Sopa de ajo y mezcal de Florencia Walfisch


Texto leído en la presentación de “Sopa de ajo y mezcal” de Florencia Walfisch
Jueves 24 de noviembre de 2005
En griego el verbo eiro es tanto hablar como entrelazar. Existen numerosos mitos primitivos, en los cuales el tejido y el lenguaje se caracterizan como elementos paralelos. La palabra texto y textil tienen una raíz común.

En África es posible encontrar en algunas poblaciones primitivas un mito de la creación del hombre, según el cual, la palabra, el primer balbuceo, se entiende como una fibra hilada que se deslizó desde la boca del ser humano.

Así también, la boca femenina ha sido asimilada al símbolo telar, ya que los antepasados crearon las palabras tejiendo los hilos entre los dientes. De acuerdo a esas creencias, las mujeres se traspasaban el labio inferior con una puntada de fibra vegetal.

En el tejido, como en la poesía, el ritmo, el valor de lo sintético y lo dicho en los silencios y en las pausas, dan sentido al hilado.

Existe, entonces, una correlación primitiva entre el tejido y el decir, así como también una cosmogonía primitiva que entiende el universo como un gran telar y la vida como una generosa urdimbre de los hilos de nuestras ansias, experiencias y emociones.

Lo primero que pensé cuando leí el libro de Florencia “Sopa de ajo y Mezcal” fue que los poemas estaban escritos como tejido o urdimbre.

Estos poemas no sólo indagan el lenguaje para hacerlo decir una experiencia personal de la realidad, no solo dan cuenta del encuentro entre subjetividad y mundo, sino que funcionan como hilos de una trama atravesada.

La escritura de Florencia se construye en una muy femenina labor de anudar y desanudar, de hilvanar palabras que se hablan entre sí y se ordenan dándole materia poética a volátiles o densos estados de ánimo.

Tiene lo amarillo entre sus manos, lo rojo en sus hombros, el borde quebrado de la oscuridad que consuma hasta tela; hebra delgada en el tiempo flojo o hueco de la dicha. La sustancia que se le antoja a la nada para convertirse en pájaro. Su pluma acuesta lo que escribe en lo anterior que pone.

El lenguaje es claramente trabajado de manera entrelazada, retomando lo dicho, permitiendo así, que el texto se arme de densidad a través de los hilos que dan materia al poema y que se van sumando.

En esta notable posibilidad técnica se logra el impulso de darle un nuevo significado a las palabras, que una vez dichas, se vuelven a retomar y a decir, haciéndoles “decir lo que dice y además más y otra cosa”.

Las palabras/hilos que arman el libro, definen una trama y al mismo tiempo van enumerando hitos y produciendo atmósferas. El yo que trabaja sobre sus zapatos de cuero, en una ciudad ajena, Oaxaca,  y propia al mismo tiempo, ciudad de vigilias en las que todo lo que es se vuelve anterior, el amor y el cuerpo, la inacción y el paso del tiempo, el olvido, las máscaras, la extrañeza.

En otro de los poemas, se nos dice donde dice debe, debe haber un blanco grande; la presencia de lo que no existe. donde dice aquellos debe decir: cuerpo de sí misma que renace en el centro de su nombre y la libera. donde dice, debe decir lo que no se consuma. donde dice eso debe decir no eso. donde dice besame mucho, debe decir siempre te amé.

Me interesa este poema en particular, porque en él se explicita la forma de decir que busca revisar el sentido de lo dicho, y desestabilizar mediante la incertidumbre. Con ese hallazgo del donde dice debe decir, Florencia indaga, vacila y comparte su perplejidad ante la imposibilidad unívoca de las palabras o, como dijo Pezzoni de la escritura de Alejandra Pizarnik, este fluctuar de visiones que se suceden sin que la mirada se pose al fin en una, escogida como verdadera, no puede interpretarse como la angustia de una elección imposible. Es al revés, el embeleso de quien siente que lo revelado es esto y también lo otro.

En el libro aparece el cuerpo y, especialmente, aparecen las mutaciones de un cuerpo que se reconoce y desconoce frente al espejo, el cuerpo que reclama decir para poder existir, pagar con palabras como única moneda posible y que trabaja a favor de la intemperie y nos sumerge en una búsqueda de ilusorias referencias corporales que obligan a repensar las certezas de la falsa materia en la que deviene el cuerpo.

Somos aún en nuestra materialidad, tan inasibles como volátiles.

Y es en esa permanente búsqueda del propio cuerpo, o en la memoria del mismo, para decirlo con mayor precisión, alcanzada a través del lenguaje que hace las veces de espejo y provoca la huída de lo carnal que nos vemos obligados a tolerar el shock y la extrañeza del cuerpo disuelto en tanto negación y desnudez ilusoria.

Escribir poesía es andar perdida en lo extraño, en la búsqueda del esplendor de ciertos desencuentros fulgurantes con la realidad parece decir Walfisch.
Andar perdida entre lo extraño y lograr que tanto los interrogantes como las afirmaciones a un solo tiempo aparezcan y se oculten entre sí.

Los enigmas se formulan, pero no se arriesgan respuestas, porque lo extraño, lo indecible alcanza, igual que la perplejidad.

Esa confrontación con las emociones, ese hilvanar verboso, el vagar alrededor del dolor, de la angustia y la noche, estará presente a lo largo de todo el libro, sin que en ningún momento se pierda la sonrisa incómoda que la autoindagación y el extrañamiento provocan.

Un cielo que anochece y amanece, lugar de convivencia con el mezcal, la sopa de ajo y los zapatos propios, potencian la sensación de destierro del yo en el que se envuelve una y otra vez.

Encontramos pocos momentos de certeza y uno de ellos, se destaca por su sencillez, las cucharas de sopa de ajo, que a medida que alimentan al yo que las enumera, dan cuenta del proceso de reinventarse en ese lugar apropiado para ello que es el desarraigo y el exilio.

Poesía en prosa, fragmentada, evocaciones y recuerdos dichos en medio de un tramar que a partir de la recuperación de la palabra suma música y materia y en donde los silencios se ponen al servicio de una experiencia estética que permite al yo vagar trémulamente con cierta sorpresa infantil por lo perdido y con desnudez metafísica.

Esa voz, por momentos, toma distancia del yo lírico y se desdobla en otras múltiples voces. Es entonces cuando aparecen los interlocutores, los otros, la voz de la abuela, la voz del padre, el nosotros y el ella y son voces tan encabalgadas unas en otras que se vuelven mutantes en medio de la vigilia en la que reina y domina el rumiar nocturno, envuelto de camisas, velas, soledades, amores perdidos, silencios y decires encontrados y puestos en jaque mil veces.

Las buganvillas y claveles; los collares, zapatos, faldas y ojos, todo lo inmensamente femenino, la vulnerabilidad y esa especie de lucha cuerpo a cuerpo con la noche y con lo que la noche trae, no sólo son palabras dichas con una llamativa sensualidad, sino que se actualizan en texturas, materias y colores, que además de ricos en su forma, nos convocan desde lo fantasmático.
La poesía de Florencia atraviesa el aire con gravedad, borda e hilvana memoria, miedos y nostalgias, y en la lectura del libro se actualiza nuestra propia educación sentimental, la necesidad urgente de ser y no ser, en el límite de lo decible, de exiliarse del yo en una zona de riesgo.

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