7 jun. 2012

F. S. Fitzgerald/ Tengo algunas dudas de si esto sea de interés general, pero si alguien quiere saber más, todavía queda mucho, y el director me lo dirá. Si ya han tenido bastante, díganmelo —pero no demasiado alto, porque tengo la sensación de que alguien, no estoy seguro de quién, duerme profundamente—, alguien que podría haberme ayudado a mantener la tienda abierta. No es Lenin, y tampoco es Dios.







F. S. Fitzgerald- El crack up

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Febrero de 1936

Claro, toda vida es un proceso de demolición, pero los golpes que llevan a cabo la parte dramática de la tarea—los grandes golpes repentinos que vienen, o parecen venir, de fuera—, los que uno recuerda y le hacen culpar a las cosas, y de los que, en momentos de debilidad, habla a los amigos, no hacen patentes sus efectos de inmediato. Hay otro tipo de golpes que vienen de dentro, que uno no nota hasta que es demasiado tarde para hacer algo con respecto a ellos, hasta que se da cuenta de modo definitivo de que en cierto sentido ya no volverá a ser un hombre tan sano. El primer tipo de demolición parece producirse con rapidez, el segundo tipo se produce casi sin que uno lo advierta, pero de hecho se percibe de repente.
Antes de seguir con este relato, permítaseme hacer una observación general: la prueba de una inteligencia de primera clase es la capacidad para retener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo, y seguir conservando la capacidad de funcionar. Uno debería, por ejemplo, ser capaz de ver que las cosas son irremediables y, sin embargo, estar decidido a hacer que sean de otro modo. Esta filosofía se adecuaba con los comienzos de mi edad adulta, cuando vi a lo improbable, lo no plausible, a menudo lo «imposible», hacerse realidad. La vida era algo que uno dominaba si tenía algo bueno. La vida se rendía fácilmente ante la inteligencia y el esfuerzo, o ante el porcentaje que se pudiera reunir de ambas cosas. Parecía una cuestión romántica ser un literato de éxito, uno nunca iba a ser tan famoso como una estrella de cine, pero la notoriedad que lograra probablemente sería más duradera, uno nunca iba a tener el poder de un hombre de firmes convicciones políticas o religiosas, pero indudablemente sería más independiente. Desde luego, en la práctica de su profesión, uno estaría permanentemente insatisfecho... pero, por mi parte, yo no habría elegido ninguna otra.

Mientras transcurrían los años veinte, con mis propios veintes marchando un poco por delante de ellos, mis dos pesares juveniles —no ser lo bastante alto (o lo bastante bueno) para jugar al fútbol en la universidad, y no haber sido enviado a ultramar durante la guerra—, se resolvieron en ensueños infantiles de heroísmos imaginarios que al menos servían para hacerme dormir en las noches de inquietud. Los grandes problemas de la vida parecían solucionarse por sí mismos, y si el asunto de solucionarlos era difícil, le dejaba a uno demasiado cansado para pensar en problemas más generales.

La vida, diez años atrás, en gran medida era una cuestión personal. Me veía obligado a mantener en equilibrio el sentido de la inutilidad del esfuerzo y el sentido de la necesidad de luchar; la convicción de la inevitabilidad del fracaso y la decisión de «triunfar», y, más que estas cosas, la contradicción entre la opresiva influencia del pasado y las elevadas intenciones del futuro. Si lo lograba en medio de los males corrientes —domésticos, profesionales y personales—, entonces el ego continuaría como una flecha disparada desde la nada a la nada con tal fuerza que sólo la gravedad podría a la postre traer la a tierra.

Durante diecisiete años, con uno en el medio de deliberado no hacer nada y descanso, las cosas siguieron así, con la única perspectiva agradable de una nueva tarea para el día siguiente. Estaba viviendo con ahínco, también, pero:

—Hasta los cuarenta y nueve años todo irá perfectamente —decía—. Puedo contar con eso. Pues un hombre que ha vivido como yo es lo más que puede pedir.

...Y entonces, diez años antes de los cuarenta y nueve, de repente me di cuenta de que me había desmoronado prematuramente.

