/ alimento.
Por estas y muchas otras razones (hallazgos en la precariedad, equilibrio en lo provisorio, música e inteligencia en la poesía) recomiendo este libro, del cual copio aquí unos pocos y potentes poemas, con sus preguntas refulgentes.

MA











1.

SENTIRSE solo ¿es realista?

Voy a ser objetiva: estoy en la cocina
(solo)

la canilla gotea

                          llueve

tomo whisky sin agua
tomo una ducha

me doy
una ducha

se hace un charco en el baño
el agua del charco no se mueve
no se va
el agua, aquí,
no conduce a nada
no puedo ser objetiva con el agua

la gata por ahí
lamiéndose.


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2.


Voy en camino de hablar sola
y digo:

es la realidad

la mesa de la cocina es real
la cocina es real como la mesa
sentada es la realidad de estar
en la cocina sentada a la mesa

soy realista:

me siento confusa

el sentimiento parece ser real
soy un ser vivo
todo ser vivo es real de alguna manera

la cocina es realismo limpio
por el momento

hervir, saltear, adobar
freír, derramarse la leche y no
ensuciarlo todo con lágrimas.


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5.


UNA PESADILLA que se tiene
al ver el movimiento
de los plátanos

esos troncos añejos
entregados
al viento del sudeste

¿es objetivo ponerse a mirar eso?
¿un martes a las cuatro de la tarde?

elevar la vista y detenerse
en qué otro asunto
de importancia.


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7.

ES TÍPICO olvidar
una papa
en el fondo de un canasto


es ley que brota

y se agrieta
si pasa de hervida

qué sé yo
de ser
solo

alimento.


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8.


A VECES tengo un día
hoy
        tengo un día
digo lo tengo, y lo tengo

quiero tener un día
y aquí estoy con el día
un día mío

sola yo y el día
que tanto quería tener

no un día de esos
ni un día de aquellos

ni me acuerdo
¿te acordás de aquél día?
ese día te odié

hoy está este día
y ésta cree
que puede tener un día
como se tiene
un gato.


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9.


HAY QUE ser una misma
hay que saber
ser
una
misma

hay que saber qué es eso:

una misma es un mamífero
de la familia
de los antiguos común – mismos

del latín communis
(vulgaris dogmaticus)
y ellos mismos no sabían
quienes eran;

es “nuestra palabra”, decían

pero la misma
no entendía
la palabra “nuestra”
era una en germen
una mismita.


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15.

(a E.Z.)

UNA papa
una piedra
lo solo de comer
del animal

no te anima el día
ni la espesura de la luz

espasmo de lo solo
al despertar
silencio
come y duerme.


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20.

ESCRIBO sola en la cocina
creía que escribía sola
creía que escribir era sola
           que la soledad era
estar sola en la cocina escribiendo
creía que escribir y soledad eran
nombres importantes
de acontecimientos solitarios

dormir a pata suelta también
es un acontecimiento solitario
y de gran importancia
cuántos acontecimientos estarán
ocurriendo ahora a las tres de la mañana

y yo sola en la cocina creía estar sola
y creí que eso era el gran acontecimiento

pero sola estoy ahora
que la gata no me acompaña en esto.



:::



HUNDIRSE y hacer pie
con la cuchara de madera
tocar fondo sin picar el anzuelo
ni el laurel:
respondo a las órdenes de verduras;
una voz me dicta el procedimiento
de la sopa, del hervor,
del tiempo: hay injusticia en el bienestar
de una olla, una cosa heredada, muy vieja.

pero hay que alimentarse
atenerse a la ebullición de ese caldo
donde flotan fragmentos
que pudieran ser pistas
para construir
los días que vendrán.













5 oct. 2015

ELBA SERAFINI/ ¿Alguien, además de una madre conoce el pequeño escalofrío que hay en la abnegación? cruje el hogar hace su despliegue incandescente y sin embargo todo abrigo no alcanza para empezar el día.










