2 mar. 2012

Elvira Orphée: Me desespera que no comprendas lo que te dicen los escasos sonidos de mi garganta, que no haya flores blancas de exaltado perfume, sino sólo vegetales con olor amoniacal.





Fotos de Bangkok: Laura Duran- Mercedes Araujo


A la gran Elvira, en este viernes soleado, ¡salud! Por enseñarme -entre tantas otras cosas- que hay que pasear por algo, con una intención más allá del mero paseo: pasear por amor a través de junglas vegetales, pasear en busca de jardines que hagan descubrir misterios en uno mismo y en los demás, pasear para que los paisajes traspasen el alma y le dejen pequeños agujeros por donde entren muchas cosas que normalmente no pueden entrar porque las almas están demasiado cerradas.

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Ay Enrique

Quedaba en un paraje de mosquitos, de maderas podridas, de río. Las circunstancias me habían obligado a vivir en esa casa extraña.
Del piso habían desaparecido algunas tablas y se abría un boquete de más de medio metro. Para no caerme dentro caminaba por el medio de la pieza. Como yo vivía allí desde hacía poco, no había tenido tiempo para los peligros.
Era un sitio bastante claro. La claridad se metía por el boquete para iluminar una escalera que llevaba al sótano o lo que fuere, quizá lleno de ratas y de resacas algo inmundas. Si hubiera tenido ganas de limpiar habría bajado a sacar las carroñas o los bichos vivos dejados por alguna creciente. Pero mi espíritu estaba intranquilo y ni siquiera había limpiado la gran pieza en la que estaba viviendo; hasta había dejado colgando como grandes hamacas los telones desprendidos del techo, esos que ya no se hacen más, tan inútiles, tan estremecedores cuando empiezan a soltarse.
No sé en qué pasaba mi vida entonces porque no me acuerdo de ningún sentimiento intenso, excepto del amor por Enrique.
Pero no había tenido la energía de prohibirle que bajara al misterioso sótano, tan fuertes eran mi cansancio y mis ganas de despreocupación. Él, allí, seguramente se divertía como sólo puede hacerlo un ser nuevo y asombradizo. Un día se me ocurrió que, entre ratas y sucias formas de la vida, debía de haber atrapado lombrices. Así que busqué a un hombre de la zona, especialista en bichos repugnantes, para que se las sacara. Llegó vestido con un overall blanco, muy limpio, como uniforme de médico. Me asomé al boquete del piso y llamé a Enrique que andaba correteando abajo. Asombrosamente, obedeció y subió alegre el tramo de escalera rota. Con orgullo miré al hombre. Uno siempre magnifica cualquier señal de inteligencia de los que ama.
Enrique estaba contentísimo. Vaya a saber qué podredumbres, qué maravillas mefíticas lo tenían tan entusiasmado allá abajo.
El hombre se dispuso a darle su remedio, pero me advirtió que se sentiría mal.
Enrique era mi amigo. No, mi hijo. El que me quería incondicionalmente y dependía de mí para todo. Yo, que tuve tanto asco de tantas cosas, no lo tenía de sus patitas sucias ni de su pelambre refregada en sitios contaminados. Le gustaba ensuciarse, yo lo amaba, luego era necesario que lo dejara ensuciarse.
Enrique y yo nos queríamos con un amor que dolía. Era una tumefacción en el alma. De tanto como tuve, de tanta gente, lo único que me quedaba era Enrique. Pero eso único era una inmensidad. Entonces, ¿por qué salí, dejándolo solo con el hombre del overall? Por algo tan tonto y tan inexplicable como la llegada de El Petiso Fatum, que me invitó a pasear.
Yo nunca paseo por pasear. Es como decidirse a perder vida. Hay que pasear por algo, con una intención más allá del mero paseo: pasear por amor a través de junglas vegetales, pasear en busca de jardines que hagan descubrir misterios en uno mismo y en los demás, pasear para que los paisajes traspasen el alma y le dejen pequeños agujeros por donde entren muchas cosas que normalmente no pueden entrar porque las almas están demasiado cerradas. Pero, ¿pasear porque sí? ¿Y con El Petiso Farum? Simpático y divertido en las ocurrencias que nacen de noche, entre mucha gente, pero incapaz de exprimirle las posibilidades a una flor. Pese a eso; increíblemente, salí con El Petiso Fatum mientras a mi criatura le hacían ingerir drogas dañinas.
Nos metimos por entre la maraña de un paisaje tan húmedo que parecía despedir vapor, y llegamos a una casa rodeada de plantas, de verde, de sombra. Una gran casa oculta y chorreada de verdín, de esas que tienen imán porque están como saturadas de maleficio. Producen un miedo muy atrayente. El Petiso estaba pasando allí algunos días, no sé por qué ya que tenía su casa en la ciudad y era apasionadamente ciudadano. Habíamos abierto la verja y estábamos por llegar a la puerta, cuando oí una especie de llanto lejano. Quién sabe qué me impulsó a correr para acercarme al llanto. El Petiso me siguió entre risas y comentarios que le quitaban el aliento. Según él no se había oído nada. Y quizá tenía razón porque debimos correr bastante hasta llegar a la casa donde parecía estar el llanto.
Al revés de la que acabábamos de dejar, y aunque estaba en un paraje lleno de verdor, era luminosa. La luminosidad interna se distinguía por debajo de la rendija de la puerta. Llamamos. Nadie contestó. Imposible entrar si no era por la puerta. Las tapias de los costados no lo permitían. Saqué mis llaves y empecé a probarlas. El Petiso se puso pálido.
—No se oye ningún llanto. ¿Te has vuelto ladrona y me estás complicando? Me voy de aquí.
Pero se puso aun más pálido cuando oyó de repente el llanto espantoso. Llanto, queja, alarido, todo eso era, más la desesperación.