II

Ahora bien, un hombre puede derrumbarse de muchas maneras —puede derrumbarse mentalmente—, en cuyo caso los otros le despojan de la capacidad de decisión; o corporalmente, cuando uno no puede sino resignarse al blanco mundo del hospital; o a causa de los nervios. William Seabrook en un libro nada simpático cuenta, con cierto orgullo y un final de película, cómo se convirtió en una carga pública. Lo que le llevó al alcoholismo o tuvo relación con él, fue un colapso de su sistema nervioso. Aunque quien esto escribe no estaba tan atrapado—en esa época llevaba seis meses sin probar ni siquiera un vaso de cerveza—, estaba perdiendo sus reflejos nerviosos... demasiada rabia y demasiadas lágrimas.

Por otra parte, para volver a mi tesis de que la vida mantiene una ofensiva variable, la conciencia de haberse derrumbado no coincidió con un golpe sino con un período de tranquilidad.

No mucho antes había estado en la consulta de un gran médico y escuchado una grave sentencia. Con lo que, mirando hacia atrás, parece cierta ecuanimidad, yo había seguido con mis cosas en la ciudad en la que entonces vivía, sin que me importara mucho, sin pensar en lo mucho que había dejado por hacer, o en lo que pasaría con esta y aquella responsabilidad, como hace la gente en los libros; estaba bien cubierto y en cualquier caso sólo había sido un mediocre celador de la mayoría de las cosas dejadas en mis manos, incluidos mi talento.

Pero sentí un fuerte impulso súbito de que debía estar solo. No quería ver a nadie en absoluto. Había visto a demasiada gente durante toda mi vida —yo era medianamente sociable—, pero tenía una tendencia más que mediana a identificarme a mí mismo, mis ideas, mi destino, con todos aquellos con quienes entraba en contacto. Siempre estaba salvando o siendo salvado, en una sola mañana podía pasar por todas las emociones atribuibles a Wellington en Waterloo. Vivía en un mundo de enemigos inescrutables y de inalienables amigos y partidarios.

Pero ahora quería estar absolutamente solo, conque me las arreglé para aislarme parcialmente de las obligaciones habituales.

No fue una época desgraciada. Me marché y había menos personas. Descubrí que estaba más que cansado. Podía estar tumbado, y me alegraba hacerlo, durmiendo o dormitando en ocasiones hasta veinte horas diarias y en los intervalos trataba resueltamente de no pensar —en cambio hacía listas—, hacia listas y las rompía, cientos de listas: de jefes de caballería y de jugadores de fútbol y de ciudades, de canciones populares y pitchers de béisbol, y de épocas felices y aficiones y casas donde viví, y de cuántos trajes había tenido desde que dejé el ejército y de los pares de zapatos (no contaba el traje que compré en Sorrento y que encogió, ni los zapatos y la camisa de vestir y el cuello duro que llevé de un sitio a otro durante años y que no me puse nunca, porque los zapatos se humedecieron y cuartearon y la camisa y el cuello se pusieron amarillos y apestaban a almidón). Y listas de mujeres que me gustaron, y de las veces que había dejado que me desairaran personas que no eran mejores que yo ni en carácter ni en capacidad.

...Y entonces, de repente, por sorpresa, me encontré mejor.

...Y me rompí como un plato viejo en cuanto oí las noticias.

Ese es el auténtico final de este relato. Lo que había que hacer tendría que apoyarse en lo que se suele llamar el «abismo del tiempo». Baste decir que al cabo de una media hora de solitario abrazarme a la almohada, empecé a darme cuenta de que durante dos años mi vida había sido un despilfarro de recursos que de hecho no poseía, que había estado hipotecándome física y espiritualmente hasta el cuello. ¿Qué era el pequeño don de vida que se me devolvía en comparación con eso?... cuando una vez había sido orgullo de orientación y confianza en una independencia permanente...

