18 oct. 2011

Le Clezió: Escribir solamente sobre las cosas que se aman, escribir para unir, para reunir los fragmentos de la belleza y después recomponer y reconstruir esa belleza. Entonces, los árboles que están en las palabras, las rocas, el agua, las chispas de luz que están en las palabras se encienden, brillan de nuevo, se lanzan y bailan.





Si usted todavía no leyó al hombre que dijo: “Escribir solamente sobre las cosas que se aman, escribir para unir, para reunir los fragmentos de la belleza y después recomponer y reconstruir esa belleza. Entonces, los árboles que están en las palabras, las rocas, el agua, las chispas de luz que están en las palabras se encienden, brillan de nuevo, se lanzan y bailan”, sin duda que todavía está a tiempo.
Aquí el gran Le Clezió con uno de sus cuentos y una entrevista, en agradecimiento a este escritor que, desde que comencé a leerlo me timonea cuando las olas que arrastran las durezas del mundo arrecian.


El sol todavía no ha salido sobre el río. Por la angosta puerta de la casa, Juba mira las aguas planas que ya espejean, al otro lado de los campos grises. Se incorpora en la cama, aparta la sábana que lo envuelve. El aire frío de la mañana le da escalofríos. En la casa oscura, hay otras formas enrolladas en las sábanas, otros cuerpos dormidos. Juba reconoce a su padre, al otro lado de la puerta, a su hermano y, al fondo, a su madre y a sus dos hermanas muy juntas bajo la misma sábana. Un perro ladra largamente, en alguna parte, con una voz extraña que canta y luego se estrangula. Pero no hay muchos ruidos en la tierra, ni en el río, pues el sol todavía no ha salido. La noche está gris y fría, lleva el aire de las montañas y del desierto y la luz pálida de la luna.
Juba mira la noche temblando, sin moverse de su cama. A través de la manta de juncos trenzados, el frío de la tierra sube y se forman gotas de rocío sobre el polvo. Fuera, las hierbas brillan un poco, como filos húmedos. Las acacias grandes y delgadas están negras, inmóviles en la tierra resquebrajada. Juba se levanta sin hacer ruido, dobla la sábana y enrolla la estera, luego camina sobre el sendero que atraviesa los campos desiertos. Mira el cielo, al este, y adivina
que el día aparecerá de un momento a otro. Siente la llegada de la luz en el fondo de su cuerpo, y la tierra también lo sabe, la tierra labrada de los campos y la tierra polvorienta entre los arbustos de espinos y los troncos de acacias. Es como una inquietud, como una duda que viene desde el cielo, recorre el agua lenta del río y se propaga a ras de la tierra. Las telas de araña tiemblan, los pastos vibran, los moscardones sobrevuelan las charcas, pero el cielo está vacío, pues los murciélagos se han ido y todavía no han llegado los pájaros. Bajo los pies descalzos de Juba, el sendero es duro. La vibración lejana camina al mismo tiempo que él, y los grandes saltamontes grises comienzan a brincar por los pastos. Lentamente, mientras Juba se aleja de la casa, el cielo se aclara río abajo. La bruma desciende entre las orillas, a la velocidad de una balsa, estirando sus membranas blancas. Juba se detiene en el camino. Mira un instante el río. Sobre las orillas de arena, los juncos mojados están inclinados. Un gran tronco negro oscila en la corriente, se hunde y saca sus ramas como el cuello de una serpiente que nada. La sombra está todavía sobre el río, el agua es pesada y densa, fluye formando pliegues lentos. Pero más allá del río, ya aparece la tierra seca. El polvo es duro bajo los pies de Juba, la tierra roja está quebrada como las vasijas viejas, los surcos zigzaguean, semejantes a antiguas fisuras. La noche se abre poco a poco, en el cielo, sobre la tierra. Juba cruza los campos desiertos, se aleja de las últimas casas de campesinos, ya no ve el río. Sube un montículo de piedras secas de donde cuelgan algunas acacias. Juba recoge del suelo algunas flores de acacia que mastica al escalar el montículo. El jugo se esparce en su boca y disuelve el embotamiento del sueño. Al otro lado de la colina de piedras esperan los bueyes. Cuando Juba llega cerca de ellos, los grandes animales patean cojeando y uno de ellos echa la cabeza hacia atrás para mugir.
«¡Tttt! ¡Uta, uta!», dice Juba y los bueyes lo reconocen.
