2 abr. 2011

Flores para el jardín desde Bolivia, un día lleno de bendiciones y la Hija de la Cabra


A veces ocurren cosas, llegan bendiciones, los jardines se llenan de flores inesperadas. Curarse es moverse, aún cuando el alma ronde sus nocturnas moradas, el cuerpo busca la tierra y entonces todo puede resultar propicio.
Esta foto hermosa que ilumina el jardín llega desde Bolivia, la manda una amiga adorada. Mientras tanto, la sangre tira y nos trae hasta Humahuaca.
Aquí, corregimos, contemplamos, nos damos el tiempo para saber quiénes somos, nada fijo, por supuesto, ya que todo va y viene si se tienen cerca un cerro, una niña con nombre quechua con la que se recogen piedras en el lecho de un río y se pelan yuyitos para hacer tecitos sanadores, una novela por corregir y cuatro amigas que esperan noticias y devuelven flores.
Aquí un adelanto, de la Juana, La hija de la cabra, esa novela que este año se convertirá en libro.

El árbol de la justicia y del suplicio

Médanos, desierto y montes. El sol subió y el viento arrastró animales. Las ropas, andrajos; la cara, mugrienta. Una máscara de tierra blanca lo cubre. Sus carnes cuelgan talladas en el aire. Intenta hablar mientras se zarandea, suspendido desde una rama con las manos asidas por una correa de cuero. Sacude las muñecas y el cuerpo se ondula en un movimiento convulsivo, esforzado y corto. Sabe que va a morir. Cabecea intentando limpiar el polvo que le cubre los ojos.
Le dedican miradas entumecidas. Jetas silentes. Laguneros malditos Lo desesperan, acerados y ceñudos. Ni una palabra, ni una gota de agua. El desecamiento, la desconfianza, el ojo malo y la sed.
Pregunta, pero no le contestan. Conoce la respuesta: no le darán sepultura y ninguna mujer llorará. La carne colgada será gentileza para las aves rapaces. Ya las ve,  lo acechan: aleteando bajo, con los ojos avizores, un aguilucho de espalda color canela le deja ver el pico rapiñero; se posará sobre el costado herido, hurgará el cuero, decido, punzante. La noche le cae encima y, desde abajo, un lobo de pelo lo mira y aguarda la carroña.
La vida, la otra, cómo rodé hasta acá. Escarbemos: silencio, soledad, traición, nada más; acá colgado, el hocico sangrando. Momia, cadáver, piltrafa.
Desguarnecido, cubierto de barro. Morir de sed. Intenta flexionar las rodillas y acercarlas a la panza. La espalda extendida, los brazos rígidos resistiendo todo el peso. Pretende aflojar las cinchas que le amoratan las muñecas. Agarrotado, el viento caliente lo hamaca.
Noche cortada por un viento caldeado que me columpia y se pega. La imagen viva de la hembra, Juana mula traidora, hilando. Me mira con los ojos que aletean, reanuda el tejido, con la mirada vaga. Mataría, le daría mi vida al mierda que me alcanzara un trapo roñoso. La noche es larga y Juana capaz se arrima. Qué va a venir. La veo, el pelo negro, el ceño plegado en surcos de furia, el cuerpazo de piedra.
Lo envuelve un zumbido desfondado de mosquitos retorciéndose en el aire, latigando el aire, mosquitos chupasangre.
Intenta estirar el cuerpo y tocar el suelo con la punta de los dedos. La cincha de mierda rebana las muñecas, inútil, es inútil, el piso está lejos.
Por fin, en un movimiento seco y corto, levanta las rodillas y arquea la espalda. Cómo rodé hasta acá. Una saliva amarga le nace en la garganta y escupe. Si me hubieran matado, pero no, los lagartos te cuelgan y te dejan morir.
Dormir hasta que me llegue la hora. Dormir, soñar que me chupo, que me mamo hasta quedar volteado. Y que llegue la muerte, la veo, es manca, la cabeza como un remolino oscuro de viento que arrastra porquerías y te ciega, el cuerpo hecho de un enjambre de bichos: moscas, mosquitos y luciérnagas. Lo peor es que no sé a qué hora me vence.
La jeta partida por el viento, los brazos colgados, el cuerpo que se balancea. Un perro me escucha con las orejas tiesas. No levanta los ojos, no mira. Los animales saben. Cómo rodé hasta acá. Pájaros aulladores, pataleo, los espanto, estoy vivo, no soy carroña, todavía no, carniceros. Rezo por rezar. Quisiera dormir hasta que me llegue pero en vez de eso me meo encima. El polvo en los ojos, rezar otro ruido, no el chillido de los rapiñeros.
Las piernas tensas, la boca seca; es tiempo de perder todo, olvidarme de dónde vengo, de cómo rodé hasta acá.
El perro abandona la inmovilidad y se levanta. El olor podrido de su pelo. El del mío. Un lengüetazo tibio sobre los pies, por piedad, perrito. Se aleja sin acercarse, los animales saben.
Despunta el amanecer, un velo lechoso lo rodea y envuelve.

