26 jul. 2011

La hija de la Cabra: Me enredé con vos, blanco, creí que podía anudarme a vos y así y todo servir a mi pueblo, cazar, cumplir. Disparé mis flechas, blanco, pero doblaron su camino. Las nubes se me tiñeron de rojo.


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Imágen Lucio Boschi - recomiendo enfáticamente su obra, es maravillosa.


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Esta foto, una de mis preferidas de Lucio Boschi, gran fotógrafo de paisajes y habitantes de -entre otros- el norte de la Argentina, es la que elijo para contar con gran felicidad que mi novela LA HIJA DE LA CABRA ganó el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes con un jurado integrado por Leopoldo Brizuela, María Teresa Andruetto y Esther Cross ¡!

Aquí entonces, un extracto de la novela, para compartir con los amigos lectores de este blog.

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Abramadero, dormidero, revolcadero

Es la madrugada. Juana ha abandonado el cuchitril y mientras rumia camina una legua. Se arregla el manto. Ahora volvió, ahora sabe que no se puede ir así como vino, ahora sé que quiero que esté. Voy a cazar, por que si no, nos vamos a deshojar, pobres como lavados. Cunampas, ni cuatro caballos galopando tirando de sus extremidades le quitan la palabra. Volver al padre. La flor que cae amorosa. Me gustaría volver, decirle al padre, vuelvo, pero con el blanco, cazo, pero me dejan en paz.
Escala el cerro verde-gris, se apoya en una caña seca. Las arenas saltan y rebotan y algunos chivos se descuelgan desde la punta del cerro, remolcados por trombas de tierra que se precipitan. Patas y pezuñas agarradas al suelo como raíces. Sentada sobre una piedra enorme avista hacia la cumbre. Con su mano derecha protege los ojos y escudriña. Divisa una guanaca que camina dando trancos cortos. Es una hembra de pelo largo, suave y de color fuego. El pelo de la panza es blanco. Tiene la cabeza pequeña y las orejas puntiagudas, el cuello es largo y curvado, las patas sueltas y finas. Es curiosa. Vení curiosa, te voy a acorralar.
Un halcón plomizo se detiene en la punta de un acantilado, las mira y desaparece con algún bicho rastrero que Juana no alcanza a percibir. Tiene las alas angostas y las plumas abiertas.
Anda al acecho. Sus pies alternan, codean el terreno. Abramadero, revolcadero y abrevaderos. La guanaca sola, corriendo, ¿dónde andarán los chulengos? Cuando crezcan se van a desafiar, se darán mordiscos, patadas, cogotazos y escupidas. Son animales de costumbres, como nosotros. Toman la misma senda para ir a sus dormideros, lugar para retozar y lugar para revolcarse, lugar para los bosteaderos. Como el blanco que vuelve, como Cunampas que me acecha, me marca y raya. Somos todos como guanacos.
Juana se yergue, se acerca, sus pies son las pezuñas de una cabra habituada al pedregal, su cuerpo como el de la presa, es abultado en las ancas pero ágil. La guanaca huye, trota con las patas desenvueltas, lastra cortezas de arbustos. El pelaje de la guanaca relumbra oros y óxidos. La piel oscura y transpirada de Juana esparce el aire y derrama vapores. La guanaca da pasos de hasta un metro y medio cambiando tenazmente de dirección. Juana, la sigue en silencio. Sus pasos son ahora tan largos como los de su presa. La hostiga y la hambrea. La lleva, la apura, la inclina a comer, a parar. La hembra camina frágil hasta que se cansa y desploma. No es aún el tiempo de atacarla. Es el atardecer. Mira el cielo que se pone púrpura, corroído de rojos. Fija su atención en unos yales negros. El plumaje negruzco fileteado por blancos y el pico amarillo. Le revolotean cerca. Espíritus de algún enterramiento. Y a mí, cómo me van a enterrar. Me imagino en la cueva, con la cara hacia el poniente. Como la Cabra ¿mamá dónde andarás? El mismo camino. Estrellas que se le meten por los ojos. Cae rendida. Sueña que se cose un vestido de fiesta. Ella y la vieja lo tejen y, una vez listo, lo rematan con hilos de todos colores. Juana está vestida y espera al blanco. La vieja en forma de águila, le habla: El arco del padre está curvado y la flecha en camino, las ánimas de tus hermanos revueltas y el hombre blanco se abalanza sobre otra mujer. Los ojos de la vieja-águila se ponen níveos. Ojos sin pupilas ni mirada. El águila castiga con el pico, las plumas que le cubren la cabeza. Su vestido es de arena y el blanco no tiene ojos ni tampoco barba. Ella está preñada. Despierta dolorida. Busca a la guanaca, si la cazo le darán a las viejas los tendones y yo me quedaré con la piel.
A la distancia, ve a la guanaca moribunda, caer, frágil, abatirse. Recoge sus cosas. La remata y marca. Un palo clavado en el monte como mástil. Nadie en los alrededores se ha preciado nunca de arrebatar la presa a un Cunampas. Los animales son de Cunampas. Ella es de Cunampas. La sujeción de la obediencia.





Y aquí yo, claro, feliz.

6 comentarios:

  1. Tan feliz por vos!
    Es tan impresionante leerte hermana, tanto orgullo!
    Felicitaciones nuevamente!
    Te adoro, muchos besos
    Malen

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  2. Hermosa: felicidad, celebración y más!!!
    mi abrazo, Flor

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  3. Felicitaciones!!!! Una belleza el texto, la foto, qué alegría. Un beso grande. Analía

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  4. Leo siempre tus cartas, y me pone muy feliz esta noticia!

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  5. Amigos y amigas, qué alegría que hayan pasado por aquí, recibo con felicidad sus saludos, su amistad y sus ganas de compartir en este mundo virtualísimo que no lo es tanto, ya que se siente cerca el afecto.

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  6. Hola Mercedes, me gusto mucho ese texto y ahora lo voy a tener que leer todo, alterando los planes y desplazando a varios (libros) que estaban en esperando su momento.
    marcelo miró.

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