13 jun. 2011

Osvaldo Bossi: construí —digamos— como un albañil extremadamente solitario y silencioso, una casa de viento, y nada más.


La Editorial Nudista acaba de publicar la obra Casa de viento, poesía reunida de Osvaldo Bossi, amigo y poeta extraordinario.

Aquí una reflexión sobre el arte de vivir la poesía y la vida con que cierra el libro.

Abajo, las palabras de la querida y delicada Andi Nachon, leídas en la presentación del libro, también prodigiosas.

Mi bienvenida y buenaventura para la Casa de viento, en donde espero seguir teniendo cobijo por siempre.

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A través de los años no hice otra cosa que escribir poesía. Incluso cuando era muy chico y no sabía leer ni escribir. Escribía a toda hora, sin darme cuenta. Cuando las calles eran de tierra y no existían las luces de mercurio.  Cuando mi mamá era hermosa y alegre como un cascabel (lo sigue siendo todavía). En una casa de madera con chapas de cartón. Mientras mi papá salía a juntar papeles de diario y botellas y un sinfín de cosas inútiles en su carrito de botellero. En plena noche de verano y en pleno carnaval. Con mi amigo Raulito, que era la luz de mis ojos. Andando en bicicleta o tirado (¡toda la santa tarde!) en el campito de la esquina, mientras miraba pasar las nubes por el cielo.
Escribía con una letra redonda y pareja pero llena de faltas de ortografía. Como si vivir no alcanzara. Como si entre las cosas y yo hubiera siempre un cristal que me permitía verlas de otra manera, pero nunca (y esto parecía definitivo) como el resto de las personas. Con esa gran predisposición para la mentira que tienen los chicos solitarios. Escribía, escribía. Pasaba volando una mosca y yo lo anotaba enseguida en mi cuadernito de tierra, de agua, de aire, de fuego resplandeciente. Parecía un trauma, una enfermedad. O en el mejor de los casos se me había aflojado, como quien dice, un tornillo. De hecho, el tiempo pasaba a toda velocidad o no pasaba nunca. Era un milagro y era mi secreto. Si se lo contaba a alguien, se hubiera reído de mí o me hubiera encerrado en una jaula, como a los locos… (Hay gente que se preocupa por estas cosas; por eso odio a la policía…)
En fin, la cuestión es que un día empezó todo. Una palabra trajo a la otra y ésta a la siguiente y cuando quise darme cuenta tenía entre mis manos un libro de poemas. Yo no creo que haya una cosa más rara que un libro de poemas en este mundo. No digo que no las haya, pero en cierta forma, todas las cosas raras terminan ahí. Sobre todo porque el lenguaje de la poesía es un lenguaje común y corriente, y al mismo tiempo es algo que no se puede explicar. Como si uno estuviera hablando con un marciano.   Lo digo de verdad, no exagero. Los poetas, de alguna manera fueron (y siguen siendo) como marcianos para mí. Con sus antenas  y su melancolía incurable, hicieran lo que hicieran para disimularlo.

 Cuando mi papá se enteró que yo era poeta se fue de casa y no volvió nunca más. A mamá se le partió el corazón, como si le hubieran dicho que tenía un hijo bobo y que tendría que cuidarlo el resto de su vida. De hecho, pasaron los años y no logro apartarla de esa idea. Todo lo demás es literatura, es oficio. Fui a la escuela, pero nunca terminé mis estudios secundarios, y todo lo que sé (si es que alguien puede saber algo en esta vida)  lo aprendí de esos libros maravillosos que escriben los poetas y por eso —creo—  tengo una visión un poco distorsionada de la realidad.

