La isla/ Ed. Bajo la luna/ Reseñas, críticas y lecturas




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En librería virtual A cien metros


“Como un río impredecible”, por Ana Claudia Díaz





“que todos amamos el vientre que nos nutre / y que el cuerpo que fue echado al pozo prefiere el agua”, dice Mercedes Araujo en el último poema de La isla y en esa afirmación nos resuelve dentro de la envoltura de la naturaleza.
Este libro es un lugar donde el tiempo casi no transcurre más que en despertares e impresiones nuevas o traídas del algún recuerdo en otro sitio. Es un estado lleno de texturas, de olores, de tamices que se mezclan. Construyendo una especie de limbo la autora nos invita a poblarnos de sensaciones vírgenes.
Entre mutaciones o metamorfosis, prima lo primero, las cosas de la naturaleza el abrigo, las hojas, el armado de ese mundo es desde ahí. Se necesita cubrir las horas del tiempo de otra forma, la contemplación del todo, de cada pedacito, cada color que desaparece y aparece en el cielo.
La intemperie y la soledad desde la raíz. Las visiones, los animales que se fusionan y se re encarnan, las comparaciones. La poesía abunda y se alza en ese espacio-voz creando en retrospectiva una distancia que se hace inmensamente lejos y cerca a la vez.
La tierra que se palpa, las sombras de las palabras, todo muta y cambia con el pasar de las páginas, “mi aspecto marino es más temible que la herida que puedo causar”.
Araujo le habla a un otro, “yo te contaría que se me ha dado por volar / y alimentarme de lagartijas” y nos da cuenta de la posibilidad o elección, de cómo cambia la vida, su transcurso, como un río impredecible que busca la armonía y la capacidad de asombro ante el paisaje cotidiano, lo extraordinario o maravilloso en la sencillez de las situaciones diarias, en una tarde que se tiñe de una espera infinita.
“aprendí que la cura se logra al envolver el cuerpo / en una corteza de árbol que es tan gruesa / como si ella misma fuera un árbol”
En los poemas el peligro y el riesgo hacen constantemente un juego, un reflejo que se intercala con el calmo encanto, “dejar de intentar / que el cuerpo encuentre amparo”, y es el cuerpo el que recorre lo sensorial como una mudanza hasta ese lugar.
Al leer La Isla entendemos las acciones que hacen que los días se distingan unos de otros, cada día tiene un propósito, una actitud propia, los estados de las horas son como estaciones, un pasaje por cada uno de sus minutos. De pronto el suceder solo transcurre en la mirada, “no había pensando antes en la sal blanca y cristalina / que en el agua se disuelve y en cómo el sol / brilla mas sobre la sal que sobre el verde”.
El movimiento de las palabras es leve, despacio, exacto. Las descripciones son delicadas, bellas, es como estar ahí sintiendo el olor del agua que surge en la mañana, el minucioso detalle, incluso en una huella. El “yo” entra en otro lado y se convierte en la fragilidad para subsistir.
“algunas respuestas que se revelan / como ranitas quietas en medio de la noche, / las descubrís a punto de pisarlas, / o a veces demasiado tarde”.
La herida, el abandono se resuelven en la búsqueda, en lo inesperado, el presente se va adueñando el resto que quedaba, “también he terminado por aprender / que el cautiverio es mejor aquí”, a medida que avanzan los textos también lo hacen los descubrimientos que aparecen con mayor frecuencia.
La autora nos dice “estoy llevando una vida sin ninguna ley / no como a horas fijas, duermo en una cama hecha de palmas”, dejándonos en la cadencia del pensamiento, la reflexión y su eco casi a modo de moraleja del mundo.
La Isla es un ansiar al otro siempre y querer compartir o simplemente contar como es ese pequeño mundo casi de cuento a donde la curiosidad nos sumerge cada vez más, hasta que de pronto entendemos que al final, “la marea / todo lo enjuaga”.
Ana Claudia Díaz