Me di cuenta de que en esos dos años, con objeto de preservar algo —tal vez un sosiego interior, tal vez no—, me había apartado de todas las cosas que acostumbraba amar, que cada acto de la vida, desde lavarse los dientes por la mañana hasta la cena con un amigo, se había convertido en un esfuerzo. Comprendí que durante largo tiempo no me habían gustado personas ni cosas, sino que sólo seguía con la vacilante y vieja pretensión de que me agradaban. Incluso comprendí que mi amor hacia los que me eran más cercanos se había convertido sólo en un intento de amar, que mis relaciones informales —con un editor, un vendedor de tabaco, el hijo de un amigo —eran solamente lo que yo recordaba que debían ser, de otros días. En el mismo mes llegaron a molestarme cosas tales como el sonido de la radio, los anuncios de las revistas, el chirrido de las vías férreas, el muerto silencio del campo —sentía desprecio ante la blandura humana, y de inmediato (si bien secretamente) hostilidad hacia el esfuerzo—, odiando la noche en la que no podía dormir y odiando el día porque se encaminaba hacia la noche. Ahora dormía sobre el lado del corazón porque sabía que cuanto más pronto lo cansara, aunque fuera un poco, más pronto llegaría esa bendita hora de la pesadilla que, como una catarsis, me permitiría encarar mejor el nuevo día.

Había ciertos sitios, ciertas caras a las que podía mirar. Como la mayoría de los del Medio Oeste, nunca había tenido más que prejuicios raciales muy vagos, siempre había sentido una inclinación secreta hacia las encantadoras rubias escandinavas que se sentaban en los porches de Saint Paul, pero no habían ascendido económicamente lo necesario para formar parte de lo que entonces era la buena sociedad. Eran demasiado guapas para ser «pollitas» y habían dejado demasiado pronto la dehesa para ocupar un lugar bajo el sol, pero me recuerdo caminando ante manzanas de casas sólo para echar una ojeada a sus brillantes cabellos; el resplandeciente mechón de una chica a la que nunca conocería. Esto son chismorreos urbanos, desagradables.

Se apartan del hecho de que en aquellos últimos días no podía soportar la visión de celtas, ingleses, políticos, extranjeros, virginianos, negros (claros ni oscuros), cazadores, empleados de comercio y clase media en general, todo tipo de escritores (evitaba con muchísimo cuidado a los escritores porque son capaces de perpetuar los problemas como nadie puede hacerlo), y de todas las clases en cuanto clases y de la mayoría de las personas en cuanto miembros de su clase...

Tratando de aferrarme a algo, me gustaban los médicos y las niñas de hasta aproximadamente los trece años y los niños bien educados de unos ocho años. Tenía paz y felicidad con estas pocas categorías de personas. Olvidaba añadir que me gustaban los viejos, hombres de más de setenta años, a veces de más de sesenta, si sus rostros parecían trabajados por el tiempo. Me gustaba la cara de Katharine Hepburn en la pantalla, sin importarme lo que se decía de su pretenciosidad, y la cara de Miriam Hopkin, y los viejos amigos si los veía sólo una vez al año y podía recordar sus fantasmas.

Todo más bien inhumano e insuficiente, ¿verdad? Bueno, hijos míos, ése es el auténtico síntoma del desmoronamiento.

No es un cuadro agradable. Fue inevitablemente llevado de acá para allá dentro de su marco y expuesto ante diversos críticos. Uno de ellos sólo puede ser descrito como una persona cuya vida hace que las vidas de los demás parezcan muertas, incluso esta vez en que interpretaba el papel usualmente poco atrayente de consoladora de Job. A pesar del hecho de que este relato haya terminado, permítaseme añadir nuestra conversación como una especie de posdata:

—En vez de compadecerte tanto, escucha —dijo. (Siempre dice «escucha» porque mientras habla piensa, piensa de verdad.) Conque dijo—: Escucha. Supongamos que no fuera una grieta que hay en ti... supongamos fuera una grieta del Gran Cañón.

—¡La grieta está en mí! —dije yo heroicamente.

—¡Escucha! El mundo sólo existe a tus ojos... la idea que tienes de él. Puedes hacer que sea tan grande o tan pequeño como quieras. Y estás tratando de ser un individuo pequeño e insignificante ¡Por Dios, si alguna vez me derrumbara yo, trataría de conseguir que el mundo se viniera abajo conmigo! ¡Escucha! El mundo sólo existe a través de tu aprehensión de él, de modo que es mucho mejor decir que no eres tú quien tiene la grieta, sino el Gran Cañón.

—¿Ya se ha tomado la niñita a todo su Spinoza?