Lo descolgaron muerto y picoteado de la rama del algarrobo seco. El árbol de la justicia y el suplicio. Alguien llevó el cuerpo hasta un cerro y lo echó a rodar.


Acá brotás, acá florecés

Marcos y Juana -las hojas de dos árboles, hojas frágiles armadas de rodela, arco y flechas- sabíamos que íbamos a terminar así. Sí, lo sabíamos. Juana, la hija; Marcos, el Tigrito, el débil. Cunampas lo destinó a ser mi hombre. Hice todo para escapar, acá estoy. Busqué al blanco. Ahora, el blanco maldito no está, si estuvieras te diría: blanco del demonio, blanco de mala muerte.
Acá estamos: Marcos, Rosalía, la Vieja y Cunampas. Estoy yo -la cazadora, la que alimenta al pueblo. Quise escapar.
Antes de comenzar la ceremonia nos miramos. La Vieja, el árbol negro, la sombra de Cunampas, ascensiones al cielo o descendimientos al infierno, ella traza los caminos. La Vieja y Cunampas finalmente te sacaron de mi vista, blanco, con la mejor arma, la de tu traición.
Con el Tigrito, tanto aventarnos en silencio para al fin, con los ojos clavados en el suelo, decir: el mando es el mando que en todas partes está.
Me enredé en vos, blanco, creí que podía anudarme a tus músculos tirantes, acariciar la barba roja y así y todo servir a mi pueblo, cazar, cumplir. Disparé todas mis flechas, blanco, pero malignas, ella doblaron su camino y yo el mío.
Las nubes se me tiñeron de rojo. El corazón en sombras, blanco. Cunampas me dijo: angustia hay, desvelo hay, cansancio hay y el orden dado. Ser la hija de Cunampas. Eso hay.
Si no te hubieras ido, gallina espantadiza, ahora me verías caminando hacia la ceremonia o no, quien lo sabe, lo que si sabemos es que me encajaste la estocada final, me volviste degollada.
Me dirías: Juana, a mi me corrieron, me usaron, Cunampas igual te hubiera entregado al Marcos. Juana, las montañas fueron tu tumba. A ustedes el sol les sale con obediencia y a todos les llega el acatamiento, eso me dirías.
Conocí tu traición, fue entonces, blanquito endiablado, que rogué mi muerte. Elegí la araña venenosa para que me trazara el círculo, pero algo en mí se reveló y finalmente no me quise morir. Te odie más a vos que a mí, ¿será eso?
¿Qué me vas a decir?  Siempre rogaste la muerte, Juana, la desafiaste, la adoraste como si en ella estuviera tu fuerza. Borracha, al atardecer, Juana mula, a la orilla de la laguna, pidiendo que te llegara, cada día de los que estuvimos juntos.
Lo único que sé es que ahora obedezco al padre. Ahora cuando ya no hay nada adentro. Todo entregado a vos, al blanco. El taimado, me dijo la Vieja, ése es tu pesar, mezquina. 