Sin dejar de chasquear con la lengua, Juba les quita las trabas y los conduce hacia lo alto de la colina de piedras. Los dos bueyes avanzan con dificultad, cojeando, porque las trabas han entumecido sus patas traseras. El vapor sale de su hocico. Cuando llegan frente a la noria, los bueyes se detienen. Se agitan y tiran para atrás, hacen ruidos con la garganta, las pezuñas golpean el piso y despiden piedras. Juba ata los bueyes en el extremo de un largo madero. Mientras ajusta las bestias en el yugo, sigue chasqueando la lengua contra el paladar. Las moscas comienzan a volar alrededor de los ojos y el hocico de los bueyes y Juba ahuyenta las que se posan en su cara y en sus manos. Los animales esperan junto al pozo, el pesado timón de madera cruje y rechina cuando dan un paso adelante. Juba tira de la cuerda atada al yugo y la rueda comienza a gemir, como un barco que se sacude. Los bueyes grises caminan pesadamente por el sendero circular. Las pezuñas se apoyan sobre las huellas del día anterior, cavan los antiguos surcos en la tierra roja, entre las piedras. En el extremo del largo madero está la gran rueda que gira al mismo tiempo que los bueyes y cuyo eje impulsa el engranaje de la otra rueda vertical. La larga correa de cuero baja hasta el fondo del pozo, llevando los cubos hasta el agua. Juba excita a las bestias haciendo chasquear la lengua continuamente. También les habla, en voz baja, suavemente, porque la oscuridad envuelve aún los campos y el río. La pesada máquina de madera rechina y cruje, se resiste, vuelve a empezar. Los bueyes se detienen cada tanto, y Juba tiene que correr tras ellos, darles un latigazo en las nalgas, empujar el timón. Los bueyes retoman su marcha circular, la cabeza gacha y resoplando. Cuando el sol sale por fin, ilumina de una vez los campos. La tierra roja está llena de surcos, muestra sus bloques de greda seca, sus piedras agudas que brillan. Sobre el río, al otro lado de los campos, la bruma se rasga, el agua se
ilumina. Una bandada de pájaros surge brutalmente de las orillas, entre los juncos, estalla en el cielo claro lanzando su clamor. Son las gangas, las perdices del desierto, y sus gritos agudos sobresaltan a Juba. De pie sobre las piedras de los pozos, las sigue por un instante con la mirada. Los pájaros suben alto en el cielo, pasan frente al disco del sol, luego se inclinan nuevamente hacia la tierra y desaparecen en las hierbas del río. Lejos, al otro lado de los campos, las mujeres salen de las casas. Encienden los braseros, pero la luz del sol es tan nueva que no llega a empañar el brillo rojo del carbón de madera que está ardiendo. Juba oye gritos de niños, voces de hombres. Alguien, en alguna parte, llama y su voz aguda resuena largo rato en el aire:
«Ju-uuu-baa».
Ahora los bueyes caminan más rápido. El sol recalienta sus cuerpos y les da fuerzas. El molino gime y rechina, cada diente del engranaje cruje al encajar en el
otro, la correa de cuero, tensa por el peso de los cubos, produce una vibración continua. Los cubos suben hasta el brocal del pozo, se derraman por la canaleta de chapa, vuelven a bajar golpeando las paredes del pozo. Juba mira el agua que fluye haciendo olas a lo largo de la canaleta, corre por la acequia, baja a espacios regulares hacia la tierra roja de los campos. El agua corre como tragos lentos y la tierra seca bebe ávidamente. El barro invade el fondo del foso y el flujo regular avanza, metro a metro. Juba no se cansa de mirar el agua, sentado sobre una piedra en el borde del pozo. Junto a él, la rueda de madera gira muy lentamente, crujiendo, y el zumbido continuo de la correa sube por el aire, los cubos golpean contra la canaleta de chapa, uno después de otro, derraman el agua que fluye sibilante. Es una música lenta y llorosa como una voz humana, llena el cielo vacío y los campos. Es una música que Juba reconoce día tras día.
El sol se eleva lentamente por encima del horizonte, la luz del día vibra sobre las piedras, sobre los tallos de las plantas, sobre el agua que fluye en la acequia. Los hombres caminan a lo lejos, en la curva del campo, siluetas negras en el cielo pálido. El aire se calienta poco a poco, las piedras parecen inflarse, la tierra roja brilla como una piel de hombre. Hay gritos, de un extremo a otro de la tierra, gritos de hombres y ladridos de perros, y que retumban en el cielo sin fin, mientras la rueda de madera gira y cruje. Juba ya no mira más a los bueyes. Les da la espalda, pero oye el aliento que les raspa la garganta, que se aleja, que vuelve. Las pezuñas de los animales golpean siempre las mismas piedras en el camino circular, se hunden en los mismos huecos. Entonces Juba envuelve su cabeza en la tela blanca y ya no se mueve. Mira a lo lejos, tal vez, al otro lado de los campos de tierra roja, al otro lado del río metálico. No oye el ruido de la rueda que gira, no oye el ruido del pesado timón de madera que gira alrededor de su eje.
«¡Eh-oh!»
Canta en su garganta, lentamente, él también, con los ojos entrecerrados.
«¡Eeeeh-oooh, oooh-ooooh!»
Con las manos y el rostro ocultos bajo la tela blanca y el cuerpo inmóvil, Juba canta al mismo tiempo que la rueda que gira. Abre apenas la boca y su canto sale largamente de su garganta, como el aliento de los bueyes, como el zumbido continuo de la correa de cuero.
«¡Eeh-eeh-eyaah-oh!»
El aliento de los bueyes se aleja, vuelve, gira sin cesar a lo largo del camino circular. Juba canta para sí mismo y nadie lo puede oír, mientras el agua fluye a borbotones a lo largo de la acequia. La lluvia, el viento, el agua pesada del gran río que desciende hacia el mar, están en su garganta, en su cuerpo inmóvil. El sol sube sin prisa en el cielo, el calor hace vibrar las ruedas de madera y el timón.
Quizá sea el mismo movimiento que mueve el astro hacia el centro del cielo, mientras los bueyes avanzan pesadamente a lo largo del camino circular.
«¡Eya-oooh, eya-oooh, oooh-oh-ooo-oh!»