—No sé nada de Spinoza. Lo que sé es...—Habló, entonces, de viejas heridas suyas que parecían, al contarlas, que habían sido más dolorosas que la mía, y de cómo las había hecho frente, superándolas, derrotándolas

Reaccioné un poco ante lo que me decía, pero soy un hombre que piensa despacio, y se me ocurrió simultáneamente que de todas las fuerzas naturales, la vitalidad es la única incomunicable. En días en que la savia vital le llegaba a uno como un articulo libre de impuestos, uno trataba de distribuirlo —pero siempre sin éxito—; para seguir mezclando metáforas, la vitalidad nunca «prende». Se la tiene o no se la tiene, igual que salud u ojos pardos u honor o voz de baritono. Podría haberle pedido un poco de la que ella tenía, pulcramente envuelta y lista para cocinar y digerir, pero no la habría obtenido jamás ni aunque me quedara allí mil horas con el cuenco de hojalata de la autocompasión. Sólo podía alejarme de su puerta, caminando con mucho cuidado como si fuera de loza cuarteada, y penetrar en el mundo de la amargura en el que me estaba construyendo una casa con los materiales que allí se encuentran, y recordarme, una vez que me he alejado de su puerta, que:

«Sois la sal de la tierra. Pero si la sal ha perdido su sabor, ¿con qué se la salará?» Mateo: 5-13.

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Encólese

Marzo de 1936

En un artículo anterior, el autor de estas líneas narró el momento en que se dio cuenta de que lo que tenía delante de él no era el plato que había pedido para sus cuarenta años. De hecho —dado que él y el plato eran uno—, se describió como un plato cuarteado, del tipo de los que uno se pregunta si vale la pena conservar. El director consideró que el artículo sugería demasiadas cosas pero no las observaba de cerca, y probablemente muchos lectores pensaron lo mismo, y siempre hay esos para quienes toda revelación personal es despreciable, a menos que termine con una noble acción de gracias a los dioses por el Alma Inconquistable.

Pero yo ya llevaba demasiado tiempo dándoles las gracias a los dioses, y dándoles las gracias por nada. Quería meter un lamento en mis historias sin tener ni siquiera el fondo de los montes Euganeos para darle color. No había ningún monte Euganeo al alcance de la vista.

A veces, sin embargo, al plato cuarteado hay que guardarlo en la despensa, hay que mantenerlo en servicio como menaje de la casa. Nunca se lo podrá volver a calentar en el horno ni juntar con los demás platos en el fregadero; no se sacará cuando haya visitas, pero servirá para poner galletitas avanzada la noche o para guardar restos de comida en la nevera...

De ahí esta secuela; la continuación de la historia de un plato cuarteado.

Ahora bien, la cura tipo para alguien que se hunde, es pensar en quienes se encuentran en la auténtica miseria o sufren físicamente, esto es en todo momento remedio para la melancolía y consejo diurno bastante saludable para todos. Pero a las tres de la mañana, un paquete olvidado posee la misma importancia trágica que una sentencia de muerte, y la cura no funciona, y en una verdadera noche oscura del alma siempre son las tres de la mañana, día tras día. A esa hora la tendencia es negarse a hacer frente a las cosas tanto como sea posible retirándose a un sueño infantil, pero uno continuamente se ve apartado de ese sueño debido a sus diversos contactos con el mundo. Uno afronta esas situaciones con tanta rapidez y cuidado como es capaz y se retira una vez más al sueño, esperando que las cosas se ajustarán por sí solas debido a una gran gracia espiritual o material. Pero mientras persiste la retirada hay menos y menos oportunidades de que exista esa gracia; uno no espera que se desvanezca ni un solo pesar, sino más bien espera ser testigo involuntario de una ejecución, la desintegración de la propia personalidad...

A menos que la locura o las drogas intervengan, esta fase llega, eventualmente, a un callejón sin salida, y viene seguida de una calma vacía. En este punto uno puede tratar de calcular lo que ha perdido y lo que le queda. Sólo cuando me llegó esa calma, me di cuenta de verdad que había pasado por dos experiencias paralelas.

La primera vez fue hace veinte años, cuando dejé Princeton en segundo curso con un certificado donde se me diagnosticaba malaria. Se supo, gracias a los rayos X una docena de años después, que había sido tuberculosis, un caso leve, y al cabo de unos cuantos meses de reposo volvía a la universidad. Pero había perdido algunos puestos, el principal fue la presidencia del club Triangle, además de una idea para una comedia musical, y también, había perdido un curso. Para mi la universidad ya no volvería a ser la misma. Ya no habría insignias de honor, ni medallas, después de todo. Una tarde de marzo me pareció que había perdido todas y cada una de las cosas que quería, y esa noche fue la primera vez que anduve a la caza del espectro de la femineidad, lo cual, durante cierto tiempo, hace que todo parezca sin importancia.