Fui siempre especialista en encontrar entradas insuficientemente cerradas. Desde chica me he divertido en violar casas de vecinos ausentes. Un único obstáculo tuve a veces; los perros, tan defensores de lo que no les pertenece, tan del partido de sus dueños, pobrecitos. Hasta he llegado a entrar en casas con enfermos que ni se daban cuenta de que la familia los había dejado solos; en casas con imágenes de Santa Teresita y rosarios gruesos, negros y diabólicos; en casas llenas de jazmines del Paraguay que, aunque no tienen un perfume exaltado, lo tienen, sí, extraño (casi un no perfume, muy refinado). Y de repente, mientras hurgaba la cerradura, me invadió el ansia de perfumes que siempre me ha perseguido como si me señalara un camino.
Hablé para distraer a El Petiso, mientras seguía con mi trabajo. Pero su cara trastornada rompió mi cháchara y me volvió a la urgencia. Tenía que entrar en la casa. Lo había hecho antes en tantas otras, atraída por sus extraños habitantes ausentes que dejaban visibles sus ritos o por sus insólitos ensamblajes, ajenos a las ordenanzas, rebeldes a cualquier prohibición opuesta a la originalidad.
Por fin di con el resquicio que me permitió abrir. Una casa rectangular y luminosa. Se entraba por un pasillo lindante con los vidrios de la cocina que, a su vez, tenía ventanas hacia otra calle. Y entonces volvimos a oír el quejido. ¿Quejido? Un gemido rabioso, un aullido. Venía de afuera, de detrás de las ventanas de la cocina que daban a la otra calle. Me precipité a abrir una y algo huyó hacia abajo. El Petiso ya estaba junto a mí. Me incliné a mirar y, con asombro, con desazón, casi con náusea, descubrí lo que había afuera. La casa, al ras del suelo por donde habíamos entrado, de este otro lado estaba sobre un terraplén oblicuo de unos dos metros o más de elevación. Tirado en la calle había un blando muñeco de trapo, bastante grande, con una pierna doblada. A su lado aullaba el perro que quiso entrar en la casa violada por mí o quiso algo que no comprendimos, quizá sólo ayuda.
En el balcón de la casa vecina, blanco y lleno de sol, tres monjas cuchicheaban. Yo no apartaba los ojos de la calle.
—Está rabioso —dijo El Petiso en voz baja.
—Está hambriento.
—Y el hombre, borracho.
—No. Cuando yo me emborracho, Enrique no se pone a aullar.
El Petiso me miró con curiosidad y quizá repugnancia.
—¿Te emborrachás?
—Sí. Sola y no en reuniones.
—¿Por qué has decaído tanto? ¿No te da pena?
Inútil contestarle. Era curiosidad de chismes, no de vida. Mientras ahí abajo, en la calle, ¡qué desarticulado estaba ese pobre hombre, qué pálido, qué vestido con bolsas en lugar de ropas, como para que yo lo hubiese tomado por un muñeco de trapo! El muchacho tirado y su perro, dos seres que se habían amado, que se amaban seguramente todavía a pesar de la espantosa barrera entre ellos. Porque no se podía dudar: sólo la muerte da actitudes tan antinaturales como la que tenía el hombre caído.
Todo era tan blanco de este lado de la casa, como en un paisaje de Andalucía, como si del otro lado no hubiera tanta cantidad de sombra, de verdín, de agua oscura.
De repente, ese dolor que se elevaba desde la calle me dio en el pecho y me sofocó.
El muchacho tirado ¿de qué había muerto? ¿De hambre? ¿De caminar sin esperanzas? ¿De tanto amar? ¿Cómo no supo que junto a él tenía el amor? ¿Qué necesidad de un ser humano para vivir el amor más desgarrador?
—Las personas son nada más que el instrumento para el cuerpo de otras personas —susurré.
El Petiso estaba descolorido, entendiendo sólo la muerte, sin entender la separación.
—El amor que rompe las paredes está en otra parte. Tenemos casas para resguardar el cuerpo, tenemos cuerpos para resguardar quién sabe qué belleza desconocida. Pero la resguarda y al mismo tiempo la comprime, la domina, la retiene —hablé con voz de llanto—. ¿Quién es capaz de romper las paredes del cuerpo?
Ya había algunos curiosos mirando al muchacho caído. Todos parecíamos paralizados. Nadie actuaba. Y en el balcón vecino, tres monjas comentaban pacatas el espectáculo.
—Hagamos algo —les supliqué—. Quizás esté vivo todavía.
—Es la voluntad del Señor —dijeron, indiferentes.
—Pero quizá no esté muerto sino por morir —y pensé: de una enfermedad tan pobre que la obliga a transportarla por los caminos y la intemperie.
Ellas siguieron en su impasibilidad de monjas. Es la voluntad del Señor. Entonces, dulcemente, les aconsejé:
—¿Por qué no cambian de Señor?
Se persignaron y huyeron a la desbandada. Yo entré a llamar a una de esas instituciones nuestras que tardan tanto para lo urgente y no llegan nunca para lo demás. Luego salí de la casa. Arrastré a El Petiso en la gran vuelta que se precisaba hacer para llegar del lado sombra al lado Andalucía.
—¿Así que te emborrachás sola? —mientras corríamos.
—Sí. ¿No lo ves? —sin dejar de correr—. Estoy borracha de rabia. Otras veces lo estoy de música y tantas de eternidad. Entonces Enrique se echa a mi lado y participa de lo que me pasa. Pero para que te quedés contento, a veces me emborracho con dos vasos de vino con frutas.
Y mi voz sonaba entre los lamentos que se desgarraban en el aire y volvían a nacer en algo más hondo que la garganta del pobre animal desesperado. Sus ojos, fijos en algún zodíaco lejano, pero con lagunas del llanto de la tierra, estaban atados al espectro del muchacho que seguramente se despedía de él en ese momento en una estratósfera del alma inalcanzable para nosotros. El muchacho ya se iba, derivando por las regiones privadas de los muertos. El perro quería irse con él, y su cuerpo imperante le cerraba el paso. La corriente de su desesperación era por minutos más intensa. El muchacho se iba empapando de desconocido; el perro de desdicha irreversible.
De repente, la mirada del perro cambió de lugar y de expresión. Me miró a mí, y el horror pareció traspasarle los límites de los párpados.
—Dios, Dios —dije—. No abandones al perro. Lo recogeré yo.