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En revista/blog de crítica "El Desaguadero"


http://eldesaguaderorevista.blogspot.com.ar/

  por Hernán Schillagi

            La visitada metáfora de «la isla» para referirse a la soledad o al abandono más extremo recorre gran parte del imaginario de todo lector. El Robinson Crusoe, de Daniel Dafoe, funciona como el paradigma ineludible de cómo mantener la civilización a ultranza en tierras tan solitarias como extrañas. Así también, los personajes de Julio Verne se encuentran «aislados» como castigo ante la desobediencia (Los hijos del Capitán Grant), como el aprendizaje forzoso (Dos años de vacaciones) o el confinamiento personal e inolvidable del Capitán Nemo (La isla misteriosa). Aunque es cierto que toda isla puede contener un tesoro oculto, como nos proponía Stevenson. Por lo tanto, Mercedes Araujo (Mendoza, 1972) parte desde esos supuestos literarios para describir y narrar (los verbos son los correctos) un inquietante proceso de abandono.
Mercedes Araujo


            En La isla (Bajo la Luna, 2010) [1], Araujo recala en la naturaleza luego de un camino poético que empezó con Ásperos esmeros (2003), pasando por el compartido Duelo (2005) junto a Cecilia Romana y Carolina Esses; pero fundamentalmente, el intenso recorrido que realiza en Viajar sola (2009), libro que describe sus experiencias subjetivas en el continente africano, que la llevó a reflexionar: «Nací entre montañas, persigo la hierba / y ansío el desierto…». Pues ese trayecto, arduo y  sinuoso, tiene su  asidero en las costas poéticas de esta obra.

            El tópico de la naturaleza moviliza y justifica cada palabra de La isla. Como en los Poemas de animales de Ted Hughes, Mercedes Araujo encuentra en el recurso de la animalización (lo contrario de la prosopopeya, y no tanto) el medio alambicado para decir que su refugio último es lo «natural», ya que el abandono al que se ve forzada (¿por qué?, ¿por quién?) resulta ser lo «antinatural», lo imposible de relatar: «Al abandono salvaje le ofrendo la herida prometida…» (p. 23). Sin melodrama ni autocompasión, la poeta nos anuncia que su cuerpo es el que fue echado a un pozo.

            Por eso es que los poemas resultan desde los recuerdos, pero es a través del dolor que el yo lírico va mutando y encuentra en sus diferentes metamorfosis (lagartija, pez, pájaro) un modo de confundirse con el paisaje y mirar hacia delante, ya que  nos avisa: «entre el pasado abigarrado y el futuro deshabitado, lo que hay es poesía…», para reforzarlo   luego con la voz de Emily Dickinson: «La retrospección es la mitad de la prospección / Y a veces más». En uno de los poemas, Araujo también dice: «hoy el cuerpo ha tomado la forma de un tipo de culebra, / parda, oscura, con llagas por todo el cuero…» (p. 26). Es la misma voz que testifica las transformaciones como si fueran lejanas, pero no ajenas.

            El lector que ingrese efectivamente a La isla se va a encontrar con un grupo de poemas sin título ni numeración secuencial. Es decir, la propuesta de lectura es la suma de fragmentos o textos breves, pero con versos de amplio período, donde la voz -que persigue un destino o una revelación- narra una experiencia tan devastadora como sutil. La figura tonal propia de la narrativa intenta dar unidad al poemario; aunque, es cierto, hay veces que las descripciones de la naturaleza circundante distraen y empantanan el fluir del «relato»: «Esta mañana descubrí un animal que tiene el cuerpo negro / muy liso y en cada pata tres dedos, / pasa sus días en compañía de un pájaro de pico agudo y plumaje blanco mezclado de pardo…» (p. 34). Los poemas, entonces, ganan en voluptuosidad, pero pierden en precisión: «Tengo plumas de muchos colores y también un rosario / hecho de huesos de pescado, piedras blancas y verdes / incrustadas en los labios y las orejas…» (p. 30)