Años más tarde comprendí que mi fracaso como persona importante en la universidad había estado bien —en vez de asistir a comités, me aficioné a la poesía inglesa— cuando tuve idea de qué se trataba, me dediqué a aprender a escribir. Seguir el principio de Shaw de que «si no consigues lo que te gusta, será mejor que te guste lo que consigues» fue una salida afortunada, pero en aquel momento me resultó duro y amargo comprender que mi carrera como líder de hombres había terminado.

Desde ese día nunca he sido capaz de despedir a un mal criado y me sorprende e impresiona la gente que lo puede hacer. Cierto viejo deseo de dominio personal quedaba roto y se esfumaba. La vida que me rodeaba era un solemne sueño, y yo vivía de las cartas que escribía a una chica de otra ciudad. Un hombre no se recupera de tales sacudidas, se convierte en una persona distinta y, eventualmente, esta nueva persona encuentra cosas nuevas de las que ocuparse.

El otro episodio paralelo a mi situación presente tuvo lugar después de la guerra, cuando había vuelto a sobrepasar mis límites. Fue uno de esos amores trágicos condenados por la falta de dinero, y un día la chica terminó con ellos basándose en el sentido común. Durante un largo verano de desesperación escribí una novela en lugar de cartas, de modo que la cosa terminó bien, pero terminó bien para una persona distinta. El hombre con dinero contante y sonante en los bolsillos que se casó con la chica un año después, abrigaría siempre una desconfianza constante, una animosidad hacia la clase acomodada, no la convicción de un revolucionario, sino el odio latente de un campesino. En todos estos años siguientes nunca he sido capaz de evitar el preguntarme de dónde sacaban el dinero mis amigos, ni de no pensar que en un momento determinado podría haberse ejercido una especie de droit de seigneur para entregarle a uno de ellos a mi novia.

Durante dieciséis años viví bastante más como esta última persona, desconfiando de los ricos, pero trabajando por dinero con el que compartir su movilidad y la gracia que algunos de ellos añadían a sus vidas. Durante este tiempo muchos de los caballos que montaba habitualmente fueron alcanzados y derribados —recuerdo el nombre de algunos— , Orgullo deshinchado, Esperanzas frustradas, Deslealtad, Exhibicionismo, Golpe bajo, Nunca más. Y al rato ya no tenía veinticinco años, luego ni siquiera treinta y cinco, y nada era igual de bueno. Pero en todos estos años no recuerdo ni un momento de desaliento. Vi a hombres honestos pasar por estados de ánimo de abatimiento suicida —algunos de ellos se rindieron y murieron—; otros se adaptaron y siguieron hasta alcanzar un éxito mayor que el mío: pero mi moral nunca se hundió por debajo del nivel del autodesprecio cuando tuve que añadir algún feo alarde personal.

La aflicción no tiene necesariamente relación con el desaliento; el desaliento tiene un germen propio, tan diferente de la aflicción como la artritis es diferente a una articulación rígida.

Cuando un cielo nuevo dividió al sol la primavera pasada, al principio no lo relacioné con lo que había pasado hacía quince o veinte años. Sólo gradualmente fue surgiendo un indudable parecido de familia —un sobrepasar los límites, un arder de la vela por ambos extremos—; un recurrir a recursos físicos que de hecho no dominaba, como un hombre desbordando su cauce. En su impacto, este golpe fue más violento que los otros dos, pero era del mismo tipo; una sensación de que me encontraba de pie a la hora del crepúsculo en una extensión desierta, con un rifle descargado entre las manos y sin donde disparar. No hay problemas, simplemente un silencio con sólo el sonido de mi propia respiración.