Y salí corriendo mientras El Petiso me gritaba. ¿Quién era él para llamarme? ¿Quién era para haberme hecho dejar a Enrique solo? Era nada más que el hermano de El Alto Fatum.
Corrí hasta sentir estrellas de plata ante mis ojos, y sus duras puntas clavadas en un costado del cuerpo. Corrí abriéndome paso entre estrellas de dolor, ya viejas conocidas, pero nunca tan brutalmente desafiadas.
Entré en mi extraña casa. Yo no vi el espectro de Enrique, como vio el perro el del muchacho, alejarse translúcido o centelleante hacia los parajes de la disolución. Lo vi simplemente muerto, enroscado alrededor de un dolor insoportable. Me eché a su lado. Enrique, Enrique, mi amigo, mi criatura, te has muerto para dejarme toda la libertad. Me lo contó la mirada de horror del otro perro. Me dijo: la tristeza es ahora el pulso de Enrique, en eso lo ha convertido tu abandono. ¡No! ¡No! quise contestarle. Le contesté que no, Enrique, con los ojos, con todas las mataduras del alma. Te dejé esta tarde a que te las arreglaras solo con tu enfermedad, pero no sospeché que te morirías. No fue esta tarde cuando en realidad te dejé solo, fueron todas las veces que te abandoné antes, hasta casi olvidarte. Quizá creíste que volvía a abandonarte. El otro perro lo sabía; a eso se refería su horror al mirarme.
Semejante a agua opaca y profunda se había vuelto el bello color dorado de los ojos de Enrique. Junto a él, echada, y casi sin darme cuenta, la barrera que nos separaba ahora, como a esos dos pobrecitos de la calle, se deshizo y dejó de ser barrera. Tuve una náusea, una sola, y no caí muerta porque ya había caído antes de morir. Ya en el suelo estaba muerta. En seguida vi luces titilantes en horizontes muy oscuros, sentí esa inmensa sensación de felicidad que da volar en sueños, aunque lo hiciera por cielos intermitentemente alumbrados, y después me encontré en este sitio.
Todavía tengo recuerdos de la tierra, pero ya algo me golpea magnéticamente la cabeza para que no recuerde más que alguna vez hablé con palabras, tuve la posibilidad de hacer algo con mis manos y amé a Enrique en su desvalimiento de animal.
Estamos de nuevo juntos; Enrique y yo, él con su cuerpo, igual a lo que era; yo con mi cuerpo, igual a lo que fue. Enrique me quiere, me habla con palabras y yo contesto con extraños sonidos, desagotados de significación para él, porque ya no puedo hablar más con palabras. Me tiro en el suelo, a sus pies, y me quedo en postura de esfinge, y él, desde el sitial donde está sentado, se inclina a acariciarme el lomo desnudo. Me concede su tiempo perdido, nada más, porque ya se le desencadenó el torrente de cieno que en la tierra nos lleva compulsivamente hacia otro ser de nuestra especie y nos obliga a descuidar a todos los Enrique del mundo. Sí, Enrique, te dejé muchas veces solo allá en la tierra, no a causa de El Petiso, con su borboteante insignificancia, sino a causa de El Alto Fatum, su hermano, que me proporcionaba la risa y andanadas de sensaciones. Pero no supe nunca que te estremecías como un astro (igual que yo ahora) con cada latido de abandono. Te dejé muchas veces solo a causa de El Alto Fatum, que al fin y al cabo no tenía más que risa, inferioridad, mugre y un cuerpo que podía acoplarse al mío.
No entiendo este mundo en el que estamos ahora ni entiendo su cielo —si es cielo esa especie de pesadilla que veo aquí—. Me desespera que no comprendas lo que te dicen los escasos sonidos de mi garganta, que no haya flores blancas de exaltado perfume, sino sólo vegetales con olor amoniacal. Pero quizá dentro de poco algo cambie. Ya los recuerdos de lo que fue antes empiezan a flotar como una tenue columna sobre mi cabeza. En las nieblas que veo ahora —que tus ojos no pueden distinguir— hay figuras que se parecen a la mía, y me pongo a aullar de miedo por lo que te rodea y no ves. Enrique, que te enamoraste de un cuerpo semejante al tuyo en este enervante, extraño mundo, y que me abandonas a causa de él, antes de que pierda del todo la memoria de lo que fue, te suplico que no me dejes como te dejaba yo, con tanta soledad, con tanta hambre, durante tantos días. Que no me dejes por un cuerpo de tu misma especie, esos que nunca traen el amor sino la desgracia.