Juba oye el canto que sube en él, que atraviesa su vientre y su pecho, el canto que viene de la profundidad del pozo. El agua fluye en olas, del color de la tierra, y desciende hacia los campos desnudos. El agua gira también, lentamente, rodea los ríos, rodea los muros, rodea las nubes alrededor del eje invisible. El agua fluye estallando, crujiendo, fluye sin cesar hacia el abismo oscuro del pozo donde los cubos vacíos la vuelven a tomar. Es una música que no puede terminar, pues está en todo el mundo, en el mismo cielo, donde asciende lentamente el disco solar, a lo largo de su camino curvo. Los sonidos profundos, regulares, monótonos, suben de la gran rueda de madera de engranajes plañideros, el torno gira alrededor de su eje haciendo su queja, los cubos de metal descienden hacia el pozo, la correa de cuero vibra como una voz y el agua sigue fluyendo por la canaleta,
en oleadas, inunda el canal de la acequia. Nadie habla, nadie se mueve y el agua cae en cascadas, crece como un torrente, se expande en los surcos, en los campos de tierra roja y de piedras.
Juba inclina un poco la cabeza hacia atrás y mira el cielo. Ve el lento movimiento circular que deja sus huellas fosforescentes, ve las esferas transparentes, los engranajes de la luz en el espacio. El sonido de la rueda de agua llena toda la atmósfera, gira interminablemente con el sol. Los bueyes caminan al mismo ritmo, con la frente inclinada, la nuca tiesa bajo el peso del yugo. Juba oye el
ruido sordo de sus pezuñas, el ruido de su aliento que va y viene, y les sigue hablando, les dice palabras graves que duran mucho, palabras que se mezclan con el quejido del timón, con los ruidos de esfuerzo de los engranajes de las ruedas, con el tintineo de los baldes que suben sin cesar, derraman el agua.
«¡Eeeya-ayaaah, eyaaa-oh! ¡Eyaaa-oh!»
Luego, mientras el sol sube lentamente, arrastrado por la rueda y por los pasos de los bueyes, Juba cierra los ojos. El calor y la luz forman un torbellino suave que lo
transporta en esa corriente, a lo largo de un círculo tan vasto que parece que nunca se volverá a cerrar. Juba está sobre las alas de un buitre blanco, muy alto en el cielo sin nubes. Se desliza sobre sí mismo, a través de las capas del aire, y la tierra roja da vueltas lentamente bajo sus alas.
Los campos desnudos, los caminos, las casas de techos de hojas, el río de color metal, todo gira alrededor del pozo, haciendo un ruido que cruje y se desvencija. La música monótona de las ruedas de agua, el aliento de los bueyes, el gorgoteo del agua en la acequia, todo eso da vueltas, lo transporta, lo levanta. La luz es grande, el cielo está abierto. Ahora no hay más hombres, han desaparecido. Solamente hay agua, tierra, cielo, planos móviles que pasan y se cruzan, cada elemento semejante a una rueda dentada que muerde un engranaje.
Juba no duerme. Ha abierto nuevamente los ojos y mira frente a él, más allá de los campos. No se mueve. La tela blanca cubre su cabeza y su cuerpo y respira suavemente. Entonces aparece Yol. Yol es una ciudad extraña,
muy blanca en medio de la tierra desierta y de las piedras rojas. Sus altos monumentos todavía se mueven, indecisos, irreales, como si no hubieran sido terminados. Son semejantes a los reflejos del sol en los grandes lagos
de sal. Juba conoce bien esta ciudad. La ha visto a menudo, a lo lejos, cuando la luz del sol está muy fuerte y un velo de fatiga cubre los ojos. La ha visto a menudo, pero nadie se ha acercado, por los espíritus de los muertos. Un
día, le preguntó a su padre el nombre de la ciudad, tan bella y tan blanca, y su padre le dijo que se llamaba Yol, y que no era una ciudad para los hombres sino solamente para los espíritus de los muertos. Su padre también le habló de aquel que reinaba en esta ciudad, hace mucho tiempo, un joven rey que había venido del otro lado del mar y que llevaba el mismo nombre que él.
Ahora, en la música lenta de las ruedas, en la luz cegadora, cuando el sol está en lo más alto del cielo, Yol ha aparecido, una vez más. Crece delante de Juba y él ve claramente sus grandes edificios temblar en el aire caliente. Hay altas torres sin ventanas, casonas blancas en medio de jardines de palmeras, palacios, templos. Los bloques de mármol brillan como si acabaran de ser cortados. La ciudad gira lentamente alrededor de Juba y la música monótona de la rueda de agua se parece al rumor del mar. La ciudad flota sobre los campos desiertos, liviana como los reflejos del sol en los grandes lagos de sal y, frente a ella, fluye el agua del río Azan como un camino de luz. Juba escucha el rumor del mar, al otro lado de la ciudad. Es un ruido muy pesado, que se mezcla con los redobles del
tambor y con los bramidos de las bocinas y de las tubas. El pueblo de Himyar se amontona en las calles de la ciudad. Hay esclavos negros llegados de Nubia, cohortes de soldados, caballeros de capas rojas con cascos de cuero, los niños rubios de los habitantes de las montañas. El polvo sube por el aire, por encima de los caminos y de las casas, forma una gran nube gris que se arremolina en las
puertas de las murallas.
«¡Eya! ¡Eya!», grita la multitud, mientras Juba avanza a lo largo de la vía blanca. Es el pueblo de Himyar que lo llama, que le tiende los brazos. Pero él avanza sin mirarlos, a lo largo de la vía real. En lo alto de la ciudad, por encima de las casas y de los árboles, el templo de Diana es inmenso, sus columnas de mármol parecen troncos petrificados. La luz del sol ilumina el cuerpo de Juba y lo embriaga, y él oye crecer el rumor continuo del mar. La ciudad a su alrededor es liviana, vibra y se ondula como los reflejos del sol en los grandes lagos de sal. Juba camina y sus pies no parecen tocar el suelo, como si lo transportara una nube. El pueblo de Himyar, los hombres y las mujeres caminan con él, la música escondida resuena
en las calles y en las plazas y, a veces, el rumor del mar queda cubierto por los gritos que llaman:
«¡Juba! ¡Eya! ¡Ju-uuu-baa!».