            No obstante, la musicalidad de los poemas está garantizada. La conexión vital con la naturaleza y el paisaje van creando una respiración proteica, un decir ondulante a veces, sumado a una sintaxis dislocada que atrapa. Marcelo Leites en La música de la poesía sugiere: «La música de la poesía actual puede equipararse a la música de la prosa; la prosa y la poesía ya han dejado de ser dos extremos que nunca se tocan. Y en esa música tal vez haya menos verbos (es decir menos acciones) y más descripciones…» [2] Por lo tanto, no es casualidad que Araujo sea también narradora [3] y sepa manejar momentos de cierta tensión y diálogos expectantes hacia un destinatario -una segunda persona, un «vos»- que tal vez resulte ser el factor que ha provocado este aislamiento y además una «voz otra» que no responde al llamado: «O también podría decirte estoy algo cambiada / si me vieras: vigilo, espero, aguardo el regreso del azul…» (p. 45).

            El paso del tiempo es el tiempo de la espera solitaria, sin embargo existen algunos hitos como cuando se convierte en pájaro; ya que allí observamos que se ha cumplido un ciclo completo de las estaciones: «Te contaría que los pájaros que se habían ido, han vuelto…» Para decir más adelante: «el desconsuelo se ha vuelto mayor, / una cobardía que recién ahora conozco…» (p. 27). Sigue siendo el hábitat salvaje el que marca el ritmo y la ausencia, aunque deviene en cobijo, madriguera o cueva ante el desamparo. El estado de ánimo se manifiesta en las metamorfosis constantes, pero hacia el final, la conciencia de los miedos se hace palpable y comienza un descubrimiento del ser a pesar del dolor: «de todos los miedos sólo uno persiste, / convertirme en un lagarto verdadero…» (p. 45). En consecuencia repasa todas las mutaciones e, indefectiblemente, la mirada ha cambiado; el llanto en la más pasmosa soledad ha logrado «enjuagar», limpiar el dolor y mirar de nuevo el ambiente que la rodea.

            Con La isla, la mendocina Mercedes Araujo se instala con firmeza en un grupo interesante de mujeres poetas como Claudia Masin (Chaco), Paula Jiménez (Buenos Aires), Bettina Ballarini (Mendoza) y Claudia Prado (Chubut); que han sabido sostener, desde hace más de una década, un lirismo cimarrón que se permite «impurezas» prosaicas o genéricas. Como así también llevar adelante esa «doble voz» de la que hablaba Alicia Genovese: «La primera voz, respondiendo a las exigencias de una crítica […] que se preocupará por el entramado del texto, por su trabajo con los procedimientos. La segunda voz, dejando en la superficie textual las marcas de un sujeto que disuelve una identidad social sobrecargada de mandatos y deberes para proyectarse en otra distinta que es básicamente la reformulación…» [4] Así, la isla de la poesía, finalmente, cada vez se va habitando más de nuevas miradas y voces notables.

     
           
Tres poemas de La isla


Hay días en los que me hundo en el agua y no sé
si por influjo de la luna o por un simple movimiento del sol
puedo deslizarme sobre la tierra tan sinuosamente
como una serpiente con aros de color azul intenso
desde la cola a la boca, pero ese cuerpo de serpiente
pálido y embozado no soy yo,
quisiera poder aclarar cerca de tus oídos
algunas de estas cosas, me has dicho
que no es posible por ahora,
ya que las nuevas ocupaciones te llevan todo el día
y también que tu vida es mejor, más sólida.
no me hagas caso, simplemente, podrías decirme
si es verdad que las escamas de mi cuero
siguen brillando a pesar de haber sido
arrancadas una por una, y que aún así
el cuerpo está contento con esta pequeña vida.

*

En cada oscuridad la luna elige
sólo una de sus caras y es aquella alumbrada por el sol
mientras la otra vive en penumbras,
esto seguramente ya lo sabrás,
de nada sirve esperar –como la flor que duerme
vuelta mineral en una roca ínfima–
algunas respuestas que se revelan
como ranitas quietas en medio de la noche,
las descubrís a punto de pisarlas,
o a veces demasiado tarde.

*

Lo que ocurre tiene que ver con el clima,
en días como hoy, cálidos y tormentosos,
el aire se llena de recuerdos
que dejan el cuerpo desnudo, sobrevenido
como un accidente, en estos días el aire
es dominante y triste el destello
que por la noche, en medio de una emboscada,
se escribe sobre la copa de unos árboles
a los que sólo el movimiento permite adivinar.