http://www.bn.gov.ar/abanico/A40707/orphee.enrique.html

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Nota de Leopoldo Brizuela para Ñ

Roma me conquistó por la gente común”, dice Elvira Orphée, casi noventa años, en Buenos Aires. “Cierro los ojos, y me veo embarazada de mi tercera hija, esperando el tranvía. Uno, dos, tres automóviles con familias frenan sin que yo se los haya pedido… ‘¡Venga, signora , suba la llevamos!’ Llego al mercado y una señora me dice: ‘mire, mire, ¡ quanto bene di dio !’ Quería hablarme de la guerra, ¿comprendés? Vuelvo del mercado y veo a mi hija Paula, de tres años, gritando en el balcón: ‘ ¡Ciao, Roberto! ¡Come stai, Goffredo! ¡Arrivederci, Maria! ’ Eran el repartidor, el cartero, la portera que ya la conocían y ya la adoraban. Por eso”, dice, “yo bauticé a Italia: la tierra dove il bambino é ré . Y después, poco a poco fui haciéndome amigos.” Para Elvira Orphée, que se describe como un “ser de soledad”, y que había permanecido tan ajena a sus compañeros de Filosofía y Letras como del círculo de Victoria Ocampo, prima hermana de su marido, la fraternidad literaria era una novedad. “Por simple intermediación de una pintora, nos llegó una invitación de una señora de sociedad que recibía en su garage, todos los jueves, a la intelligentzia romana; algo tan campechano que cada uno se llevaba su comida. Del primer día recuerdo a Mastroianni, que me impresionó modestamente, con su pelo teñido de rojizo, a Fellini, a Giulietta, y por fin, a Alberto Moravia y su mujer, Elsa Morante, que enseguida se apasionó por mí. No sé por qué. Elsa era así, fuego.” Los Moravia, recuerda Orphée, vivían en la Piazza del Popolo, en los altos del “café de los escritores”. “Al otro lado de la plaza estaba el café de los pintores, donde yo dejaba a Miguel y me volvía a charlar con Elsa o con los mozos, a los que se podía dejar mensajes para cualquier escritor italiano”. Entre aquellas mesas, por las que habían pasado Lord Byron, Goethe o Leopardo, Morante ya era un mito. Mucho menos conocida internacionalmente que Moravia –quien, según cuenta Orphée, guiaba una vez por semana un tour de fans norteamericanas por los escenarios de sus propias novelas–; muy discutida en lo literario –pocos escritores italianos aprobaban el modelo decimonónico que había elegido para su primera novela, mientras que Georg Lucacks la consideraba “el mayor genio literario del siglo XX”, Morante fascinaba una personalidad única, casi extravagante. Judía, hija de un hogar desavenido de los barrios populares, ocasionalmente prostituta en los durísimos tiempos previos a conocer a Moravia, a quien de inmediato veneró, Morante vivía desgarrada por amores imposibles por homosexuales como Luchino Visconti o Bill Morrow, el pintor norteamericano que al suicidarse la sumiría lentamente en el desequilibro mental... Excesiva, apasionada, fanática de los gatos, la lectura de Antonio Gramsci y los poetas malditos, Morante se concebía casi como una gurú: llegaba a sostener que “un nuevo monstruo recorre el mundo: la falsa revolución” y ya lideraba un círculo de jóvenes, “comunistas sin raza ni partido” (Giorgio Agamben, Fleur Jaeggy, Sandro Penna, el mismo Morrow), en el que la figura de Elvira Orphée calzó natural y perturbadoramente. Aunque ninguno de ellos podía leer en español su primera y extraordinaria novela, Dos veranos (1956), que acababa de publicarse en la Argentina, Orphée, de una belleza aindiada, aire de fugitiva y laconismo demoledor, deslumbraba ya con los rasgos de sus futuros libros: independencia, originalidad y esa ferocidad cuya fama la envuelve aún hoy, pero que, acaso, no era más que el hábito de combatir la hipocresía provinciana a puras estocadas de sinceridad brutal.
“Llegué por primera vez a casa de los Moravia la noche del 24 de diciembre. Cuando entré, justo detrás de mí subía Pasolini con un arbolito de Navidad que, según dijo, acababa de robar para Elsa, de un restaurante finísimo... Tan pronto me vio me detestó”, dice Orphée, que en sus memorias le retribuye llamándole “escritor en lunfardo” y “cara de calavera”. “Estoy segura de que fueron celos... Pero te confieso que tampoco Moravia me prestó demasiada atención. Elsa y él vivían en pisos diferentes, lo que yo nunca había visto que hiciera un matrimonio y me pareció muy bien, aprendí mucho. Pero Moravia estaba tan absorbido por su carrera que hasta se jactaba de restringir al máximo su vida sexual... Y cuando bajaba a distraerse un rato quería que le contaran historias... ¡Era de esos escritores obsesionados por los hechos, todo lo que quieren son hechos...! Yo me negaba a contarle las obviedades, las cursilerías, las vaguedades que él esperaba de una muchacha subtropical. Y siempre he sido de guardarme los secretos que sólo dice la poesía. En cambio, a Elsa los hechos no le importaban nada. Como yo, sólo quería poesía.” Poesía, dice Orphée, que no es lo que se escribe, sino, antes, una necesidad de librar a la vida, y a la memoria, de la tiranía del lenguaje cotidiano. “Yo nunca había sabido de nadie que viviera con esa necesidad permanente, estado de poesía. Nadie, salvo yo misma.” En verdad, más allá de la diferencia de edad y formación, las dos amigas, cada una en un estudio distinto de la vieja Roma, atravesaban momentos muy parecidos. Después de sus respectivos debuts literarios, sólo apreciados por algunos colegas eminentes, ambas estaban abocadas a un segundo proyecto, el que debía certificar su pertenencia al gremio de los escritores. Pero a diferencia de Morante, a quien el ejemplo de Moravia había afirmado más de lo que ella misma estaba dispuesta a admitir, Elvira Orphée parecía más perdida que nunca, y, en la desesperación por encontrar lectores, parecía dispuesta a escribir lo que otros querían de ella.
Uno (1960), su segunda novela de Orphée, aspira a ser un fresco de la clase social a la que había ingresado al casarse... Elsa Morante, en cambio, estaba escribiendo La isla de Arturo , empleando procedimientos que las amigas discutían. “El libro es una fábula protagonizada por Arturo, un muchacho común, huérfano, de la isla napolitana de Procida. A diferencia de Cassola, Elsa sabía que el tratamiento realista de los desamparados no es el más eficaz. Su método es retratar a las gentes sencillas con el lenguaje que éstas hablan, agravando esa poesía natural que tiene la gente del pueblo, haciendo que los personajes digan mucho más que lo que dicen, y sus paisajes dejen de ser reales para ser metafísicos... Era lo que yo no había llegado a hacer en Dos veranos , mi primera novela, cuyo protagonista, Sixto Riera, es un criado de padres desconocidos que mira la sociedad tucumana de un modo totalmente original”. Sin saberlo, Morante puso a Orphée en lo que la llevó literariamente de vuelta a Tucumán, al voltaje poético del habla del norte argentino, al culto de Juan Rulof, y, por fin, a la escritura de Aire Tan dulce (1966), ese esplendoroso tratamiento del lenguaje que influiría tan decisivamente a, entre otros, Sara Gallardo y Tomás Eloy Martínez.