La luz aparece de repente, cuando Juba llega a lo alto del templo. Es el mar inmenso y azul que se extiende hasta el horizonte. El lento movimiento circular traza la línea pura del horizonte y la voz monótona de las olas retumba contra las rocas.
«¡Juba! ¡Juba!»
Las voces del pueblo de Himyar gritan y su nombre suena en toda la ciudad, por encima de las murallas color tierra, en los peristilos de los templos, en los patios de los palacios blancos. Su nombre llena los campos rojos, hasta los límites del río Azan. Entonces Juba sube los últimos peldaños del templo de Diana. Está vestido de blanco, sus cabellos negros están atados con una cinta de hilo dorado. Su bello rostro color cobre señala la ciudad y sus ojos oscuros miran, pero es como si vieran a través del cuerpo de los hombres, a través de los muros blancos de los edificios.
La mirada de Juba atraviesa las murallas de Yol, va más allá; sigue los meandros del río Azan, pasa la extensión de los campos desiertos, va hasta los montes Amour, hasta el manantial de Sebgag. Ve el agua clara que surge entre las rocas, el agua preciosa y fría que fluye haciendo su ruido regular.
La multitud se calla ahora, mientras Juba mira con sus ojos sombríos. Su rostro se parece al de un joven dios y la luz del sol parece multiplicada en sus ropas blancas y en su piel color cobre.
La música surge nuevamente, como un clamor de pájaros, reverbera entre los muros de la ciudad. Hincha el cielo y el mar, su onda se aleja largamente.
«Soy Juba», piensa el joven rey, luego dice en voz alta, con fuerza:
«¡Soy Juba, el hijo de Juba, el nieto de Hiempsal!».
«¡Juba! ¡Juba! ¡Eya-oooh!», grita la multitud.
«¡Soy Juba, vuestro rey!»
«¡Juba! ¡Ju-uuu-baa!»
«¡He regresado hoy y Yol es la capital de mi reino!»
El rumor del mar sigue creciendo. Ahora, por los escalones del templo sube una joven mujer. Es hermosa, lleva un vestido blanco que se mueve con el viento y sus
cabellos claros están cargados de chispas. Juba toma su mano y camina con ella hasta el templo.
«¡Cleopatra Selene, hija de Antonio y de Cleopatra, vuestra reina!», dice Juba.
El ruido de la multitud cubre la ciudad. La joven mira sin moverse las casonas blancas, las murallas y la extensión de tierra roja. Tiene una leve sonrisa.
Pero el lento movimiento de las ruedas continúa y el ruido del mar es más fuerte que las voces de los hombres. En el cielo, el sol desciende poco a poco, en su camino circular. Su luz cambia de color en los muros de mármol, alarga las sombras de las columnas. Es como si ahora estuvieran solos, sentados en lo alto
de los escalones del templo, junto a las columnas de mármol. A su alrededor, la tierra y el mar giran mientras emiten su quejido regular. Cleopatra Selene mira el rostro de Juba. Admira el rostro del joven rey, la frente alta, la nariz aguileña, los ojos alargados rodeados por el dibujo negro de las pestañas. Ella se inclina hacia él y le habla suavemente en una lengua que Juba no puede comprender.
Su voz es suave y su aliento perfumado. Juba, a su vez, la mira y dice:
«Todo es hermoso aquí, hace tanto tiempo que deseo volver. Cada día, desde mi infancia, pensaba en el momento en que podría volver a ver todo esto. Quisiera ser eterno, para no abandonar nunca esta ciudad y esta tierra, para ver esto siempre».
Sus ojos sombríos brillan por el espectáculo que lo rodea. Juba no deja de mirar la ciudad, las casas blancas, las terrazas, los jardines de palmeras. Yol vibra a la luz de la tarde, ligera e irreal como los reflejos del sol en los grandes lagos de sal. El viento que sopla mueve los cabellos de Cleopatra Selene, el viento lleva hasta la parte más alta del templo el rumor monótono del mar.
La voz de la joven lo interroga, pronunciando simplemente su nombre:
«¿Juba... Juba?».
«Mi padre murió vencido aquí mismo», dice Juba.
«Me llevaron como un esclavo a Roma. Pero hoy esta ciudad es bella y quiero que sea aún más bella. Quiero que no haya una ciudad más bella sobre la Tierra. Se enseñará la filosofía, la ciencia de los astros, la ciencia de las cifras, y los hombres vendrán de todos los puntos del mundo para aprender.»
Cleopatra Selene escucha las palabras del joven rey sin comprender. Pero también mira la ciudad, escucha el rumor de la música que gira alrededor del horizonte. Su voz canta un poco cuando lo llama:
«¡Juba! ¡Eyaaa-oh!».
«En la plaza, en el centro de la ciudad, los maestros enseñarán la lengua de los dioses. Los niños aprenderán a venerar el conocimiento, los poetas leerán sus obras, los astrólogos predecirán el porvenir. No habrá tierra más próspera ni pueblo más pacífico. La ciudad resplandecerá por los tesoros del espíritu, por esta luz.» El hermoso rostro del joven rey brilla en la claridad que rodea el templo de Diana. Sus ojos ven lejos, más allá de las murallas, más allá de las colinas, hasta el centro del mar.
«Los hombres más sabios de mi nación vendrán aquí, a este templo, con los escribas, y yo estableceré con ellos la historia de esta tierra, la historia de los hombres, de las guerras, de los grandes hechos de la civilización, y la historia de las ciudades, de los cursos de agua, de las montañas, de las orillas del mar, desde Egipto hasta el país de Cerné.»