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Por Elba Serafini
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No. 38 / Abril 2011

Por Elba Serafini en Periódico de Poesía de la UNAM

http://www.periodicodepoesia.unam.mx/index.php?option=com_content&task=view&id=1712&Itemid=81
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isla-araujo.jpg La IslaMercedes Araujo
Editorial Bajolaluna
Buenos Aires, 2010.
Por Elba Serafini
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isla-araujo.jpg La IslaMercedes Araujo
Editorial Bajolaluna
Buenos Aires, 2010.
Por Elba Serafini
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La isla de Mercedes Araujo es un lugar en el que suceden todas las cosas, un territorio en donde se producen grandes transformaciones físicas y emocionales, y en donde las transmutaciones estallan poema tras poema.

Lo primordial es realizar una limpieza exhaustiva del terreno ya que la extensión de tierra que se habita es un refugio que debe cobijar la actividad, la imaginación, y las promesas de días más brillantes.

El libro, Tercer premio del Fondo Nacional de las Artes 2009 de Argentina, comienza con un anuncio: algo ha cambiado, algo hace que a veces no se perciban las diferencias, y que alguien se quiera aferrar a lo que ya no tiene vida; esto implica el deseo de cambiar la piel, ser otra, no sufrir las consecuencias en el propio cuerpo, convertirse en un animal malo y feo para ser temida, y no ser presa fácil por la fragilidad de su aspecto humano.

“La vivencia de un dolor siempre es la vivencia del dolor de cada sujeto”, dijo Freud, y la protagonista se recluye para vivirlo o exorcizarlo, en tanto que hay una pérdida que no se soporta; y ese otro que no está, ¿qué horas estará viviendo?

Entonces hay que empezar un nuevo camino —camino que Araujo comenzó a trazar tal vez sin saberlo, un libro antes, en Viajar sola (Editorial Abeja reina, 2009). En él aparece la búsqueda que se intensifica en La Isla; identificarse con lo salvaje es buscar otras formas de comunicación, ser como un gato o una hoja, ser distante, pretender un consuelo.

Y en ese transmutar el cuerpo ha sufrido, padece fiebre, la salud se resiente, duele. “Vi al amanecer beneficiarse como un jardín/ que es adorado por el sol, celeste e imperfecto,/ pero esta noche el cuerpo me arde,/ como el ciego tanteo los bordes/ para captar la temperatura y el color/ de mis dolores y descubro que aún ardiendo/ no es un cuerpo cortante.

Mientras tanto, los días pasan.

El aire se enrarece y emana deseos infantiles, no de juegos, de misterios.

Entonces, como una tregua surgen la quietud, la observación, el tiempo, para el descubrimiento de la naturaleza y de lo interno.

“Ahora que no tengo nada más que hacer,/ podría predecir las fases de la luna pero el cielo/ está densamente nublado./ Sería bueno esta noche tirarse en una acequia,/ enterrarse, taparse con hojas el cuerpo/ y esperar hasta mañana, en cada amanecer/ hay un animal que muere, otro que migra.”

Y el dolor sigue pero podría asegurar que hay una vía para la cura “…Hay algo que me ha dejado confundida:/ el desconsuelo se ha vuelto mayor, una cobardía que recién ahora conozco./ No he sabido ni podido entender/ cómo es la partida de la luz cada día/ tan distinta, cómo es que el mar descarga tempestades,/ no había pensado antes en la sal blanca y cristalina/ que en el agua se disuelve y en cómo el sol/ brilla más sobre la sal que sobre el verde.”

Avanzando en las páginas el lector percibe que la autora, escritora tan exquisita como filosa, da cuenta de un clima propio de una isla, de una geografía, o que, tal vez, nos está hablando de la lucha que se libra en ese continente y en esa atemporalidad que suceden en el interior de un sujeto.

A diferencia de la metamorfosis de Kafka, la protagonista no tiene un proceso de animalización mental, acaso hay un comportamiento que es variable y no se instala ni siquiera en lo físico; en algún momento todo tomará su cauce, cuando aparece una imagen optimista, que inmediatamente es refutada por los versos o poemas que siguen. Aún así le gustaría mostrar su realidad a la persona ausente.