“Muy bien, un día Elsa me llamó por teléfono con voz de conjura urgente: ‘Tienes que venir mañana, que va a venir un hombre bellísimo, ¡bellísimo!’ Yo fui. Era Italo Calvino. ‘Pero Elsa, ¿este uccellino te parece a ti un uomo bellísimo?’ Porque Italo tenía en la cumbre de la cabeza una especie de pirinchito, y en la boca algo como un repulgue herencia de un antepasado conejo... No me gustó nada. Por eso, o porque yo estaba casada, no le presté mucha atención. Hasta que un día llegó y me dijo: ‘Por favor, vamos al festival de Deux Mondes, Elvira’ ‘¿Con Elsa al volante?’, me espanté. ‘¡Ni loca!’ ‘Ah, Elvira’, me dijo entonces furioso, mordiendo las palabras, los ojos inyectados... ¡C ome sei snob !’, Yo me quedé de piedra. ¿Qué podía tener que ver el snobismo con el terror a los automóviles...? Hasta que de golpe entendí, y lo llamé, y convinimos una cita. Fue en uno de esos cafés al aire libre, que yo amaba, porque siempre venía un mozo a cantarte canzonettas. Creo que empezamos hablando de un libro suyo, El sendero de los nidos de araña , un libro de una poesía simple, bella, que después abandonó, por una fantasía más rebuscada que ya no aprecio... ‘Pero Elvira’, me interrumpió de pronto. ‘¿Cómo quieres que se aprecie tu cuerpo con ese vestido que parece una bolsa?’ Era un vestido de seda, elegantísimo, pero con forma de bolsa. Yo le dije que tanto daba, porque estaba en los cuarenta y nueve quilos... Y ¿podés creer?, cuando nos quisimos acordar estábamos hablando de mis enfermedades, que me habían acosado desde que tengo memoria, y hablábamos con una erudición y con una pasión... porque mi madre y su padre habían sido químicos. Le dije que algo me devoraba por dentro, y él creyó entender.” “No”, dijo Orphée a Calvino, “lo suyo no era la augusta tenia saginata que María Callas había dejado vivir dentro de sí para bajar de peso. Eran las feroces amebas ictiolíticas que me había pegado en Tucumán y que me roían el vientre como una carcoma. ‘Las amebas no se bañan dos veces en nuestros mismos ríos’”, bromeó tímidamente Italo, “aunque nosotros para ellas somos el universo... Yo le respondí: ‘Somos las trampas que la mentalidad de Dios…’ (‘Si existiera’, me interrumpió él ) ‘...les puso para hacerlas creerse imperecederas dentro de nosotros. Lo mismo que nos hace creer a nosotros, humanos, que seremos eternos parásitos, letales, dentro del organismo del mundo...” “Eso hablamos ese día, y durante años hablamos así. A veces me aburría con Italo; creo que él, como yo, necesitaba del trampolín del otro para divertirse. Quizá porque tenía su romanticismo, eso que toda mujer necesita aunque lo niegue, guardado bajo siete llaves... Pero me doy cuenta de que me amó mucho aun sin que yo le correspondiera y que fue uno de mis grandes amigos. Sentí tanto cuando se murió ¿Sabías que fui yo quien le presentó a su mujer, a Chichita Singer, la argentina con la que se casó? Yo tuve mucho que ver con eso.
http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/no-ficcion/confesiones-romanas_0_398360374.html

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Elvira Orphée nació en la provincia de Tucumán, Argentina. Sus libros realizan una indagación constante sobre temáticas como la injusticia y la corrupción del sistema social argentino en todos sus diferentes estratos socioeconómicos. Ha publicado los siguientes libros: Dos veranos (1956), Uno (1961), Aire tan dulce (1967), En el fondo (1969), Su demonio preferido (1973), La última conquista de El Ángel (1977), Las viejas fantasiosas (1981), La muerte y los desencuentros (1989), Ciego del cielo (1991). Esta entrevista tuvo lugar en el domicilio de Elvira Orphée en ciudad de Buenos Aires, en agosto del 2002 y fue publicada en Conversación al sur: Entrevistas con escritoras argentinas, Simurg (2003). Editorial Simurg ha permitido su publicación en  Grafemas.
Marianella Collette: ¿Cuándo descubres el código de la escritura?
Elvira Orphée: A los once años. Enfermedades por turno me impedían una vida normal, y aunque en mis buenos momentos era capaz de hazañas peligrosas, como subirme a una torre de electricidad, instalarme en alto y desde ahí, como reina en un trono enaltecido, dejarme suplicar, por gente reunida, que bajara o corría el riesgo de matarme. Posible­mente esa torre no funcionaba en determinadas horas pero, como ignoraba cuáles, continuaba allá arriba mirando el mísero mundo. Se necesitaba comisiones de gente para buscar a mi madre y que me hiciera bajar. Por una vez no me llevaba palizas de película, que no consistían en golpes sino en tirones de pelo y arañazos.
Mi horario de colegio era matutino, pero las monjas, voraces de rezos y paraíso, nos hacían ir a veces por la tarde para oír las prédicas de un buen curita. Yo casi nunca iba. Prefería pasear por un parque de luz que siempre me parecía oscuro, o insuficiente aun en esas tórridas primaveras del Tucumán. El principal atractivo de aquel parque era el cementerio de los ricos (había otro para los pobres, mucho más pintoresco, pero quedaba más alejado). No puedo precisar qué era lo que me atraía hacia él en las ho­ras tempranas de la siesta, cuando el resto de la gente cumplía con la tradición del sueño en sus casas. Quizá se tratara de ese encantamiento mortuorio del que pocas adolescencias se libran, aunque no lo creo. Más bien pienso que era la paz de ese lugar, su soledad lo que me fascinaba. Porque aunque la ciudad de Tucumán fuera apenas animada, de todos modos tenía movimiento, pero yo jamás fui muy adicta a la gente, ni siquiera a seres excepcionales que conocí más tarde.
Aparte de mis aventuras callejeras, pasaba la mayor parte del tiempo convaleciente, y no me atraían los cuentos cómicos de los libros. En cambio podía leer mil veces La sirenita, y revivir con ella toda su tragedia, no me refiero a la versión edulcorada actual, o La reina de la nieve, de Andersen. También los cuentos expurgados de Las mil y una noches ya que ninguna chica de once años habría comprendido en aquel entonces el erotismo desen­frenado de esos relatos arábigos.