Los poemas de Elba Serafini pueden leerse como ajustadas crónicas naturalistas pero lo crucial en ellos no es lo que se ve sino lo que apenas se roza. Poemas de lo fugaz e irreversible, construidos sobre lo que quizás fue. El ojo avizor que registra en el parpadeo más que en la travesía, el oído que en el ruido del mundo ausculta el ronroneo, el murmullo. El escalofrío que provoca la perplejidad: conozco o desconozco. Son poemas escritos alargando el oído al imperceptible crac de la rama que ¿pisamos o creímos pisar? Poemas de la pregunta; los he leído larga, repetidamente y siempre encuentro el sustrato, esa manera tan personal de Elba de interpelar lo oculto en lo cotidiano, en el viaje, en la caminata, en el recuerdo de la infancia, su personal registro de las catástrofes mínimas, su relato de la destrucción y construcción del mundo donde nada es trágico, pero todo muere o morirá con la misma vitalidad con la que nace. Hoy vuelvo a leerlos y celebro el asombro que nos deja cada vez que interpela lo oculto y se queda sin respuestas.



MA




Aquí una pequeña selección de sus dos libros Dinamarca (Ed. Sigamos enamoradas) y El lugar en el que estamos (Ed. Viajero insomne)





I



Noche de inmenso cielo

no lo veo más

que a través de la ventana

de la cocina

cuando voy a buscar

algo para comer.

Un viento fuerte del sur

hace caer los cables

que se unen al carrillón

y a más cables

en rítmico devaneo.

Nerón equilibrista los mira

sin dejar de rugir

por la presencia

que lo aleja de mi lado.



¿Qué hacer con la ansiedad?

preguntaste.



Si estuviéramos en el desierto

diría que se avecina

una tormenta de arena.


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Todo sucede en la espera,

en el tiempo que transcurre

mientras un hijo crece

o un aguacate da sus frutos

y aún así parece que nada pasa.

Es invierno y pienso en los días

de sol rojo, de cielo rutilante

hasta la impaciencia.



¿Alguien, además de una madre

conoce el pequeño escalofrío

que hay en la abnegación?



cruje el hogar

hace su despliegue incandescente

y sin embargo

todo abrigo no alcanza

para empezar el día.



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LOS DÍAS APARENTES





Ruido del mar, qué golpe derramado

qué entreverada voz y qué sonido

tan confuso y oscuro

cuando todo en derredor está tan claro.

Circe Maia





I



En algunas playas de la Riviera

unos pájaros negros como cuervos

caminan la arena fría,

lanzan gritos afilados,

se aferran a los parasoles y planean

atacar a los turistas.



Una fotógrafa avezada se acerca sigilosa,

les da de comer pequeñas migas

que antes moldea con sus dedos,

ellos se aquietan

y caminamos con tranquilidad

hacia la envoltura turquesa

del océano.





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I



Hoy las plantas se volvieron locas

creen que es primavera,

están teniendo brotecitos verdes

y flores, que se quemarán

con las heladas

todavía por venir.



Me quito las medias

y camino descalza

por el piso frío

de la gran casa silenciosa.





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II



Antes, todo en mí te celebraba

y aún hoy te privilegia;

un mecanismo extraño se empeña

en crear escenas ficticias,

ellas me convencen

de que no hubo malos tiempos



un ensamble

un nuevo orden de cosas

en donde la memoria adquiere

cierta forma de tranquilidad.





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Los gansos negros que habitaron

el Paseo central da alameda

se fueron un día, sorpresivamente.



No es la ausencia

lo que lastima,

es haber estado allí



y no haberlos visto.
















:::



Oruga o mariposa

te quedás adentro o afuera.



Afuera está el mal, me advirtieron

pero no les hice caso

y desplegué las alas más buscadas

por los coleccionistas.



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En la noche los hombres cantan

y el humo espeso rodea a los presentes.

Cautivado alguien tropieza conmigo

y al disculparse

intento convencerlo

de que no estoy.



Perseguida por la idea

de no habitar un cuerpo,

busco la manera de respirar

sin ser vista.



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Estoy semidormida

mi boca entreabierta murmura

algo inteligible, sin embargo

mantiene cierta coherencia

con el entorno.

Parece que voy a despertar,

casi siempre parece

que va a ser fácil

despertar,

un sonido desmesurado

o el aire que mueve las cortinas

y una hilación imaginaria

se esfumaría para siempre.



“For you” le dijo ella al guitarrista

secándose una lágrima

al terminar de jazzear

una canción de amor.



El ruido de los autos

un grito lejano

y la calma ensombrecedora.



For you, repito para soñarlo,

y así detener por esta noche

el desvelo.



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Cuando mi hijo nació

yo tenía la misma edad de mi madre

al tenerme a mí.

Otra madre en otro auto

condujo por la avenida solitaria.