Juba mira a los hombres del pueblo de Himyar que se amontonan en las calles de la ciudad, alrededor del templo, pero no oye el ruido de sus voces, escucha solamente el rumor monótono del mar.
«No he venido por venganza», dice Juba. Mira también a la joven reina sentada a su lado.
«Mi hijo Ptolomeo va a nacer», sigue diciendo. «Reinará aquí, en Yol, y sus hijos reinarán después de él, para que nada se termine.»
Luego, se pone de pie, en la plataforma del templo, completamente frente al mar. Una luz cegadora está sobre él, la luz que viene del cielo, que hace resplandecer
los muros de mármol, las casas, los campos, las colinas. La luz viene del centro del cielo, inmóvil sobre el mar. Juba ya no habla. Su rostro parece una máscara de cobre y la luz brilla en su frente, en la curva de su nariz, en sus pómulos. Sus ojos sombríos ven lo que hay más allá del mar. A su alrededor, las paredes blancas y las estelas de calcita tiemblan y vibran como los reflejos del sol en los grandes lagos de sal. El rostro de Cleopatra Selene está inmóvil también, iluminado, apaciguado como el rostro de una estatua. Juntos, de pie el uno contra el otro, el joven rey y su esposa están sobre la plataforma del templo y la ciudad gira lentamente a su alrededor. La música monótona de las grandes ruedas ocultas llena sus oídos y se confunde con el ruido de las olas sobre las rocas de la orilla. Es como un canto, como una voz humana que grita de muy lejos, que llama:
«¡Juba! ¡Ju-uuu-baa!».
Las sombras se agrandan en la tierra, mientras el sol baja poco a poco hacia el oeste, a la izquierda del templo. Juba ve los edificios temblar y deshacerse. Se deslizan como nubes y, en el cielo y en el mar, el canto de las ruedas se vuelve más grave, más quejumbroso. Hay grandes círculos blancos en el cielo, grandes ondas que nadan. Las voces humanas disminuyen, se alejan, se desvanecen.
A veces, todavía, se oyen los acentos de la música, los sonidos de las tubas, las flautas agrias, el tambor. O los gritos guturales de los camellos, cerca de las puertas de las murallas. La sombra gris y malva se extiende bajo las colinas, avanza en el valle del río. Sólo el templo está iluminado por el sol, se levanta sobre la ciudad como un navío de piedra.
Ahora Juba está solo en las ruinas de Yol. Las ondas lentas pasan sobre los mármoles quebrados, agitan la superficie del mar. Las columnas descansan en el fondo del agua, los grandes troncos petrificados perdidos entre las algas, las escaleras devoradas. No quedan hombres ni mujeres aquí, no hay más niños. La ciudad se asemeja a un cementerio que tiembla en el fondo del mar, y las olas vienen a golpear los últimos peldaños del templo de Diana, como un escollo. Siempre está el ruido monótono, el rumor del mar. Es el movimiento de las grandes ruedas dentadas que rechinan todavía, que gimen, mientras el par de bueyes atados al timón hace más lenta su marcha circular. En el cielo azul oscuro, la luna creciente ha salido y brilla con su luz sin calor. Entonces Juba se quita el velo blanco que cubre su cabeza. Tiembla, porque el frío de la noche llega rápido. Sus miembros están entumecidos y tiene la boca seca. En el hueco de su mano, toma un poco de agua de un cubo inmóvil. Su bello rostro está muy oscuro, casi negro, por todo el calor del sol. Sus ojos miran la extensión de los campos rojos, donde ahora no hay nadie. Los bueyes se detienen en su camino circular. Las grandes ruedas de madera ya no giran, pero crujen y rechinan y la larga correa
de cuero vibra todavía. Sin prisa, Juba deshace los nudos de los bueyes, separa
la pesada viga de madera. La noche avanza al otro lado de la tierra, río arriba. Cerca de las casas, los fuegos de brasas están encendidos y las mujeres están paradas frente a los braseros.
«¡Ju-uuu-baa! ¡Ju-uuu-baa!»
Es la misma voz que llama, aguda y musical, en alguna parte al otro lado de los campos desiertos. Juba se da la vuelta y mira por un instante, luego desciende el montículo de piedras guiando a los bueyes por la correa. Cuando llega al pie del montículo, Juba anuda las trabas a los jarretes de los bueyes. El silencio en el valle del río es inmenso, ha cubierto la tierra y el cielo como un agua calma donde no se mueve ni una ola. Es el silencio de las piedras. Juba mira a su alrededor, largo rato, escucha el ruido de la respiración de los bueyes. El agua ha dejado de fluir por la acequia, la tierra bebe las últimas gotas, en las fisuras de los surcos. La sombra gris ha cubierto la ciudad blanca de los templos livianos, las murallas, los jardines de palmeras. ¿Queda, quizás, en alguna parte, un monumento en forma de tumba, una cúpula de piedras partidas, donde crecen las hierbas y los arbustos, no lejos del mar? Tal vez mañana, cuando las grandes ruedas comiencen de nuevo a girar, cuando los bueyes vuelvan a empezar, lentamente resoplando, por su camino circular, tal vez entonces la ciudad aparezca nuevamente, muy blanca, temblorosa e irreal como los reflejos del sol. Juba gira un poco sobre sí mismo, mira solamente la extensión de los campos que descansan de la luz bañadas por el vapor del río. Luego, se aleja, avanza rápidamente por el camino, hacia las casas donde esperan los vivos.