Entonces quise saber cómo se hacía para escribir cosas tan bellas, y me embar­qué en la escritura de una “novela”. Mi protagonista se llamaba Roland, nombre seguramente convo­cado por mis genes franceses. Pero en esa novela no había más que admiración por Roland y descripción minuciosa de los bosques que él transitaba, hasta con sus caracolitos. Esta incipiente narrativa me aburrió pronto, entonces me dediqué a la poesía, escribiendo “maravillas” tales como los versos si­guientes: “Una noche, noche muy bella/ tu hermoso rostro yo contemplé/ y en esa noche, noche de estrellas/ a amarte mucho ya comencé”. Una joven monja muy dulce descubrió esos “versos”, los creyó dirigidos a mí y no me infligió ninguna penitencia. La hermana Salesia sólo me previno de las consecuencias. Yo puse un oído desatento y empecé mi carre­ra literaria con un malentendido.
MC: ¿Qué te impulsa a escribir tu primer libro Dos veranos?
EO: Esa actitud de luchar siempre contra la injusticia. Pero en este caso me equivoqué. El protagonista, Sixto, era un chico de la calle que realmente existió, fue protegido de un militar, que incluso lo llevó a su casa, donde hacía trabajos livianos. Pero Sixto no quería ganarse la vida, sino que se la dieran ya ganada, fue así que mediante el robo y el asesinato comenzó a apropiarse de lo ajeno. Creo recordar que terminó muy mal, lo mataron durante uno de esos intentos. Y que mis parientes todavía lo sintieron.
MC: En tu novela Uno existe una clara dicotomía entre la clase obrera y la clase burguesa, sin embargo ambas están sufriendo los mismos vacíos y desencuentros emocionales ¿puedes hablar sobre esto?
EO: Esa división no es exclusiva de nuestro territorio. Está en toda Latinoamérica, quizás debería decir en todo el planeta, aunque tomando formas más temibles en países ricos. La nuestra viene ya de una división diaria de la personalidad. “Quiero salir; quiero que­darme en casa”. “Quiero estar muy sana; no quiero estar muy sana porque entonces ya no pensarla sin tregua”.  Prefiero ser “el hombre, ese hijo (pensante y enfermo) del mono” (Unamuno), ya que los autores machos borran la existencia de un ente llamado mujer y tienen por cómplice hasta la gramática, sería mejor ser una hija en­ferma de la mona, enfermedad que le dio la inteligencia, las argucias, y el ansia de saber. En cuanto a las diferencias entre clases sociales, que creo es lo que usted me está preguntando, ya la veo como una luna menguante acelerada. Hubo una diferencia de clases.  Señoras argentinas se casaban con duques y príncipes euro­peos, y en sus casas no hubiera entrado nunca un Maradona ni un ídolo de la canción. Hoy, todo está muy mezclado, aunque la división persiste, en un jet set poblado de parásitos que malgastan sus vidas, de politiqueros, con cultura apenas más extensa que la de un indigente, y empujando hacia abajo a los más carenciados.
MC: Tu novela Uno tiene alusiones al tango Uno “como otros ojos los perversos que mataron mi ilusión”. ¿Qué relación existe entre este tango y tu novela?
EO: Sólo la forma de nombrarse del hombre argentino, forma que hoy tiende a de­saparecer. Quizá tal hombre por pudor del “yo” quería con ese “uno” impersonal, poner un antifaz a su yo, y disfrazarse en la generalidad del hombre. El tango Uno, aparte de ser muy bueno, es un drama común a muchos. Se refiere a una amada traidora en la época de la primera mitad del XIX, momento de sexo con obstáculos y mucha importancia en cada relación individual. Parecería que si una mujer no era perversa en aquella época, no tenía otra forma de hacerse amar. La inteligencia no contaba, la ternura parecía ser como un conjuro hecho más para perder a un hombre que para ganarlo. El amor era despiadado y hasta carnicero. Pero ¿qué sucedía con el hombre que dejaba de ser el macho rey? Pero mejor no confundir la verdad con la suposición masculina de que cuanto más rebajara a una mujer, si él perdía hombría, ganaba compasión y odio para ellas.
MC: En tu novela Aire tan dulce la gama de la utilización del lenguaje es muy extensa, va desde un lenguaje sencillo hablado hasta el otro extremo de un lirismo poético ¿cómo surgió esta propuesta de variación estilística de lenguaje?
EO: Si yo no escribiera fijándome en el lenguaje, base de la literatura ¿qué escribiría? Algo vacío. Son las palabras las saetas que llegan desde un lenguaje para llevar hasta una emoción, hasta las frases doradas. No hay que escribir con palabras opacas.
MC: En Aire tan dulce aparece la virtud de la honradez como forma masculina de control de la mujer. ¿Ésta era una preocupación en la sociedad argentina de los sesenta? ¿Cómo observas esta problemática?
EO: ¿Qué tiene que ver la honradez con un sexo de mujer? y, ¿por qué se ponía el buen nombre de la familia en un órgano femenino tan asqueroso como todos los otros órganos? Como si se culpara a una mujer porque le habían tocado el hígado o el páncreas. Diferencia: Sólo algunos órganos producen placer. Actualmente, al tema del sexo se le muestra como deporte sin ganadores ni perdedores. Un porque sí. Más aún, una ridiculez.
MC: ¿Cómo surgió tu novela En el fondo y ese juego antitético en­tre país frío y país caliente, entre el exilio exterior e interior? ¿Podrías hablar cómo has vivenciado estos exilios en el libro y en ti?
EO: A veces sé cómo nace un libro, otros no. En una segunda edición de En el fondo, cambié hasta el título, y se llamó: La muerte y los desencuentros y dejó de ser un largo poema para convertirse en una corta novela, pero siempre con toda la poesía que se puede poner en una novela. Con respecto al sentimiento de exilio se vivencia como un dolor permanente. Y basta para decir cómo también lo viví en mi vida. Muchas veces me sentí europea, exiliada en mi propio país. Hoy lo siento con menos dolor, no porque las formas de ser argentino hayan mejorado, sino porque he entrado en una indiferencia personal, algo que hay que agradecerle a los años. Ya pocas cosas importan.
