24 abr. 2011

La irresistible lujuria de ciertos jardines


Fin de semana de lecturas en un voluptuoso jardín otoñal sobre la irresistible lujuria de ciertos jardines.

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Canto II


Yo lo veía caminar delante de mí por la falda poblada de hierba maligna e inocente, en uno de los lugares del mundo donde, todavía con todo lo que ha pasado, lo que importa es la hierba…las matas de hierba acumuladas por la primavera como manadas de mendicantes, con olores gitanescos, en la pureza compacta de las épocas agrestes –la retama, inmortal, la pobre acacia pasajera – que solamente en aquel momento del año gozaba de su triunfo: de grandes, frágiles flores, acumuladas unas sobre otras, que hedían como la desvergüenza de los estúpidos, de los inocentes; o los saucos, bien cálidos, los transparentes aromos, y los otros árboles puros: la morera, la viña, la encina –y otros un poco más misteriosos, comunes en las zonas bajas: el álamo, el aliso, el sauce-; y el eucalipto, feroz con melenas grises, rojas: recuerdos de otros climas, la caoba y el mango, coloreados con la linfa de quien reverdece sobre la muerte; o bien, las acacias de Kenia, rojas y verdes; y árboles de canela, cañas de azúcar y manadas de palmas en la luz oceánica; lo miraba subir por esa falda de periferia donde la luz de la tarde caía como un temporal.

Pier Paolo Pasolini, La Divina Mímesis, Ed. El cuenco de Plata.
Tradducción de Diego Bentivegna (!excelente traducción amigo, Gracias!)


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Y si en algún lugar tengo que mojarme los pies para iniciar la exploración genealógica, prefiero que sea en mi jardín. En mi refugio botánico, donde una hormiga va detrás de otra hormiga, que va detrás de otra hormiga. Trabajo estival y procreación de la élite.
Si vieras este jardín, con su tinte eglógico y su natural bienaventuranza….No pude resistirme. Fue verlo y decir: ahí es donde quiero estar, ése es el lugar de Napoleón Toole. Quiero contemplar ese cedro, ese gomero y esa parra con sus uvas blancas. Quiero esa sombra y esa luz. Quiero estar acá, sobre la superficie estable de mi jardín. Acá mismo, y bendecir con mirada beatifica a mis árboles, con sus hojas nervadas y su esforzada fotosíntesis. Observar las nubes y su eólico desplazamiento. Despreocupado como si yo también fuese un insecto maravilla debajo de su caparazón, con la mirada puesta en el suelo y las antenas apuntando al sol. Vera me quiere y no me aplasta. Me recoge del piso y me pone en un frasco de vidrio. Me alimenta con las barbas de raíces descompuestas. Y cada tanto me deja salir al jardín donde puedo observar fascinado la implosión entrópica de la naturaleza. Vera misma es como la naturaleza, con todas sus cadenas de carbono y su humedad vital. Con sus ciclos alimenticios y su sistema de conservación. ¿Qué más quiero? Quiero estar en un jardín, edénico, mirando las hormigas y su intrascendencia. Apenas si quieren ver los desvíos de la siguiente generación, mis hormigas. Otra camada de mineros que construye cavernas bajo el jardín de mi casa. Otra tanda de insectos rigiendo mi inframundo. Sólo insectos. Huevos, larvas, pupas. Partes de la nada, migajas de la Creación. Parece tan fácil pisarlas. Hundir el zapato en la tierra. Acabar con todas ellas mientras recitamos a la hormiga reina la sentencia de Séneca: “Has nacido mortal. Has parido mortales. Debes pensar en todo, esperarlo”.

Sebastián Martínez Daniell, Precipitaciones aisladas, Ed. Entropía

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