En este silencio había una enorme irresponsabilidad hacia toda obligación, una deflación de todos mis valores. Una creencia apasionada en el orden, un menosprecio de motivos y consecuencias en favor de la conjetura y la profecía, una sensación de que la artesanía y la industria tendrían su sitio en cualquier mundo, una por una, estas y otras convicciones fueron barridas. Vi que la novela, que en mi madurez era el medio más potente y dócil para transmitir pensamiento y emoción de un ser humano a otro, estaba quedando subordinada a un arte mecánico y público que, tanto en manos de los comerciantes de Hollywood como en las de los idealistas rusos, sólo era capaz de reflejar los pensamientos más vulgares, las emociones más obvias. Era un arte en el que las palabras estaban subordinadas a las imágenes, donde la personalidad se volvía tan inservible que llegaba hasta el inevitable nivel bajísimo de la colaboración. Ya hacia 1930 tuve la corazonada de que el cine sonoro convertiría incluso al novelista que más vendiera en algo tan arcaico como las películas mudas. La gente todavía leía, aunque sólo fuera el libro del mes del profesor Canby —niños curiosos husmeaban la basura de míster Tiffany Thayer en la librería de los drugstores—, pero había una irritante indignidad, que para mí casi se había convertido en obsesión, en aquel ver a la fuerza de la palabra escrita subordinada a otra fuerza, una fuerza más reluciente, una fuerza más grosera...

Pongo eso como ejemplo de lo que me obsesionaba durante la larga noche; era algo que ni podía aceptar ni combatir, algo que tendía a hacer inoperantes mis esfuerzos, como las cadenas de tiendas han liquidado al pequeño comerciante, una fuerza exterior, invencible...

(Tengo la sensación de que ahora doy una conferencia, pues miro un reloj que está en el escritorio delante de mí y veo cuántos minutos más...)

Bueno, cuando hube alcanzado ese período de silencio, me vi forzado a tomar una medida que nadie adopta voluntariamente jamás: me vi obligado a pensar. ¡Dios mío, vaya si era difícil Había que mover grandes baúles secretos. Durante la primera pausa, me pregunté exhausto si había pensado antes alguna vez. Al cabo de largo tiempo llegué a las siguientes conclusiones, tal y como las escribo aquí:

1. Que había pensado muy poco, excepto en los problemas de mi oficio. Durante veinte años una determinada persona había sido mi conciencia intelectual. Se trataba de Edmund Wilson.

2. Que otro hombre representaba lo que yo pensaba que era la «buena vida», aunque sólo lo viera una vez cada diez años, y desde la última podrían haberle colgado. Tiene negocios de pieles en el noroeste y no le gustaría que su nombre apareciese aquí. Pero en situaciones difíciles he tratado de pensar en lo que hubiera pensado él, en cómo habría actuado él.

3. Que un tercer contemporáneo mío ha sido mi conciencia artística; yo no he imitado su contagioso estilo, porque mi propio estilo, tal y como es ahora, se formó antes de que él hubiera publicado nada, pero me sentía empujado hacia él cuando me encontraba en peligro.

4. Que un cuarto hombre había llegado a dictarme mis relaciones con otras personas cuando tales relaciones iban bien: cómo comportarme, qué decir. Cómo hacer que la gente, al menos durante un momento, fuera feliz (al revés de las teorías de la señora Post sobre cómo hacer que todos se sientan incomodísimos mediante una especie de vulgaridad sistemática). Esto siempre me dejaba confuso y hacía que deseara salir a emborracharme; pero este hombre del que hablo había entendido el juego, lo había analizado y había ganado, y su palabra a mí me bastaba.

5. Que mi conciencia política casi no había existido a lo largo de diez años salvo como elemento de ironía en mis argumentos. Cuando volvió a interesarme el sistema dentro del que debía de funcionar, fue un hombre mucho más joven que yo quien despertó mi interés, con una mezcla de pasión y de aire puro.

Conque ya no había un «Yo» —ni una base sobre la que organizar la propia estima—, salvo mi ilimitada capacidad para el trabajo duro que parecía haber dejado de tener. Era raro no tener un yo: ser como un niño pequeño al que han dejado sólo en una casa enorme y que sabía que ahora podía hacer todo lo que quisiera, pero descubría que no quería hacer nada...

(En el reloj ha pasado la hora y apenas he abordado mi tesis. Tengo algunas dudas de si esto sea de interés general, pero si alguien quiere saber más, todavía queda mucho, y el director me lo dirá. Si ya han tenido bastante, díganmelo —pero no demasiado alto, porque tengo la sensación de que alguien, no estoy seguro de quién, duerme profundamente—, alguien que podría haberme ayudado a mantener la tienda abierta. No es Lenin, y tampoco es Dios.)


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