MC: En el libro Mujeres argentinas hay un artículo de Cristina Piña sobre Alejan­dra Pizarnik.  En él me enteré que la última persona que visita a Alejandra antes de su muerte eres tú y que poco antes de morir ella escribe una frase que dice “No quiero ir más que hasta el fondo”. ¿El título de tu novela En el fondo tiene alguna referencia a esta frase de Alejandra?
EO: Estuve con Alejandra en su último día. No fui la única. En el fondo no tiene ninguna referencia a la frase de Alejandra que citas y que yo hasta hoy no conocía. Sin embargo, hubo una coincidencia. En el año 1966 o 67, cuando nos vimos en París, ninguna de las dos había leído a la otra. Pero un buen día encontré (y digo encontré porque casi nunca recuerdo lo que escribo) en mi libro Aire tan dulce este capítulo, “Querida”, que invoca a un personaje importantísimo: “Te he pensado tanto, querida. Te he pensado tanto que no entiendo por qué no me has oí­do... ¿Quién soy yo para que me tengas miedo? Una pobre criatura que te ruega que vengas una tarde después que haya llovido. Vendrás, embebida de olores: la tierra mojada y un poco de relámpago…  Veré más que nunca, sin querer apoderarme ya de nada con los ojos. Te miraré con tanto desapego, querida, que no tendrás dudas de que te estaba esperando, de que en ese momento te mezclo con un dulce de uvas que me encantó, con las fresas que me mandaron su olor hasta mi cama de enferma, con el arroyo del barranco de los loros, con mis bolitas de colores que fueron princesas, con el patio del toldo colorado, con la tormenta, con todo lo que me ha pasado. No dudarás de que en ese momento te mezclo conmigo… ¿Qué im­porta, qué te importa? Sos ciega, no sabés nada. Tendré que dejar de rogarte. No te han dado orejas para escuchar…  No quiero rogante, mi buena, mi humilde, mi única querida. Porque sos la única que me quiere. Enormemente. Tenés para mí una cu­na, donde me colocarás vuelta a nacer. De algo tan exageradamente blanco y suave que no sé que pueda ser. Me acunarás, me querrás. Me querrás hasta borrarme, hasta vaciarme. Y seré nadie. Sin nombre, sin cuerpo que asentar en algún lado. Con sólo amor. ¡Oh, me querrás, me querrás, hasta borrarte, hasta no ser nada! Me querrás, porque si no me quisieras, ¡qué desesperación sin vuelta atrás!...  Sé mi querida, sé la que me quiere, mamita Muerte. Vendrás, habrá acabado de llover. Sabrás que te estaba esperando por ese inmenso desapego que me notarás. Y después Será el amor.”
El fragmento de Pizarnik dice: “Junto al río la muerte me llama. Desoladamente desgarrada en el corazón escucho el canto de la más pura alegría. Y es verdad que he despertado en el lugar del amor”. Ella usa la síntesis, como todo real poeta y dice: “No quiero ir más que hasta el fondo”. Pero mi título En el fondo, nada tiene que ver con esa frase. Ni la conocía.

MC: Uno de los temas que más me atrae de tu libro La muerte y los desencuentros son las transformaciones de los personajes en animales y esa integración con la naturaleza que es como un regreso simbólico hacia un arquetipo femenino. ¿Tienes un interés especial por esta temática?
EO: Absolutamente no. Y tampoco en explorar una temática de integración chamánica entre animales humanos y animales en proceso de llegar a lo humano, lo que está desa­rrollado en un cuento del libro Las viejas fantasiosas.
MC: La integración de arquetipos de la divinidad femenina en la literatura moderna es algo muy poco explorado pero surge en tu novela con muchísima fuerza, cuando mencionas a Artemis (Artemisia, diosa de la luna, cazadora por naturaleza con muchísimo instinto primario). ¿Relacionas acaso a la protagonista con Artemis?
EO: Sí, me fascinan los dio­ses de la más alta antigüedad, con lazos tendidos hacia el futuro en parecidos deslumbrantes. Creo, al igual que tú, que la divinidad femenina, en la literatura moderna es algo muy poco explorado. Pero debo hacer una aclaración de pronunciación porque no siento a Artemis -en su bella pronunciación griega, ya que Artemisia me hace pensar en una abuelita de provincia, adepta a los tés de hierbas, y no como cazadora sangrienta, no como diosa de la luna que mata con sus dardos plateados. Atrae más el dardo que el té de hierbas.
MC: ¿Percibes que la literatura escrita por mujeres está reivindicando este espacio femenino?
EO: Siento la diferencia entre literatura masculina y femenina cuando encuentro poesía en una novela. Ellas aman. Ellos planean revoluciones en bares y palean por las mujeres. Creo más en el espacio humano que en el de los sexos, pese a haber nacido feminista sin saberlo. Hay novelistas hombres con gran carga de poesía. No relaciono yo, sino su enamorado, a la protagonista de La muerte y los desencuentros con el nombre que él le pone, Artemis, por su belleza andrógina, su coraje y su capacidad de amar heterosexualmente, conquistando o conquistada, virgen o diosa de los mil pechos que amamantan.
MC: Tu cuento “Las viejas fantasiosas” tiene reminiscencias de las brujas que conocen el arte de la magia ¿por qué crees que se le tiene tanto miedo a esta forma de poder sobrenatural femenino?
EO: Se tiene tanto miedo al poder femenino porque se sabe oscuramente que son ellas las conductoras de la vida y de la muerte. Todo lo que nace es para morir. En el período neolítico, fueron las diosas las Señoras del cielo, la tierra y el submundo. Hoy ya ni es necesaria para la especie la presencia del hombre. Unos tubitos pueden suplantarlos para siempre en la concepción. Y es posible que la forma de decir de la mujer, mientras no quiera imitar al macho, encierre un poder sobrenatural que mata de a poco: “La muerte de espuma, buscándote a ti que fuiste el lugar del amor”.
MC: ¿Cómo percibes que la literatura de mujeres está reivindicando ese espacio femenino?
