19 mar. 2013

Anne Cheng/ En la relación entre uno mismo y su entorno existe un acorde que requiere desarrollar un buen oído


Subrayados a la hora de la siesta









Considerada como una de las mejores sinólogas en Europa, Anne Cheng repasa la evolución e influencia del pensamiento chino y sus vínculos con la historia de su país y del mundo. Una manera de entender mejor China y las ideas de Confucio y su resurgimiento desde el punto de vista ético y estético.
 
 


¿Qué queda entonces de la enseñanza de Confucio?
R. Prácticamente nada, pero eso desde los inicios de la era imperial, cuando fue instrumentalizada. El proceso es similar al que sufrió el mensaje de Cristo al institucionalizarse y ser utilizado para justificar todo tipo de horrores. El confucianismo se ha convertido en ideología de un régimen autoritario que, además, cultiva un nacionalismo exacerbado. La China del siglo XXI está tomando la revancha por su pasado de subordinación respecto a las potencias occidentales. Proliferan los discursos oficiales sobre la grandeza de la cultura china -que se remonta, de modo inflacionista, a 4.000 o 5.000 años- de quienes en realidad apenas la conocen. Es un fenómeno ideológico. Confucio proponía una ética exigente, pero fácil de practicar, sin imperativos categóricos, sin dogma. Partiendo de uno mismo, se llega a la vida en comunidad y en el mundo. Los pensadores chinos de la antigüedad nunca pensaron el hombre como algo separado del mundo natural. Somos parte del mundo, pero esa parte podemos y debemos hacer que sea lo mejor posible, en aras de la convivencia humana y del equilibrio en el mundo. En esto radica la gran fuerza de la enseñanza confuciana. Aún hoy es posible reconocer a un ser confuciano: tiene un agudo sentido de la relación justa con su entorno. Aprovecho para destacar la dimensión estética de la ética confuciana. Radica en esa justedad, la misma que buscan los grandes calígrafos, hasta tal punto que se considera tradicionalmente en China que el arte caligráfico refleja no sólo el carácter de la persona, sino su calidad humana. En toda la estética china se valora la justedad del gesto, tanto en el tiro al arco, como en la caligrafía, o en la pintura, en las prácticas, digamos, psicofísicas. En la relación entre uno mismo y su entorno existe un acorde que requiere desarrollar un buen oído, lo que Confucio dice haber logrado a los sesenta años. La ética confuciana no es exigencia rigorista de privación para alcanzar la santidad, sino realización, plenitud, búsqueda de la armonía en la relación con los demás y con el mundo. Cuando los textos antiguos hablan de dao, no hablan de algo trascendente ni místico, sino del funcionamiento del cielo, de la belleza equilibrada de los ciclos de los planetas a los que se conforman las actividades humanas. Puede parecer un ideal campesino, pero el mensaje confuciano es capaz de superar las especificidades culturales. Sin llegar a vender humanismo universal como Tu Wei-ming, creo que la persona confuciana no tiene por qué ser china.

Aquí la entrevista completa

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