La ceremonia de entronización comienza. Marcos camina con un sayo de colores bermellón y naranja que lo cubre desde la cintura hasta las rodillas y aunque está flaco y ojeroso no se avergüenza de presentarse así.
Los hombres han volteado un alazán que patalea y mientras el bicho relincha tirado contra la tierra, dos ayudantes elegidos le sostienen la cabeza  que tiene que estar señalando al Este, los dioses, dicen, vienen y entran en los ojos del caballo, desde ahí miran y cuando se retiran lo dejan ciego. Dependemos de ellos, Tigrito, de que vengan y se agraden. Ojalá Tigrito, ojalá no hayamos hecho ya todo el daño.
Una fila de hombres se forma a cada lado del patio y las mujeres se paran en el centro. Los hombres las esquivan, se acercan al caballo y lo cubren con una manta. Es el mediodía, van a levantar a Marcos en brazos y a sentarlo sobre el alazán.
Lanzas, punzones, el Tigrito recibe las armas que se le ofrecen. Va a montarse y los hombres lo van a seguir. Cunampas le dice: Marcos, acá te apartás de tu vida anterior como la piedra que corta la raíz. Al llegar hasta el borde de la laguna desensilla, guasquea el alazán, corre tras él y lo enlaza.
Lo desnudan. Voy a untarle el cuerpo con barro y espolvorearlo de pies a cabeza con flores secas.  Mis manos recorren sus piernas, al llegar a su ingle encuentro la rama de un bosque dormido. Un quebracho muerto, tallado, me acuerdo de vos, blanco, relinchando a lo matrero. La rama que fustiga, él no, quisiera humedecer un bosque dormido. Sí, quisiera, pero estoy seca. Ahora que estoy seca mi pueblo no me rechaza, no lo notan y si lo notan, no le dan importancia. Seca, arcilla horneada.

El Tigrito sube a la balsa cargada de ofrendas y ante la orden de Cunampas, se embarca aguas adentro. De pie sobre las márgenes de la laguna, sobre la tierra arcillosa, parda, como suele ponerse en los bordes, lo vemos entregarse a los dioses. Tan seca, ¿así me vas a querer? le pregunto al Tigrito. Enjugada, escurrida, ¿así me vas a hacer tu esposa? No le importa. La ceremonia sí, eso lo desvela, la entronización, el mando que está por recibir, eso le importa. 
Cunampas no parece él, se muestra compasivo conmigo y obsequioso con su gente pero yo sé que está sombrío, irritado, los mosquitos lo punzan, los pensamientos lo acosan.
Ya me van a buscar, te dije, blanco ¿te acordás? lo que no sabía es que iba a acatar tan fácil. Cunampas sí, él lo sabía, tanta pena, tanta cabreada mía no le hicieron ninguna mella, ahora es así, Juana su hija, cumpliendo con la voluntad: como si nada hubiera ocurrido, llano, poderoso, me hunde la mirada y en voz alta pronuncia para que todos escuchen: Juana, acá brotás, acá florecés. Mi hija no se malogra, no somos traidores.
Y de la Vieja, qué hay, me dirías, la que nos amenazó sobre los males que nos devastarían si resistíamos las órdenes, te acordás blanco, la que me replegó sin fuerzas mientras vos y yo dormíamos juntos, ahora, ella y yo, nos paramos juntas.
Me acerco y le susurro en un oído que la ceremonia me da risa ¿Qué cosa has dicho?, me pregunta. Nada Vieja. El ceño fruncido de Cunampas. Lo frunce de una manera que ella y yo conocemos. Cuando lo frunce así es por que sondea la forma en que se encaminan sus deseos. Ahí todavía hay una nube, pequeña, casi imperceptible, no está seguro si es definitivo, si de verdad me venció o todavía quedan sorpresas. Ella no me mira, pega su boca a mi oído y dice, qué altanera, Juana, siempre lo supiste, él es el padre, es Cunampas.

2 comentarios:

  1. Impresionante hermanita! Quiero seguir leyendo!!!
    Te adoro! Muchos besos!
    Malen

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  2. Malen, linda, siempre cerca, tan querida. Te mando un abrazo fuerte!

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