22 may. 2011

NICK CAVE: canciones de amor como sogas lanzadas hacia la galaxia de la divinidad






Extractos de las palabras Sobre la canción de amor que NICK CAVE dijo el 25 de septiembre de 1999 en Viena acerca del modo en que el tema amoroso adquiere, cuando se lo transforma en canción, un estatuto religioso.
Tomados de la revista "Diario de Poesía", Junio a Octubre del 2009, N°78, traducción de Jaime Arrambide, Buenos Aires-Rosario.
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Si bien la canción de amor toma muchas formas -canciones de exultación y alabanza, canciones de rabia y desesperación, canciones eróticas, canciones de pérdida y abandono-, todas están dirigidas a Dios, pues la canción de amor habita en el atormentado reino de la nostalgia.
Es como un aullido en el vacío, un pedido de Amor y de solaz, y está viva en los labios del niño que pide por su madre. Es la canción del amante que pide por su amada, el desvarío del suplicante lunático que implora a su Dios. Es el grito de alguien encadenado a la tierra, a la banalidades mundanas, que ansía volar, volar hacía la imaginación, la inspiración y la divinidad.

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Es muy bella esa idea de que nosotros mismos creamos nuestras catástrofes personales y que son las fuerzas creativas de nuestro interior quienes las instrumentan. Todos tenemos necesidad de crear, y la tristeza es un acto creativo.
La canción de amor es una canción triste, es el sonido mismo de la pena. Todos hemos experimentado en nuestro interior eso que los portugueses llaman saudade, que se traduce como un inexplicable sentimiento de nostalgia, un anhelo inefable y enigmático del alma. Ese es el sentimiento que habita en el reino de la imaginación y la inspiración, terreno de cultivo de la canción triste, pues la canción de amor es la luz de Dios que se abre paso desde lo más profundo y estalla en nuestras heridas.
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Esas canciones que hablan de amor sin tener entre sus líneas una pena o un suspiro no son canciones de amor sino más bien canciones de odio disfrazadas de canciones de amor, y no son de fiar.

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El escritor se niega a explorar las zonas oscuras del corazón nunca será capaz de escribir convincentemente acerca del milagro, la magia y la alegría del amor, del mismo modo en que la bondad es sospechosa si no ha respirado el mismo aire que la maldad, y aquí me viene a la mente imperecedera metáfora de Cristo, crucificado entre dos criminales. Por lo tanto, en el entramado de la canción de amor, en su melodía, su letra, uno debe ser capaz de de reconocer su potencial para el sufrimiento.

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El "Cantar de los Cantares", quizás el mejor poema de amor jamás escrito, tuvo un impacto decisivo en mí. Su naturaleza abiertamente erótica, el viaje metafísico por el cuerpo de los amantes -los senos comparados con racimos de uvas y jóvenes venados, el cabello y los dientes comparados con rebaños de cabras y ovejas, piernas como columnas de mármol, el ombligo como copa, el vientre como una parva de trigo-, y su asombroso imaginario, nos disparan al mundo de la pura imaginación. Aunque los amantes están físicamente separados -Salomón queda excluido del jardín donde canta su amada-, la salvaje y obsesiva proyección de uno de los amantes sobre el otro los funde en un mismo ser, construidos con una serie de metáforas de arrebato amoroso.
El "Cantar de los Cantares" es una extraordinaria canción de amor, pero la que realmente me atrapó fue esa serie de poemas-canciones conocida como los Salmos. Descubrí que los Salmos, que tratan directamente del vínculo entre el hombre y Dios, desbordaban de ese clamor desesperado, de esa nostalgia, exaltación, violencia y brutalidad eróticas que yo estaba buscando. Los Salmos están empapados de saudade, henchidos de duende y bañados de violencia destemplada. En muchos sentidos, esas canciones se convirtieron en el modelo de mis canciones de amor más sádicas. En partícular el Salmo 137 -uno de mis favoritos, que la pequeña y fantástica banda Boney M. convirtió en un éxito- es un perfecto ejemplo de todo lo que vengo diciendo. La canción de amor debe originarse en el reino de lo irracional, del absurdo, de la distracción, la melancolía, la obsesión y la insania, pues la canción de amor es el ruido del amor mismo, y el amor, por supuesto, es una forma de locura.


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Ya se trate del amor a Dios o de amor romántico, erótico, todas son manifestaciones de nuestra necesidad de arrancarnos de la racionalidad, de perder la cordura, por así decirlo.
En el salmo 137, el poeta descubre que está cautivo en "una tierra extraña" y estalla en loas a Sión. Jura amor a su tierra natal y sueña con vengarse. El salmo espanta por la violencia de esos sentimientos, pues el hombre canta el amor a su tierra y su Dios mientras asegura que estaría feliz de asesinar a los hijos de sus enemigos. Lo que yo descubrí una y otra vez en la Biblia, especialmente en el Antiguo Testamento, es que los versos de arrebato, de éxtasis y de amor, pueden albergar en su interior sentimientos aparentemente opuestos, de odio, venganza, furia, etc., que no se excluyen mutuamente. Es una idea que ha dejado una marca muy duradera en mis canciones.