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Nota de Juan Cruz para La Nación

…Uno puede perderse, por tanto, Mondo , un relato de una intensidad emocional y de una sencillez admirables, y perderse además una autobiografía excepcional, El africano , que tiene un comienzo inolvidable: "Todo ser humano es el resultado de un padre y una madre". Este texto fue publicado por Adriana Hidalgo Editora en la Argentina, Mondo apareció en Tusquets (donde está prácticamente toda su obra); en los dos, como en Desierto o en La cuarentena , se deslizan aspectos autobiográficos de Le Clézio. Desde que tenía 23 años es una celebridad.
-Debe de estar contento, traducido a tantos idiomas pequeños?
-Para mí es un honor, porque no hay idiomas pequeños, todos tienen su valor. Es necesario mantener la enseñanza de los idiomas llamados menores, aunque no lo son, son antiguos, son formas de pensar.
-Como las personas. No hay personas pequeñas.
-Es cierto, no hay personas pequeñas.
-Momo, por ejemplo. Quise decir Mondo?
-Ese lapsus me hace pensar en Antonin Artaud, uno de los pocos verdaderos poetas que hubo en Francia, al que le tengo mucho cariño. Tuvo ideas mágicas que no tenían que ver con la realidad pero que son muy instintivas. Creo mucho en el instinto. Es la mejor inspiración.
-Mondo no es sólo un niño huérfano. ¿Usted conoció a alguien así?
-No, aunque tiene partes mías. Después de escribir esa novela corta encontré a un señor que había vivido esa experiencia. Era un gitano huérfano nacido en Argelia y adoptado por franceses. Un día se escapó, subió a un barco, llegó a Marsella y con 9 años trató de sobrevivir en la ciudad. Se escondía porque había muchos peligros. Hablaba del peligro de los pedófilos, que yo no menciono en Mondo . Temía a la policía y a los predadores. Era cineasta y cuando leyó esta novela decidió hacer una película. Me conmovió comprobar cómo esa historia, inventada, había ocurrido en la realidad.
-Mondo encuentra mucha gente benefactora.
-El mundo está lleno de predadores, pero también de gente generosa. Siempre hay personas, especialmente mujeres, con corazones gigantescos. En las sociedades con mayores dificultades es donde se encuentra más gente dispuesta a ayudar a los que padecen.
-En sus libros y en su vida parece que usted hiciera una excursión para encontrar a gente como Mondo.
-Eso forma parte de mi manera de ser, de mi historia. Creo que el haber nacido sin conocer a mi padre y haberlo encontrado muy tarde me ha llevado a la certidumbre de que el amor no se regala: se merece. Las situaciones que parecen normales, como tener un padre o una madre, no se otorgan sistemáticamente. Es algo que se gana. Porque todos los niños no viven estas situaciones. Hay situaciones terribles en el mundo, seas rico o pobre. Debemos tener siempre este reconocimiento, no de dar gracias a Dios, pero sí dar gracias a lo bueno que nos ocurre.
-Usted encuentra a su padre en 1948, se extraña de que él sea como es, y se une a él como el Lazarillo. Y de adulto se ha dedicado a reconstruir esa atmósfera, como si no pudiera seguir viviendo sin entenderlo?
-Sí. La literatura me ayudó muchísimo, porque mis primeras emociones las encontré, en El lazarillo de Tormes . Un niño que no tiene familia. Su única ayuda en la vida es un ciego terrible, que es su único pariente. El niño y el ciego forman una especie de caricatura de la familia? En la literatura encontraba yo lo que no encontraba en la vida? Nací en 1940, en medio de la guerra. Por casualidad estaba en Niza, aunque era de origen británico, y la amenaza de la guerra se hizo peor en 1943, cuando los alemanes entraron a ocupar la ciudad, reemplazando a los italianos. Los italianos no eran malos con la gente de las tierras que ocupaban. Mi madre contaba que la ayudaban a cargar con sus legumbres cuando venía del mercado. A veces le daban pan? Pero los alemanes eran muy duros. Cuando entraron en Niza, mi mamá, mi abuelo, mi hermano y yo tuvimos que escondernos en un pueblito de la montaña. Era como vivir en una cárcel porque no se podía jugar en la calle ni mirar al exterior. En 1948, llegar a África, encontrar un mundo abierto, con gente generosa, leyendo libros, fue el encanto de mi juventud
-En el libro sobre su padre, y en otros, habla de la violencia que conoció y del hambre. ¿Esa huella se queda para siempre?
-Sí. Además, mi abuela, que era francesa (mi madre era británica, prima hermana de mi padre), tenía una gran imaginación y estaba llena de cariño. Tenía ánimo, coraje, odiaba a los alemanes: lo exteriorizaba todo. Fue casi un modelo literario para mí. Cuando escribo, pienso en ella. Ella inventó el antihéroe, un mono que vivía en una sociedad de humanos, que reaccionaba con codicia, con trampas, ante todo lo que le surgía en la vida. Son sensaciones que no se olvidan. Alguien me contó hace poco que percibió que en su casa se fue acabando el hambre cuando dejó de haber cocina de petróleo y llegó la cocina de gas? No tengo en la memoria el petróleo, pero sí el fuego que mi abuela encendía en este pueblecito del cerro de Niza. El olor del humo de la madera que todo lo invadía, el pelo, la ropa? Es un olor que se mezcla con el frío, el temor a los alemanes y la falta de alimentos?
-¿Por qué eligió a un niño, Mondo, para explicar la soledad como valor o como opción?
