23 abr. 2013

Picasso x Maar/ Picasso x Berger/ Su diabólico impulso hacia la invención, a veces profundo y a veces superficial, se derivaba de esa convicción esencial de que, en el origen, lo visible es arbitrario.



Sección: delicados dobletes


Hoy Picasso por Dora Maar y por Berger


Dora Maar -Henriette Théodora Markovitch es su verdadero nombre- fue hija de un arquitecto croata y de un ama de casa francesa, nació en París y vivió su infancia, desde los tres hasta los trece años de edad, entre 1910 y 1920, en Buenos Aires. Además fue fotógrafa, poeta, mujer del surrealismo, amante inmortalizada por Picasso como la gran llorona, belleza celebrada. Los últimos treinta años de su vida los pasó recluída y convertida a un catolicismo devoto y recalcitrante que la sacó de su  refugio sólo para asistir a misa cada día. 










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Picasso por John Berger


La pintura es el arte que nos recuerda que el tiempo y lo visible nacieron juntos, como un par. El lugar en el que se enfrentaron es la mente humana, que puede disponer los acontecimientos en una secuencia temporal y las apariencias en un mundo visto. Con el nacimiento del tiempo y de lo visible empieza el diálogo entre la presencia y la ausencia. Todos vivimos ese diálogo.

A Picasso le obsesionaban las imágenes de pasión y de dolor, y por eso también tenía tanta capacidad para crearlas; imágenes en las que la energía supera a lo existente, imágenes que revelan cómo lo existente, y sus disposiciones, que nosotros damos por supuestas, nunca son completas, nunca están acabadas.

Picasso no aceptaba la realidad visual como algo innato e inevitable. Por el con­trario, era siempre consciente de que todo lo que veía po­dría haber tomado una forma distinta, de que detrás de lo que se ve hay otras cien posibilidades visibles que han sido rechazadas.

Su diabólico impulso hacia la invención, a veces profundo y a veces superficial, se derivaba de esa convicción esencial de que, en el origen, lo visible es arbitrario.

El cuestionamiento o la búsqueda de Picasso no dependía simplemente, sin embargo, de la experiencia del arte. Estaba fundado en  otras experiencias humanas mucho más amplias, especial­mente aquéllas en las que la energía del cuerpo supera la disposición normal de lo físico.  

Fue el maestro de lo inacabado —no de la obra in­acabada, sino de la experiencia de lo inacabado—. Toda la pintura trata del diálogo entre la presencia y la ausencia, y el arte de Picasso, en su sentido más profundo, se sitúa en la frontera entre las dos, en el umbral de la existencia, de lo recién comenzado, de lo inacabado.

Fama y soledad de Picasso, John Berger- Alfaguara, Traducción: Manuel de la Escalera y Pilar Vázquez Colección: Literaturas

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