Esa noche fue la última

de un calor prolongado,

la primera de un sonido

incomprensible.

Un niño duerme donde otro

lo precedió.

¿Ahora es pasado?

Por un instante,

sólo por un instante.

De Dinamarca (2007)







:::








Acá: el prologo que escribió Ana Lafferranderie para El lugar en el que estamos

Un lugar a nuestro modo



El lugar en el que estamos siempre es múltiple. Es el pequeño territorio del instante y es el que llevamos dentro, cambiante como los ritmos del aire y los ciclos de los árboles. Es a la vez cada ámbito que tracciona el recuerdo y lo que suma la propia percepción: los avisos del mundo que llegan por sonidos, movimientos cercanos, arribos de la luz.

Elba Serafini nos ubica en un territorio signado por el radar de un yo lúcido y atento, que dialoga consigo mismo mientras registra en forma minuciosa y selectiva acontecimientos en apariencia pequeños. Un yo que anticipa, reconoce, recuerda. Y cada aspecto de lo real que sopesa pasa por el tamiz de una cauta inquietud, se integra a una tensión. Es un yo retraído y a la vez profundamente conectado. Un yo perplejo, anhelante, vital.

“De pronto todo es un río, /las calles, las casillas de madera/ al otro lado de las vías / Casi adivino a los perros/ temblando, afuera”, dice Elba. Una diversidad de desplazamientos materiales, perceptivos, imaginarios se mixturan en el universo de este libro. Su lugar es un adentro-afuera, es ese diálogo que realiza el mundo de un modo único, subjetivo, y que, guiado por la percepción poética, potencia la experiencia. En cada poema que compone este libro, el presente de la enunciación se expande, se acrecienta. Y allí radica la verdad de su poesía.

“Un viento fuerte del sur/ hace caer los cables” dice un poema. “Hileras de luces tenues/ como las nubes/ del buen tiempo/ balanceándose en la avenida”, describe otro. Y luego: “apenas llegábamos a cerrar las ventanas/ cuando ya se respiraba/ el agua en la tierra”. “El lugar en el que estábamos” es un libro de gran sensorialidad que se vale con solvencia de sucesos delicados, no estridentes, de murmullos, de un leve devenir, mientras nos habla del peso de la existencia, de las grandes preguntas que apenas se formulan porque están vivas en el núcleo del poema.

La vida aparece así como ese “gran buque blanco, poderoso, averiado” que surge en un poema o como el “colectivo vacío” que nos cruza un rato antes: pura potencialidad y a la vez ausencia.

Vivir es convivir con malestares, latidos que molestan, predicciones que fracasan. Aceptar hechos que transforman, hundirse y resurgir. En este libro, alejarse puede significar la posibilidad de un acercamiento; estar cerca puede resultar excesivo. Y entonces llueve para que no tengamos “que salir a regar”, para que podamos dosificar la salida, construir un lugar a nuestro modo. “Pero al poco tiempo/ otra vez estamos ahí” afirma Elba, y está la posibilidad de abrir ventanas, descansar en el sueño. Está el deseo de reír. El deslumbramiento frente al roce de las hojas del plátano o la presencia de estrellas. Y está la esperanza: “y si la fría nieve bajara otra vez/ sobre este lugar/ que no abandono/ podría cambiar, hacerme árbol/ salvarme de un alud”.



“¿Qué hacer con la ansiedad?” se pregunta este libro y el lector intuye: hacer poesía, describir la materia morosa de un momento, recuperar las “escenas ficticias”, ver un río en las calles, adivinar el temblor de los perros. Comprender y afirmar que la vida sucede cuando parece quedarse quieta, que el movimiento de las hojas y el crecimiento de un hijo se emparentan y que comprobar la magnitud vital de esos hechos es la mayor, quizás la única, riqueza que tenemos.

Ana Lafferranderie




30 sept. 2015

Marcelo Díaz/ Es la doctrina del aire ¿Soñará con un bosque una cúpula invertida en un espejo de pinos?








Sobre El fin del realismo de Marcelo Díaz (Ed. Viajero Insomne)

Poemas en los que todo es materia y, como tal, redimible en el lenguaje. Observar al mundo para escrutar sentido, pero sentido poético, a través de la leyes de la ciencia, la infancia, la amistad, la vecindad, el amor y el paisaje como forma de ecuación personal porque el observador solitario, detallista, debe escrutar todo para conocer nada o casi nada. Así son los poemas que Marcelo Díaz reúne en El fin del realismo que publicó Viajero insomne: variaciones fulgurantes -nacidas de la lupa y el método- que vienen a aportar originalidad a esa labor desproporcionada que asume la poesía de reorganizar el mundo de acuerdo a la tensión, sonido, textura y precisión del lenguaje para así destilar estelas de revelación.