-Y como interrogación también. La soledad de un niño que quiere entender el mundo, que se pregunta las cuestiones esenciales: de dónde vengo, quién soy, quién me va a amar, cuál es mi sitio en la sociedad, qué voy a poder hacer. Estas preguntas todavía hoy son muy fuertes, en mí y en otros niños. Siempre percibo estas preguntas. Por ejemplo, estuve en Buenos Aires, para un encuentro literario; fuimos a comer a un restaurante que tenía mesas en la calle, empecé a comer las sabrosas carnes argentinas cuando vino un niño muy pobre, se paró delante de mi mesa, tomó mi tenedor y empezó a comer de mi plato. Fue un acto tan violento y tan normal. El mozo vino para echarlo, y le dije que lo dejara. Se comió casi toda la carne y se fue. No dijo gracias, no dijo nada. Casi con violencia: una especie de ímpetu del hambre lo hizo actuar así.
-Mondo no era así.
-Pero podría serlo. El niño no comía carne únicamente, su acto era en sí mismo una pregunta.
-En un momento usted decide que indagar en la infancia es más voluntad humana que literaria.
-Sí. Empecé a escribir novelas o cuentos que eran más provocativos que otra cosa, eran maneras de afirmarme como escritor, tratar de inventar un estilo .Hacía listas de palabras para luego escogerlas. Mi modelo era Salinger, encerrado en una especie de bodega de cemento, sin ventanas, para escribir haciendo listas de palabras. Poco a poco, especialmente después de vivir en la selva de Panamá, vi que había otras metas en la escritura que no eran solamente estilo o manierismo. Podría parecer pretencioso, pero me sentí como el medio de comunicación entre algo y los otros. Por eso cambié totalmente mi manera de concebir la escritura. Desde ese momento no me importaron tanto el estilo, las referencias literarias, sino decir lo que tenía que decir: estamos en la tierra un período muy breve y no podía dejar de aprovechar este momento.
El africano es una cartografía de su vida. Encuentra a su padre, del que usted luego parece una prolongación. Él cruza llanuras para curar, cultiva paisajes, y al final de su vida decide no hablar. Pero fue un hombre que parece también un personaje literario?
-Fue un modelo. Mi padre tenía las manos de un albañil. Unas manos muy fuertes. Cada vez que tenía un rato libre era para hacer algo con las manos, no para escribir: para hacer un mueble de madera, para componer cosas. Me identifiqué con él a tal punto que imité su vida. Después de acabar sus estudios se disgustó con el mundo de los médicos en Inglaterra, porque era muy elegante y no se sentía cómodo. Se fue a un país salvaje, la Guayana Británica, y cuando pensé en experimentar algo fuerte en relación con la vida natural no fue en Guayana sino en Panamá, pero era el mismo medio ambiente. Como él navegó por los ríos en piragua, yo compré una piragua y navegué los ríos de Panamá. Él encontró a los indios de Guayana, y yo quise vivir los mismos años que él vivió con los indios, pero en Panamá. Después me fui a México, pero no tuve la misma vida que él. Fui a un lugar pequeño, Jacona de Plancarte. Viviendo allí tenía la impresión de seguir el modelo de una manera imperfecta. Él había sido perfecto. Yo era imperfecto, pero por ser imperfecto podía escribir.
-Pero hasta 2004 no cuenta la razón que lo lleva a vivir esa aventura, cuando escribe El africano . ¿Por qué tardó tanto?
-Tenía que hacerlo por escrito, no lo podía contar en palabras, como ahora lo estoy contando. Decirlo me parecía impúdico, y ahora lo he dicho. Lo que está escrito tiene una fuerza que no tienen las palabras. Lo que estamos hablando se va a evaporar. Pero los libros quedarán.
-Los indios le enviaron a su padre, a través de usted, un mensaje: "Con todo lo que sabe, podría venir y nosotros le acogeríamos de nuevo". Su padre le respondió: "Ahora no puedo, hace diez años sí". En ese momento su padre tenía 70 años.
-Imagino que a esa edad estaba muy cansado. Tuvo una vida dura, y esa vida no perdona. No es cuestión de fuerza, porque era muy fuerte, pero sí había ya fragilidad en su mente. Era la vertiente pesimista de la vida, la que conduce a la muerte. Y antes de llegar a la muerte se quedó callado, no quiso hablar más.
-Dice que a cierta edad, en ciertas circunstancias, "sólo se pueden verter lágrimas". Es cuando su padre escucha lo que pasa en Nigeria, violencia, desorden, muertes, hambre.
-Un enorme dolor. Mi padre no tenía televisor y escuchaba las noticias en la radio. Esta gente se moría, una gente que quizás él amó más que a su familia porque escogió vivir allí solo. Morían por una especie de conspiración de los Estados industriales para llevarse el petróleo. Creo que para él fue un momento terrible que posiblemente contribuyó a su pesimismo, a su falta de confianza y a esa autodestrucción que se impuso? Yo estaba conmovido también, pero aquello que él vivió como médico yo lo viví como niño, por lo que la relación es más distante.
-En África su padre y usted vivieron la esclavitud, la violencia, el hambre, la repugnancia por el mundo colonial. ¿Cree que la historia nos ha hecho mejores?
-Sí, porque se acabó la colonización. La colonización era el mal absoluto y ahora estamos "en males relativos". Es una mejoría pero tengo dificultades para entender lo que pasa porque, como testigo de los últimos momentos de la colonización, tengo imágenes muy fuertes: gente que camina con cadenas por las carreteras, empleados para la construcción de monumentos para gloria de los colonizadores.  Ahora vemos una forma oculta de colonialismo. También existen la corrupción y la destrucción de lo que hubiera podido ser después de la colonización. Las fuerzas de corrupción del dinero, eso es lo que ha hecho que el resultado sea una forma hipócrita de colonización. Pero por lo menos los países son independientes, eso es lo bueno. Pueden escoger. El camino hacia la democracia es lento, pero confío en que sea la meta última para lograr alguna forma, probablemente diferente, de la democracia que conocemos, en la que el ser humano pueda desarrollarse.