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Como dije anteriormente, mi vida artística ha girado en torno al deseo, para ser más exactos, la necesidad de articular los diversos sentimientos de pérdida y nostalgia que han resonado entre mis huesos y zumbado en mi sangre durante toda mi vida. En ese proceso he escrito alrededor de doscientas canciones, en su gran mayoría canciones de amor. Canciones de amor y por lo tanto, según mi definición, canciones tristes. De esa considerable masa de material, hay un puñado de canciones que se destacan como verdaderos ejemplos de lo que he estado diciendo. "Sad Waters", "Black Hair", "I Let Love In", "Deanna", "From Her To Eternity", "Nobody´s Baby Now", "Into my Arms", "Lime TreeArbour", "Lucy", "Straigh to You" son todas canciones de las que estoy orgulloso. Son hijos tristes, violentos, de mirada oscura, que se quedan sentados solos y amargados y no juegan con las otras canciones. En su mayoría, son hijos de embarazos complicados y partos difíciles y dolorosos. En su mayoría, tiene su origen en experiencias personales directas y fueron concebidos por diversos motivos, pero las canciones de ese grupo tan variado son finalmente lo mismo: sogas lanzadas hacia la galaxia de la divinidad por un hombre que se ahoga.

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Las razones que me impulsan a escribir canciones de amor son incontables. Algunas de esas razones me quedaron más claras cuando me senté con un amigo, al que por respeto llamaré J.J., y admití que ambos sufríamos de un desorden psicológico al que los médicos llaman erotografomanía. La erotografomanía es el deseo obsesivo de escribir cartas de amor. Mi amigo me confesó que en los últimos cinco años había escrito más de siete mil cartas de amor a su esposa. Estaba extenuado, y su vergüenza era casi palpable. Yo sufro la misma enfermedad, pero afortunadamente todavía no he llegado a un estado tan avanzado como mi pobre amigo J. Debatimos sobre el poder de la carta de amor y descubrimos, sin mucha sorpresa, que era muy similar al de la canción de amor. Ambas funcionaban como una extensión de las meditaciones sobre el ser amado. Ambas servían para acortar la distancia entre el autor y el destinatario. Ambas contenían una fuerza y una perdurabilidad de la que carece la palabra hablada. Ambas tenían la capacidad de reinventar con palabras al ser amado, como Pigmalión con el amante de piedra de su propia creación. Desafortunadamente, la forma más entrañable de la correspondencia, la carta de amor, ha sufrido tanto como la canción de amor, a manos de la gélida velocidad tecnológica y del desapego de esta época desalmada
Finalmente, me gustaría repasar una de mis propias canciones de amor, que grabé para el álbum llamado The Boatman´s Call. Siento que esta canción es un buen ejemplo de mucho de lo que he dicho hoy aquí. La canción se llama "Far From Me" .

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Me tomó cuatro meses escribir "Far From Me", que fue lo que duró la relación que describe la canción. Los primeros versos fueron escritos durante la primera semana del romance, están llenos de heroicidad dramática del amor nuevo, y describen el sentimiento en su totalidad, sin descartar su potencial de sufrimiento, "Y por vos estoy muriendo". Sitúan a los amantes en un mundo indiferente "donde cualquiera se coge a cualquiera" e incorporaran la idea de distancia física que el título sugiere. Extrañamente, sin embargo, y como si hubiese esperado a que se produjera la "experiencia traumática" de la que hablábamos antes, la canción no se dejó terminar hasta que la catástrofe finalmente ocurrió. Algunas canciones son así de tramposas, y lo más sabio es tener mucho cuidado con ellas. Muchas veces descubro que las canciones que escribo saben más de lo que pasa en mi vida que yo mismo.
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Veinte años hace que escribo canciones y los abismos de vacío se siguen ensanchando. Esa tristeza inexplicable, ese duende, esa saudade, ese divino descontento persiste y quizás persista hasta que le vea la cara al mismo Dios. Pero cuando Moisés quiso verle la cara a Dios, en Éxodo 33, 188, le respondieron que no podría resistirlo, que ningún hombre puede ver su rostro y vivir para contarlo. A mí, en todo caso, no me importa. Me alegra estar triste. Pues el residuo, los desechos de esa búsqueda, las canciones mismas, mi torcida progenie de hijos de ojos tristes, andan por ahí y de alguna manera me protegen, me consuelan y me mantienen vivo. Son los compañeros de exilio del alma, los que la salvan de ese anhelo irrefrenable de algo que no pertenece a este mundo. La imaginación necesita reemplazarlo, y al escribir canciones de amor uno se sienta a la mesa con la pérdida y la nostalgia, con el éxtasis de la locura y la melancolía, con la magia el gozo y el amor, y con algunas cantidades de respeto y gratitud. La búsqueda espiritual tiene muchas caras: religión, arte, drogas, trabajo, dinero, sexo. Pero esa búsqueda rara vez sirve a Dios de manera tan directa como escribir canciones de amor, y rara vez la recompensa es tan grande.

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La transcripción completa de la nota publicada por Diario de Poesía acá


1 comentario:

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