Como toda mirada verdaderamente personal, la de Díaz es desenfocada, iluminada, de bella estructura y posee un poder refractario que nos provoca emociones sinceras e ideas nuevas. Gracias por tus observaciones Marcelo, el tamaño del universo es ahora tanto mayor que el que había antes de que lo miraras.
MA



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Monólogo de Donnie Darko



En algún punto del jardín descansa un motor diesel.

Yo no era nadie en el universo

pero dibujaba accidentes aéreos.

Esa era mi particular manera de estar integrado

a la vida de los aeropuertos

hasta que leí el texto sobre una dimensión invertida

que cambia o duplica las historias personales

escrito por un hombre disfrazado de conejo.

Viajar por el tiempo es una tarea abstracta

como imaginar una antena portátil

dentro de la bóveda celeste o calcular la trayectoria

de la turbina de un avión cayendo al abismo.

Quizás existió un proyecto distinto para mí

entre las diferentes opciones de la oscuridad.

Temprano pasaré de ser el fogonazo



de una bengala a la última grabación de una caja negra.







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Catamarán



Fotograma: hombre con sombrero de mimbre

entrena a su pájaro en una balsa de bambú.

Es la doctrina del aire ¿Soñará con un bosque

una cúpula invertida en un espejo de pinos?

Tras el ataque el pescador recoge los peces

en un recipiente de paja. De otro modo

si desata el hilo de su garganta el ave

partirá lejos enfocada en el mapa de ruta

de las migraciones transcontinentales.

En condiciones seguras será como un arqueólogo.

Excavará el terreno, anidará en su propio islote

alejado del gráfico elemental de los ríos

pero en el fondo sabe, como lo saben

todos los pájaros acuáticos, que el método

es inalterable, lo mismo que sucede con

la ingeniería de las represas o el movimiento

de sable de un samurai. De repente

te extraño ¿Serás el pescador en la corriente

sosteniéndose con una soga en la mano?

Pronto una nube negra, liviana como

una alfombra voladora, estará aquí

y recorrerá tu interior como un collar

un regalo que alguien echó de menos.





a Tom Maver









Invierno



Manejabas en la noche y chocaste un ciervo.

Encendimos las linternas, no encontramos a nadie.

Éramos animales solitarios que

se extendían por el territorio como

la sombra de una mancha solar. La aceleración del motor

idéntica a la de las nubes del horizonte.

De haber tenido un perro rastreador

hubiese sido diferente. Existen espacios en blanco

que ni la fuerza de gravedad puede enmendar.

¿Dormiremos en el pico de los árboles

donde descansa nuestro auto

y nos desintegraremos con los campos

concentrados en la calma de los pájaros?

Lo más probable es que sin luz

perdamos la transparencia. Este accidente

no puede ser sino pieza de una maquinaria

con la misión precisa de fabricar olvido.

Aprendemos a cuidarnos

de los ángulos de la pérdida

como de la oscuridad que dejamos atrás

después de la onda expansiva.

En las rutas del futuro no existirán animales

que se eleven por el asfalto ni tampoco

seres como nosotros dispersos por el aire

como una llamarada



moviéndonos en la dirección del invierno.










Teoría de la pérdida



Suponía que sería de noche

cuando el hilo eléctrico de tu voz desapareció

atrapado en un auricular como de plata.

Decimos sujetos a interpretación.

¿Qué cambiará ahora si enciendo un reflector

entre dos ciudades separadas por mil kilómetros

para reafirmar una marca en el asfalto

parecida a un hombre sentado en la autopista

ensayando una llamada nocturna?

Digo, por ejemplo, somos el campo de fuerza

de un agujero negro o como la espera

a punto de sacudir la quietud de las rocas.

Voy hacia ti, hasta aquí llegamos. Hablo

del boomerang de los afectos extraños

que en su viaje de regreso nos trajo lejos.



a M.R





De yapa el autor contando la historia de este poema en el blog amigo El Desaguadero




16 sept. 2015

María Laura Decésare/ ¿Por quién reza? Será por nosotras o acaso eleva sus plegarias al cielo para oír en la tarde oscura la sinfonía de las aves.