-Usted es un testigo raro: un intelectual francés que abandona el confort de París cuando ya era un escritor muy bien considerado.
-Nací en una burbuja de isla Mauricio en Niza; crecí en esa burbuja. Fui a París y me asustó la superficialidad, que la gente no viviera para otra cosa que para ver con quién iban a encontrarse por la tarde, con quién iban a cenar y cómo preparar su carrera literaria o lo que fuera. Me pareció tan fútil que no pude aguantarlo. En realidad nunca viví en París, para mí es una ciudad tan extraña como Nueva York. Siempre he vivido en lugares donde la vida es más sencilla y más fácil de entender. Especialmente en este pueblo mexicano de Jacona donde he pasado quince años. Teníamos una casita en una calle empedrada. Un día pasó un anciano que no era de nuestro barrio y se cayó. Toda la gente salió de sus casas con una silla para que el anciano pudiera sentarse. Mi mujer le sacó agua, otros sacaron frutas para que pudiera recuperarse? Estas cosas no ocurrirían en París. Una de las pocas veces que estuve en París con mi hija vi a un anciano africano que se había caído en el subte. Era medio vagabundo, pero llevaba el traje de soldado. Debía de ser uno de esos soldados que combatió por Francia y del que se habían olvidado. La gente pasaba por encima de él, no lo ayudaban. Mi hija y yo lo pusimos en pie, lo sacamos del subte, preguntamos en la puerta de un hotel de lujo si podía sentarse un rato adentro porque hacía mucho frío. El muchacho de la entrada del hotel era un hombre bueno, permitió que se sentara y cuando le preguntamos al anciano si quería que llamáramos a los servicios médicos nos contestó: "No, no quiero ir al hospital". Le dimos un poco de dinero y se fue caminando. Las cosas que ocurren en las ciudades son terribles. Alguien se puede morir y la gente pasa por encima.
-Usted habla de lo que su padre decía: el olor del miedo. Se supone que ése era un mundo duro, que las ciudades son más confortables.
-Creo que no he abandonado el mundo confortable por un mundo duro. Al contrario, abandoné un mundo duro, hostil y egoísta por otros mundos más suaves, en los que hay más compasión.
-¿Lo ha cambiado a usted este contacto con un mundo tan diverso y tan natural?
-Creo que toda mi vida he escrito el mismo libro. Una mezcla de confesión, de búsqueda de idealismo, de realismo, a veces de execración. Y no creo que vaya a cambiar de escritura ahora. Tengo más interés por los otros que por mí mismo.
-En 1991 dijo: "Quisiera ir más allá del lenguaje, dejarme llevar por una poesía en estado puro, una poesía creada por gestos y por los ritmos de la danza. Es decir, por el ser en ebullición". ¿El futuro le dio la razón?
-Sí. La permanencia de los humanos es algo increíble. El modelo de mi padre motivó esa absoluta necesidad de escribir sobre esos momentos en que la vida humana está atada al medio ambiente. Se puede expresar con la escritura, con la danza, con la música. En esos años salía de la experiencia de haber vivido con los indios de la selva de Panamá, gente que no tiene escritura, pero sí un lenguaje para contar historias. Tienen una lengua literaria y otra diaria. Confunden las artes, la religión, la magia o la creencia, como algo sobrenatural, y no hay especialidades, como pintor, escritor o músico. Cada uno es un artista y a la vez un albañil que sabe hacer cosas con sus manos, un marinero excelente en los ríos, un curandero. Esta totalidad es para mí el modelo del ser humano. Desgraciadamente, estamos especializándonos cada vez más.
-Usted tenía la ensoñación de isla Mauricio, de donde procede su familia. Cuando ya se hizo realidad, ¿cómo fue?
-Mi abuelo, mi mamá, mis tías me contaron tantas cosas que cuando llegué allí Mauricio resultó no ser realidad para mí, era una especie de cuento, de mito en su forma física. Además, tenía la forma de una novela, de pirámide, el modo en que concibo la novela. Isla Mauricio es un volcán. Primero está el mar de coral, las playas, subes y en la cumbre hay un cráter azotado por los huracanes. Es la forma de una novela. La novela empieza, alcanza una cumbre y después se va acabando. Descubrí que en la isla vive un millón de personas, con muchas dificultades. Es como la gente de México, que sonríe mucho, es muy amable, pero vive en medio de extremos de violencia. No se mueren de hambre porque es una tierra generosa, pero conocen dificultades enormes. Me impresionó mucho.
-Quiero evocar esta frase de El desconocido sobre la tierra (1977): "Escribir solamente sobre las cosas que se aman, escribir para unir, para reunir los fragmentos de la belleza y después recomponer y reconstruir esa belleza. Entonces, los árboles que están en las palabras, las rocas, el agua, las chispas de luz que están en las palabras se encienden, brillan de nuevo, se lanzan y bailan".
-No voy a borrar ninguna palabra de lo que escribí entonces. Era como una intuición de lo que debía hacer el resto de mi vida. Espero seguir con esta confianza. Esa confianza es el regalo que me dan los lectores porque responden. Aunque los críticos lo tachen de ingenuidad. Para mí es un elogio.




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