Al final del libro, por fortuna, el estado la isla se abandona, se deja atrás y se ve como un tiempo de curación.

Es que cuando la confusión se presenta, a veces, bucear en la profundidad puede llevarnos a la superficie. 
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En escritores del mundo, revista y blog de literatura, ensayo y crítica
Geografía de la espera: La isla de Mercedes Araujo por Carolina Esses
Nacida en Mendoza pero radicada desde hace varios años en Buenos Aires; poeta, narradora y fotógrafa, Mercedes Araujo (1972) confirma con La isla (Bajo la luna, 2010) su último libro, ganador del tercer premio en el género poesía del concurso de régimen de fomento a la producción literaria nacional y estímulo a la industria editorial del Fondo Nacional de las Artes 2009, la construcción de un imaginario potente y original que da cuenta del resurgimiento lírico que desde hace ya casi una década se percibe dentro del campo poético de Buenos Aires.
    Entendamos la lírica como un tono, una postura que no busca devolver al lenguaje el adorno vetusto de antaño. Y digo campo poético de Buenos Aires porque sabemos que la producción argentina siempre ha sido vastísima aunque no siempre la estética dominante le haya dado lugar a lo que sucedía fuera de ese puente que es Rosario-Buenos Aires. También es cierto que a partir de cierta apertura del campo poético –revistas, recitales- a posturas que no son sólo las de la llamada generación del noventa, cobraron visibilidad textos que se desarrollaban en diferentes regiones del país, que tenían otras marcas, otras referencias y que circulaban poco en la Capital.
    Dentro de este resurgimiento se percibe una multiplicidad de escrituras. Basta pensar en el regreso al discurso amoroso –la reescritura del discurso amoroso- que plantea Osvaldo Bossi. O el universo de la botánica que llega de la mano de la temática del jardín y es heredero de la obra de Diana Bellessi. Las producciones son muchas y variadas, lo interesante es que se despegan de la coloquialidad más llana permitiendo la circulación de textos que construyen metáforas más vinculadas con lo vegetal o con lo animal. Es dentro de este universo estético, heredero también de la poesía norteamericana del siglo XX y producto de una profunda y paciente indagación en el paisaje (aquí surge siempre ineludible la poesía de Juan L Ortiz) donde se destaca la producción de Araujo.
    La coherencia entre su último libro, La isla y los anteriores -Ásperos esmeros (Ediciones Del Copista, 2003), Duelo (Ediciones Del Dock, 2005) y Viajar sola (Abeja reina, 2009)- la encontramos no sólo en el tono sino también en los epígrafes. Emily Dickinson, por ejemplo, con su economía y su síntesis, su amoroso cuidado de las palabras como si fueran pequeñas plantas –tallo, pétalos, raíz- le sirve a Araujo para dar cuenta de su propia concepción de la poesía. Una poesía de lo íntimo o digamos, mejor, feroz en lo íntimo. Mariane Moore le ofrece su zoología: universo casi fundacional que la autora toma y resignifica a través de las metamorfosis, los cambios de piel, no sólo presentes en La isla sino en Duelo y por supuesto, en ese recorrido por Nairobi que es Viajar sola (podríamos decir, la crónica poética de un viaje.) Es en este libro donde se plantea a través de la cita de Elisabeth Bishop la pregunta fundamental: “Piensa en el largo camino de regreso a casa. ¿Hubiera sido mejor quedarnos en casa e imaginarnos este lugar?” que recorre la obra de Araujo. Porque cada poema equivale a la cartografía de un universo nuevo, equivale a un viaje.