Por ejemplo: comprendo, o trato de comprender, a todo el mundo. Me encuentro  con un tipo, me dice que mató a otro tipo  o que robó una casa y yo, pasado el estupor, lo comprendo inmediatamente. Una amiga astróloga me dijo que esto ocurre porque soy de piscis, el signo más completo de todo el zodíaco. Puede ser… Yo solamente quiero seguir escribiendo, escribiendo, hasta que la cuerda no de para más. Alguna vez pensé en vivir como todo el mundo (a veces, cada tanto, me agarra esa borrachera) pero a la mañana siguiente, mientras me lavo la cara,  comprendo que no hay privilegio más grande que dedicarse a escribir poesía —se trata, por supuesto, de  una apreciación personal.  Y es que  para mí vivir y escribir es lo mismo. Si no escribo, me seco como una planta. Fuera de esto, no sé nada y no tengo nada de considerable interés. Ninguna posesión. Si mañana mismo me muriera y me preguntara Dios que hice en esta vida, le diría, sin mayores preámbulos, que  me entretuve con el viento. Que construí —digamos— como un albañil extremadamente solitario y silencioso, una casa de viento, y nada más. ¿Y dónde está esa casa? me preguntaría Dios, y yo le diría: Acá, en este libro, y le mostraría esta Antología. ¿Es un chiste? No; es la pura verdad… Y Dios, echándole una ojeada rápida a esta selección de poemas, me observaría de costado y luego se reiría de buena gana, conmigo, sin ningún pudor…  Entonces yo (entendiendo esta risa como una señal de aprobación, y tal vez de indulgencia) me reiría con él.   

Osvaldo Bossi
Diciembre de 2010

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Reseña de la antología de Osvaldo Bossi por Andi Nachon

Casa de viento: este lugar sin espacio ni tierra propia. Más precisamente, sin papeles de propiedad posible. Pero casa y por lo tanto: sitio claro de pertenencia. Desde su título, esta selección de la obra de Osvaldo Bossi, brinda una clave para acercarse a su poética. Y la metáfora opera en tanto llave y también, como toma de partido. Casi como quien dice: es aquí donde planto mi bandera.
En más de veinte años de escritura y con siete libros que maravillan por su factura luminosa, Bossi plantea un decir riguroso. Partiendo Del coyote al correcaminos hasta Ni la noche ni el frío, nunca nada está demás, cada verso sucede con tanta naturalidad y precisión que pareciera caer en su justo lugar. Cincelarlo. Como un viento que sopla porque su esencia le exige soplar. Así en Calabozos:

Nunca leí a Cesare Pavese
pero en tu boca hallé
restos de semen de otro.
Por cosas así
uno a veces consigue su libertad.
Pero yo, simplemente
encontré un compañero de celda.

