5 jun. 2011

De La vida de las mariposas (inédito)





En las cien metamorfosis
que te he visto,
-embelesarme-
o, en la certeza de esa proeza física increíble
que es tu voraz apetito
capaz de exterminar mi jardín
sin dejar alimento, nutrientes y humedades
nimios pero bastantes para que esas pequeñas
y silvestres flores pasaran el invierno
magras, cetrinas, descarnadas,
recostarme en la espera
decir con certeza como al principio
por pulso insistente
por qué te entristece todo aquello
ahora lejano y borroso
si después de la  guerra quizás
vuelva a tu jardín con los pies lastimados
el cuerpo exultante.

Mientras tanto cualquier cosa diminuta me sirve
para pintar la guirnalda de los mil colores
que embellecida anuncia la vida triste,
porque sólo nosotros -los animales sin sangre-
confundimos un fresco y claro resplandor
que la marea nos devuelve
con la respiración de dos dragones.

Conocés los males que la partida deja,
un gusano sumido a los influjos de cuerpos celestes
enfrenta a un pequeño gorrión:
el gorrión se acerca y el gusano atado
a un palo se le entrega en el pico.


Qué confusión, estas alas
polilla prehistórica, alas de escamas
¿nacieron con la voluntad
de ignorar la ausencia?
Y si digo: no tengo fuerza
aún con la torpeza que me causan
¿Cuando camine por la calle, el sol
me habrá abandonado
o dejará que ocurra el movimiento
hilado entre el espíritu, el cuerpo y el paisaje?
Como la palomilla luna –pensé-
te habrás quedado sin boca
y yo sin sustento ni color ni tierra firme ni aire.

Las mariposas recién nacidas
tienen esas alas bonitas, plegadas hacia arriba
pero también caen aunque persigan
la belleza y cada una de las mudas
en que una hebra de seda las envuelve
las deteriora en la batalla de la eternidad, del alimento,
allí las deja.

Como las palabras que son promesas,
frescas, de agua  nieve,
ocultas en las arterias de un cerro de basalto
oxigenándose para volver a empezar
así mi ofrenda
te abrigo con el manto carmesí
y luego el regalo
-ya lo conocés-
en tus manos la antorcha, el fuego,
puro coraje para esa misión que tenés
de llevar las cosas al estado sutil.

Primer misterio: el tiempo,
es mi naturaleza la espera
como fantasma de malas hierbas
ortigas, cardos, dientes de león, me alimento,
estas tres patas y el cuerpo
que parece un bloque sin fisuras
cuando amanece quizás porque durante el sueño
o justamente durante el sueño,
libre a su antojo cura esa herida
y el desconsuelo
es suave y delicadamente aliviado.


Dicen los astros que tu vuelo es desapegado,
reservándote para zonas más umbrías
en selvas tropicales, lo que queda de lo que eras,
andarás y yo que rezo a las futuras primaveras
y pido alimentame, iluminame,
clavame ese metal en la sien, en la memoria,
desecame,
guardame sujeta con un alfiler sobre el paño elegido
en el que cuelgan esas gracias
aquí la sombra diminuta de árboles ardientes
aquí historias contadas por tu madre, aquí piedritas
que traían tu nombre, o si no a esos pájaros de guerra
ofrendales mis alas con ocelos grises
no sería una maldad que cargado en el pico
de un ave confusa terminara este cuerpo
flotando en la bravura del mar de Brasil
y en medio de esas aguas ¿seré capaz
de tomar la forma de la marea?
Soñar como polilla trae un cielo
un pensamiento de cielo
en el que inmensas ballenas
azules se elevan
entre nubes majestuosas
así debe ser el coraje, como se lo sueña.

Puede ser difícil seguir: hay renos, hay bestias,
y no somos la rama ni la brisa que la mueve
la sal o el agua, el cielo, la tierra y el mar
en un jardín de otoño paso mis tardes,
y puedo decir viento, relámpagos
o que el día hoy es puro fuego.

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Tibio y arropado en gasas
que son leves, modestas,
en el frío de mayo y en los inviernos
finos y gélidos como cristales
el cuerpo tiene el calor de esa selva
que crece dentro y recibe lluvias
sacrifica ciervos, respira como un corcel
y hasta saca uvas rojas si es lo que necesita,
todo lo contrario a la penuria.
Porque me entregué a la providencia
un día, lo que la vida traiga
y lo trae, por ejemplo, la evocás
y brota o caen agua y alimentos
pero si no vienen
no es que no los merezca
es que ella equilibra
las fuerzas desencadenadas.
Dijiste nos gustan los árboles gruesos
a su alrededor crecen los yuyos en sombras
-tienen la belleza que el día no les da-
es cierto no hay cimientos eternos
cada noche anudo las ramas
y las desato con la luz del día
los pastos son llanura, hierba, morada
hasta que no lo son, insignificantes
se vuelven sendero,
y el mal augurio que lo traiga si lo trae esa
flor de cantero, el malvón,
no yo con empeños o plegarias,
así me entregué, flores, manantiales
o bestias temibles, vienen pero no son
mis criaturas,
sólo me poso allí en sus lomos
como si fueran pétalos, ramalazos de agua
y después apenas queda el rastro,
escamas traslucidas que
liberan las alas en movimiento.

¿Y el amor? el amor es el peso del mundo
sin amor no hay descanso,
pero tampoco creas
que tenemos alguna mínima incidencia
sobre las iluminaciones
o los venenos de semejante hiedra.

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8 comentarios:

  1. impresionante. nunca comento pero quedé maravillada. eso

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  2. Mercedes, realmente una belleza, los poemas, las fotos, maravilloso, cariños.
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  3. mer, este poema tiene momentos sublimes. es desgarrador. un gusto leerte.

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  4. Pau, que bueno lo que me decís, tu lectura es fundamental para mí, muchas gracias por decirmelo.

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