    Sin embargo no es sólo en la multiplicación de imágenes vegetales y animales donde se construye la poesía de Araujo sino en la pura encarnación. Es decir: no se trata de la descripción de una geografía. Ni siquiera en Viajar sola donde el paisaje –reconcible a través de las fotos del viaje que componen también la edición- es protagonista. Constantentemente el cuerpo de la mujer se animaliza, su lengua es ancha, roja, bífida. Travestida, si se quiere, de mujer-animal –las manos y la piel de mona- Araujo explora las posibilidades, los matices de un tono que, aunque lírico, nunca se aleja de lo coloquial. Como si se tratara de una serie de cartas de amor, aunque más bien deberíamos decir anotaciones, de esas que se hacen en los márgenes de las hojas y se cuelan entre lo cotidiano -quisiera que lo oigas, me gustaría saber cómo es tu vida, dicen los poemas. Frases que probablemente nunca lleguen a oídos de ese destinatario siempre ausente y formen parte, en realidad, de un soliloquio de amor donde, quizás, lo importante sea decir en lugar de que ese decir se oiga.
    La soledad, entonces, del yo poético –de la isleña- cabalga entre el desamor, la pérdida y la espera. La isla será su último refugio. El lugar perfecto para mudar de piel porque Cuando lo has perdido, el agua te recuerda/ que no es posible comenzar de nuevo/ en todo caso no con el mismo cuerpo, dice el poema. ¿Cómo imaginar una geografía isleña que no sea de la del Delta, ese laberinto perfecto para perderse, ese refugio último donde esconderse y esperar al ser amado? Como si hubiese algo prohibido en este amor que lleva a la reclusión – al cautiverio, dirá la poeta- , a la metamorfosis incluso, a ocultar el cuerpo propio en una telaraña de ramas y palabras.
    Cada uno de los más de treinta poemas que conforman el libro plantea una escena que es a la vez diferente y la misma. En cada uno se construye la imagen del ser amado. Y, justamente por esto, La isla podría haber caído en un discurso monótono y repetitivo, en eco, tal vez, de la poética de una Marosa Di Giorgio –interesantísima, sí, pero fatal en la copia. El hecho de que nada de esto suceda se debe al potente imaginario de Araujo, a sus lecturas y a la inclusión de cierto hilo narrativo que mantiene en vilo la atención del lector que avanza en la lectura a la vez que se pregunta: ¿llegará el ser amado a la isla? ¿en qué ocupará su tiempo, hoy, quien espera en cautiverio?
    Es decir: se trata de un libro donde la poeta ha sabido construir su relato en la intersección entre lo sensorial –lo que se huele, lo que se toca, lo que se oye- y el sentido, eligiendo cada palabra con auténtico esmero. Aunque, como dice el título de uno de sus libros anteriores, ese esmero sea en sí mismo áspero, difícil. Como lo es toda espera.