Hoy presentamos el nuevo y bellísimo libro de María Laura Decésare "Somos lo que damos", Ed. Del Dock.

¡Vengan a celebrar!









Aquí un pequeño adelanto de los preciosos poemas que van a oír:







Poema




Cae la noche sobre páginas en blanco

y sobre los pasillos corre un rumor.

A estas horas todo puede pasar.

La duda se acomoda en el espejo,

mueve sus alas y deja caer un signo

que revela el final del verso.





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Confesión





Si pudiéramos

escribir sobre lo escrito

y así borrar el silencio

como si en un verso

se nos fuera la vida.





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Silencio




Una lluvia incesante

detiene el canto de los pájaros

y empaña los vidrios de la casa.

No se oye nada,

ni siquiera la voz de mamá

que reza sentada en su sillón.

¿Por quién reza?

Será por nosotras o acaso

eleva sus plegarias al cielo

para oír en la tarde oscura

la sinfonía de las aves.





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Y aquí una muy buena lectura de su libro recientemente aparecida en Revista Veintitrés

http://m.veintitres.com.ar/article/details/42402/toda-la-poesia-del-mundo?sid=129&c=1





9 sept. 2015

MORI PONSOWY: Le gustaba hablar del tiempo. ¿Pero cómo podía importarme a mí el tiempo cuando sólo me importaba la tormenta -única, descomunal- de mi propio corazón?









MI MADRE HABLA EN MÍ







Le gustaba hablar del tiempo:

del aguacero inesperado

y de cómo barrió las últimas chicharras;

del picaflor que hizo un nido en el jardín

y venía a la cocina a saludar;

de la flor del apamate;

del perfume de los bucares;

de la dirección del viento.



Le gustaba hablar del tiempo.

¿Pero cómo podía importarme a mí el tiempo

cuando sólo me importaba la tormenta

-única, descomunal- de mi propio corazón?

Ante su latir ensimismado, las nubes

no eran nada, ni la presión del aire, ni

la dirección del viento. La meteorología

-toda: su suma de corrientes, frentes atmosféricos,

perturbaciones súbitas- se evaporaba como una gota

de agua bajo el ardor de mi vida

ensimismada.



Le gustaba hablar del tiempo: podar

los rosales; poner la mesa como debe ser.

Y a mí… A mí sus palabras me empujaban

a un cansancio mudo, a un hastío desesperado,

a una impaciencia que me escocía

hasta dejarla hablando sola:

¡huir de ahí!



Como una ostra que se nutre en mareas

de arrogancia, cultivé una perla

de silencio

para las dos. Alguna vez ella intentó acercarse,

estirar los brazos

y acariciarme.

Pero su piel revelaba signos de la vejez.

Yo me erizaba con su tacto: cerraba

mi propia nave y hacía crecer

la perla.



Nunca se me ocurrió que viajábamos

en la misma dirección; que mis palabras

también serían comunes; que también mi piel

se haría vieja. Capa tras capa

de vanidad tornasolada, me enorgullecía

de la perla: era mi grito de batalla.

El grito que me hacía distinta. Distinta

del mundo. Distinta de ella,

que solo sabía hablar

del tiempo.



Hasta que un sábado ya no habló más.



Se levantó de la cama

y cayó con un estruendo. Desde el piso,

sus ojos asustados me miraron.



No había gritado.

Un brazo se le agitaba solo: le golpeaba el rostro,

una y otra vez.



Un coagulo, dijeron los médicos.



Nunca más me ha hablado.



El mundo fue la perla. Mi madre me miraba:

sus ojos húmedos de preguntas

que yo no sabía interpretar.



Entonces empecé a hablarle. Y fueron

ráfagas. Fueron soles. Fueron cúmulos

y vientos planetarios.



Acaricio

sus brazos de piel delgada,

una y otra vez. Le paso los dedos por el pelo.



Estamos juntas.



Un pardal canta al sol del ocaso

en el jardín.



Al final de su vida, mi madre

empieza a hablar

en mí.







Mori Ponsowy, de Cuánto tiempo un día, Editorial Brujas. Colección Fénix.






Mori prenta este libro y su última novela Busco un amigo el miércoles 16 a las 19 hs En Libros del Pasaje, Palermo, CABA.