Esta forma despojada del decir pareciera ser causada por las urgencias que la palabra enfrenta: los movimientos del deseo, y sus cataclismos, son una marca constante en esta poética.   Ante esas formas del estallido –una bomba de tiempo instalada en el corazón–, cada verso reacciona aferrándose a una respiración contenida que conforma los poemas.  Ese hálito como el único sitio donde pareciera posible afrontar incertidumbres, ansias y búsquedas de algunas respuestas, aunque sean momentáneas.
Este viento entonces alienta una pasión que en oportunidades arrasa, o a veces alivia, pero que siempre define y se define en tanto movimiento inaprensible. Y así irrumpe: “No hay cosa que no tiemble / al compás de algún desatinado movimiento.” O: “No conozco otra naturaleza / sino la de esos suaves empellones / que hacen girar, en una interminable danza / este mundo.
Esa misma movilidad impulsa y deviene en cambios de máscaras: un tomar las voces de otros para rastrear a través de ellas diversas zonas del deseo. Así, será Hamlet quien afirme: “El cuerpo acariciado es lo único real / lo demás es perderse / como en un sueño y cerrar los ojos.”
Entonces, una voz capaz de cambiar de yo. Su reino es este territorio signado por las premuras de querer verse a través de los ojos del otro. Quiero mirarme como él me ve, clama incansable el Coyote. Por eso su respiración –aliento y fraseo en el poema– delimitan el arrebato: una pérdida de sí a veces anhelada y otras padecida, ese extrañamiento del “mire donde mire soy otro”.
Si bien todo deseo impone su ley y su arbitrio, el amor de “un hombre que ama a otro hombre” instala una disrupción y establece su emplazamiento a  partir de un margen que no es posible omitir. Desde ese punto de vista, la poética de Bossi se redimensiona y cobra su relieve político. Políticas del cuerpo y sus deseos, la saga del niño que descubre el amor en los brazos de un muchacho, espacios donde la palabra brinda destellos a otras formas de ser, a otras posibilidades del goce y también, a sus tristezas. De esta manera, lo vital es resignificado por la experiencia del encuentro en el otro, esa experiencia metamorfoseada una y otra vez en el poema que va a la caza de lo inatrapable. Así, esa evocación del niño sostenida ferozmente: “Para mi bien o para mi mal / cerré los ojos y pensé / que si el mundo entero reventaba / finalmente por los cuatro costados / no tendría la menor importancia.”
Y en este fragmento de “El muchacho de los helados” se hace patente cierta potencia característica. El mestizaje entre un cuidado lirismo y el tono cotidiano que irrumpe para anclar los poemas en determinados entornos: casas de la periferia, rutinas de sopa y camas deshechas. Híbrido capaz de una extraña belleza que en su campo de enunciación integra distintas materias. El príncipe Hamlet y también los encuentros clandestinos en un descampado, la camioneta destartalada, el colchón compartido o la homofobia beligerante del algún primo. Una epopeya de chicos malos que se entregan desde la frontera al amor y ante el abismo dan el salto, porque “lo que una vez empezó / empieza cada vez, / sin que redoblen los tambores / ni el cielo se abra”.
Con ese ademán extiende sus dominios esta Casa de viento: nada pueril o frívolo tiene lugar en ella. Las dichas y desdichas del cuerpo son sacras. Por eso, a las caídas por lo imposible, las suceden ciertas formas de la calma iluminada “allí donde el mundo termina, y uno sigue”. Tal vez porque se vuelve necesario “Pensar, a cierta hora, que una palabra puede ser / un puente, y pensarlo seriamente.”
Entonces, una lírica revolucionaria que en su constancia se ha atrevido a mirar de frente las injusticias del mundo, pararse ante ellas y atreverse al intento de aprehender un amor capaz de multiplicarse a toda velocidad. Porque amor y poética convocan en la escritura de Bossi el mismo desafío: un dar oído y voz a esa persistencia terca, / luminosa, que no se rinde y / todo lo contrario: se eleva / una vez más, como si no quedara / otra cosa que hacer / frente al paso del tiempo. Esta patria extienden los poemas de Osvaldo, sus mecánicas del paraíso. Pertenencia que, indudablemente, ya ha ganado su lugar propio en el vendaval que es nuestra poesía. Sí, una Casa de Viento alza en estos poemas su bandera, un territorio aún más inmenso que los bellísimos poemas que la contienen.

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Acerca de Osvaldo Bossi
Vive en Caseros, provincia de Buenos Aires y es autor de los siguientes libros de poemas: “Tres” ( Bajo la Luna, 1997), “Fiel a una Sombra” (Siesta, 2000), “El muchacho de los helados y otros poemas” (Bajo la Luna, 2006), “Ruego por el Tornado” (Sigamos enamoradas, 2007), “Del Coyote al Correcaminos” ( Huesos de Jibia, 2007), y en narrativa, la editorial Bajo la Luna, en su colección Breves y buenos, acaba de publicar su primera novela, “Adoro”. Obtuvo el primer premio en el Concurso literario “Córdoba 2009” con su obra “Esto no puede seguir así”. Dedicado a la tarea de formación en el campo de la escritura, coordina talleres de poesía en el Centro Cultural Ricardo Rojas y en forma particular.

2 comentarios:

  1. excelente poeta Osvaldo Bossi! tuve la oportunidad de escucharlo en una lectura junto a Carlos Battilana en la feria del libro de Hurlingham.

    saludos! y gracias por traerlo aquí!

    Casiopea.

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  2. Hola Casiopea, sí un excelente poeta! gracias por pasar, leer y comentar. Saludos!

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