Carolina Esses (Buenos Aires)

Mercedes Araujo administra el blog www.cartasdesdeeljardin.blogspot.com donde se puede encontrar también algo de su producción fotográfica.


     “Hay días en los que me hundo en el agua y no sé
    si por influjo de la luna o por un simple movimiento del sol
    puedo deslizarme sobre la tierra tan sinuosamente
    como una serpiente con aros de color azul intenso
    desde la cola a la boca, pero ese cuerpo de serpiente
    pálido y embozado no soy yo,
    quisiera poder aclarar cerca de tus oídos
    algunas de estas cosas, me has dicho
    que no es posible por ahora,
    ya que las nuevas ocupaciones te llevan todo el día
    y también que tu vida es mejor, más sólida.
    no me hagas caso, simplemente, podrías decirme
    si es verdad que las escamas de mi cuero
    siguen brillando a pesar de haber sido
    arrancadas una por una, y que aún así
    el cuerpo está contento con esta pequeña vida.”

    De La isla, Mercedes Araujo (Bajo la luna, Buenos Aires, 2010, pág 37)
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En Las/12 por Paula Jimenez
VISTO Y LEIDO

El color de la soledad

Dos libros de editorial Bajo la luna en los que se rescata como una joya el espíritu solitario dispuesto a dar cuenta de lo que lo rodea.
Por Paula Jimenez
Los libros de poemas La isla, de Mercedes Araujo, y La coleccionista, de Victoria D’antonio, publicados recientemente por Bajo la luna, no comparten solo un espacio en el mismo prestigioso catálogo editorial: con estos bellísimos textos se ingresa en universos diferentes, pero mágicos los dos, poblados de abundantes imágenes y situaciones; universos que guardan en su centro la perla de un espíritu solitario dispuesto a dar cuenta de lo que lo rodea.
“Estoy tan cerca de mí que no sé si creer en lo que veo”, dice el poema con que se desembarca en el cuarto libro de Mercedes Araujo. En él se trata de ver, precisamente: de ver y no poder creer. Aquí el despliegue de su imaginación poética, la descripción de la riqueza natural y sobrenatural que termina envolviendo al lector, revelan una necesidad desesperada de compartir los detalles de un mundo del que solo quien escribe es testigo. Un destierro o un naufragio condenaron al yo lírico de “La isla” a la soledad, y por eso, de a ratos, el texto es atravesado por flechas de fuego que agujerean el paisaje y perforan el corazón: “Yo les conté de mí / —dice— mi cuerpo es el que fue echado al pozo”, o, también: “vi mis propios huesos/ fosforeciendo en medio de la noche”. Está claro: ser ahora una fosforescencia fantasmal es la mejor prueba de que a quien escribe no le queda nada más que su memoria, ya que es, apenas, un destello de lo que fue. Estando en la intemperie, en plena isla, solo queda hablar de ella, hacer poesía de ese desamparo y olvidar a través de las imágenes poéticas algunas heridas del alma. Aunque en “La isla” ese olvido no puede sostenerse por mucho tiempo, porque cuando el verso despunta su mayor vivacidad, su color más encendido, de pronto la soledad irrumpe nuevamente y la poeta se queda diciendo cosas como “dejo que mis manos/ trabajen la masa con la que luego haré el pan,/ los movimientos de los dedos pueden darme una idea/ aún remota, de lo que es un hogar (...)”. Digo: se queda extrañando lo que una vez tuvo antes de pisar la isla. Pero, sin embargo, aquí está la paradoja: solo gracias a la isla hay poesía. Solo hay poesía por obra de esa soledad. Algo por el estilo caracteriza a La coleccionista: tarea, por definición, solitaria. En este, el segundo libro de Victoria D’antonio, la autora se dedica a poetizar sobre una serie de estampas femeninas que parecen miradas desde afuera, desde el aislamiento del observador. Pero todas ellas han sido delicadamente capturadas a través de una mirada amorosa y contemplativa, a contrapelo de una época y una cultura un tanto frenéticas. La de D’antonio es una escritura casi balsámica que nos habla con un lenguaje aireado y alegre, que no le impide calar hondo ni entrar en zonas de profundidad. “Las cosas que ha arrastrado el viento por ella”, dice en “En espiral”, “le ha traído de comer cuando el hambre/ la contuvo de no herirse/ la detuvo ante el peligro/ la empujó al amor”. Y en el poema “Amigas” se vuelve precisa y conmovedora al escribir: “Para vos, ¿quién esconde bien?/ Quien olvida”. Su mirada hace foco en la atmósfera que rodea a estas mujeres (“Anfibia”, “La hija”, “La bordadora”, “Todas las vecinas”, entre otras) y no es, quizás, inapropiado imaginar que cada una de ellas es el mismo yo dividido, las diferentes máscaras de esta autora cobrando autonomía y hasta identidad propia, quedando todas bajo la custodia de la poesía, bajo su empeño de unidad y belleza. Solo algunos de estos suaves poemas están versificados, la mayoría fueron escritos en prosa y van produciendo a lo largo de su lectura ciertas sensaciones de descanso y alivio, de esas que solo el arte es capaz de proporcionar. El libro lleva, además, unas atinadísimas palabras introductorias de la directora de cine Lucrecia Martel, orientadoras del universo en que La coleccionista se sumerge. Victoria D’antonio, autora también de La mujer que escribe no se muestra entonces (2000) no parece olvidar la permanente lucha que como mujer ha llevado adelante en defensa de su libertad, cuando en el poema “Caperucita sola”, dice: “Esta mujer dejó atrás las sogas como ropa de cama en desuso,/ se desató por completa./ Quien la conoce sabe qué fiel ha sido a ese andar sin tregua.”

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