EO: No por reminiscencias de brujas ni por la persecución masculina que su­frieron. Sé que mis libros son apreciados por mujeres y poetas. Deduzco un lazo entre ambos. Claro que el lenguaje femenino es distinto que el del hombre. El perora, ellas dejan intuir. Claro que hay muchas excepciones entre los escritores hom­bres. Las de aquéllos que tienen un alma casi sin contiendas terrestres. Creo que la mujer se relaciona con el poder de una forma distinta, por su seduc­ción -su magia, digamos- y su innegable inteligencia. Hoy imita con éxito las argu­cias del poder masculino. Ojalá no pierda sus poderes naturales, aun ignorándolos.
MC: ¿Por qué te interesan tanto los temas de energía y magia?
EO: Porque me interesa casi todo. Quise ser aviadora, quise ser médica, y mi padre decía, para humillarme, que debería ser abogada. Y yo contes­taba: Ganaría casi siempre. Entonces me convertí en escritora.
MC: Tu libro de cuentos La última conquista de El Ángel lo terminas de escribir en el año 1975 y se publica en 1977 y sin embargo es una predicción de las atrocidades de la dictadura argentina. ¿Por qué crees que tu imaginación ya presentía tan nítidamente este futuro inmediato?

EO: Esto fue no sólo el resultado de mi imaginación sino también de mi experiencia de los métodos utilizados por Perón, cuya víctima fui en mi época de estudiante, afortunadamente con muy poca intensidad. Escenas teatrales, mentiras sobre las compañeras presas conmigo. Allí no se trata­ba de humillar para sacar información que los estudiantes teníamos en dosis míni­mas.  Sólo se trataba de vengarse de los que no creían en su ser maravilloso, en­gominado y símbolo apto para todos los manejes del Peronete que nos han condu­cido a la Argentina de hoy. El libro refleja un poco de intuición y un conocimiento previo de lo que era un dictador. Allí, sí, adiviné.  Sucedió que uno de los entregadores de prisioneros de la última dictadura tenía como apodo El Ángel, por su físico. Años des­pués de publicado el libro, me enteré de que ése era su apodo, por rubio, por sua­ve. Hasta hoy no puedo creer que fue la obediencia a su deber lo que lo llevó a dela­tar y, sin embargo, fue así. La obediencia está en el código del marino. Entre faltar a su humanidad y faltar a las órdenes dadas por un superior, eligió lo que le habían inculcado. Me pregunto con angustia si yo misma no hubiese faltado a una orden que me costaría la vida si no la obedecía. Y no tengo contestación para esa duda.
MC: ¿Por qué crees que el hombre necesita torturar y humillar al otro, para sentirse todopoderoso?
EO: Un hombre de baja estofa -caso que no es el de este marino- posiblemente ne­cesite torturar y humillar para sentirse poderoso. Se sabe él mismo incapaz de toda grandeza, entonces la reemplaza con el poder que le dará personalidad y altos puestos. Nuestro Ángel, espía de los que no creían en el gobierno al mando, no necesitaba torturar ni delatar. Pero su religión era obedecer a los superiores.
MC: Me puedes explicar el título de este libro de cuentos La última conquista de El Ángel.
EO: El título La última conquista de El Ángel, se refiere a una escena que imita la del amor de una mujer atada y torturada eléctricamente bajo el cadáver de un hombre que faltó a los mandamientos de la dictadura.
MC: Los cuentos de Ciego del cielo giran alrededor de la justicia vindicta, por mano propia y no la justicia institucional. Son los mismos personajes los que establecen justicia en este mundo caótico. En tu cuento “Será justicia” son las mujeres las que castigan con sus propias manos al violador de niños y mujeres ¿crees necesario esta forma rudimentaria de justicia en sociedades tan impunes como la Argentina?
EO: Los cuentos de Ciego del cielo son en general los de la justicia por mano propia. No estoy en contra. Querría aplicarla, pero no sé si sería capaz. En todo ca­so, dentro de mí estoy deseando una organización que termine con las Cámaras (diputados y senadores) que no sólo no quisieron rebajarse sus sueldos sino que se los aumentaron, ante la visión de un país que era rico y que hoy ve a su gente comiendo de las bolsas de basura. Quiero apasionadamente que algunos tomen el lugar de vengadores y terminen entre otros con los Menen de la Argentina y del mundo. Que terminen no sólo con ellos sino con toda la gentuza capaz de llevarnos adonde nos dejó, incluido ese sirio presidente que quería a toda costa pertenecer a la alta sociedad y que ni siquiera lo logró casándo­se con una ex miss universo. Sigue siendo tan ridículo que me da vergüenza verlo con su casi enanismo y su nariz de payaso, un engendro entre Clinton y Chirac. Justicia por mano propia, sí. Pero hasta yo, flor de cobarde, quizás me animara a infligir el castigo que les doliera, aunque no fuese la muerte clemente, sino lavar letrinas en una cár­cel hasta su muerte.
MC: ¿Qué te impulsó a escribir los cuen­tos de Las viejas fantasiosas?
EO: El azar. Yo casi nunca soy una escritora deliberada. Estos cuentos simplemente me encantaron. Tienen algo de mi infancia.
MC: ¿Qué tipos de escritoras o escritores llaman tu atención?
EO: Margerite Yourcenar. Elsa Morante, la que fue esposa de Moravia y escribió La isla de Arturo. Marosa di Gorgio, la escritora uruguaya. En Argentina me conmueven las poetas, Orozco y Alejandra Pizarnick. Si hay otras no las conozco.
MC: ¿Qué estás escribiendo actualmente?
EO: Actualmente escribo mis recuerdos como Vieja Roma bajo la luna (memorias frívolas) y Ofidia, sobre diosas serpientes, reinas en la antigüedad. Además escribo en el sueño. Todas mis noches son divertidas, aunque algunas temibles. Sueño idilios, peligros, paisajes y despierto decepcionada por no soñar el esplendor que soñaba antes, palacios en bosques de Viena, casas en Roma, altas sobre el vacío, con fantásticos paisajes de agua y de misterio. Nunca los había visto, nunca los veré, pero Roma me toca el alma hasta no poder sentir que pertenezco a otro lugar.   Incluso la invento en sueños.



Foto de Valentina Rebasa

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