19 abr. 2013

Irving/ Shakespeare siempre me pareció contrario al mantra de la escritura contemporánea: "Hay que mostrarlo y no decirlo".





Esta semana leemos:




Al gran John.

Y pensamos en ese libro que fue Oración por Owen.

Ampliaremos.

Mientras tanto:

algunos párrafos destacados de la entrevista que hoy publica ADN.

-En la entrevista que dio al The Paris Review cuando tenía cuarenta y cuatro años se autodenominó "un dinosario". Ahora que tiene 70, ¿cómo se ve?

-Es un sentimiento que permanece inalterado, sólo que ahora soy un dinosaurio mucho más viejo. El tipo de novelas que deseaba o soñaba escribir cuando tenía veinte años ya entonces era considerado caduco. Sentía admiración por Dickens, Hardy, Melville, Hawthorne. Habían pasado de moda incluso antes de que yo empezara a escribir. Al ser principiante, eso me causaba una enorme ansiedad. Pero el deseo de adoptar a esos grandes escritores decimonónicos como modelos se convirtió en una ventaja. En aquel momento, cuando era joven, no me pareció así, pero la ventaja fue que al adoptar como modelo a grandes autores fallecidos hacía un siglo, resultaba imposible que me pudieran confundir con ellos, que yo les copiara el estilo o que alguien me reprochara que los había copiado. Desde el punto de vista del estilo es absolutamente imposible escribir como ellos en la actualidad porque el lenguaje que usaban era el de su época. Uno tiene que buscar su propio estilo. Eso es una suerte porque de ahí siempre saldrá una voz moderna. De modo que querer recuperar y resucitar a esos grandes escritores fue una decisión acertada. Todo esto es una manera un poco larga de decir que estoy encantado de seguir siendo un viejo dinosaurio.

-¿El arte de la novela puede pensarse como arte de representación?

-Mi primera vida, mi primer amor, mi primer deseo de hacer algo con mi vida proviene del teatro. Antes de tener edad para leer aquellas novelas que tanto quería poder escribir, las novelas decimonónicas que contaban historias fascinantes, sólo podía imaginar un futuro de actor. Me sentía incómodo conmigo mismo y con quien era, y me resultaba mejor o me atraía más la idea de crear un personaje y habitarlo. Creo que más tarde, en mi adolescencia y hacia los veinte años, cuando me alejé de la representación escénica y pensé en escribir, todavía consideraba que la escritura era una especie de escenificación. La novela me daba la oportunidad de habitar las vidas de todos aquellos personajes, de ser todos ellos. Y supongo que aún me siento más cómodo inventando y habitando otras personalidades que este yo, quienquiera que sea. Con la excepción de mi papel como padre, es el único papel vital que he desempeñado bien y con el que me siento más a gusto.

-John Cheever, un escritor que usted conoció bien durante el tiempo que estuvo en Iowa, a quien admiraba y con quien solía compartir platos de pasta y el ritual de los partidos de fútbol americano, era bisexual y sufría mucho por ello. Todos sabemos de su desenfreno con el alcohol... Pero las cosas han cambiado mucho desde entonces. Su novela sale en un momento de gran debate social en Estados Unidos acerca del matrimonio gay.

-Aunque parezca mentira, el hecho de que la novela salga cuando se debate el tema de las sexualidades minoritarias y el matrimonio gay en la sociedad estadounidense es pura casualidad. Los que somos convencionales la tenemos muy fácil. Nadie se opone a esos deseos, no tenemos que sentirnos culpables por ellos o sentir odio hacia nosotros mismos por ser diferentes y desear algo inconveniente. Pero muchas personas sufren mucho pensando que la atracción que sienten es inadecuada, como le pasa a Billy. Le cuento una casualidad aún mayor: durante los ocho, nueve años durante los cuales esta novela existía en mi cabeza, más los años que tardé en escribirla, no sólo no habría podido imaginar que el tema del matrimonio gay terminaría en los titulares de los diarios, sino que tampoco habría podido prever que mi hijo pequeño sería homosexual. Era tan chiquito cuando empecé a elaborar la novela que no se me hubiera ocurrido. Al sentarme a escribir la novela, ya empecé a saber que tenía un hijo gay y me sentí muy orgulloso de él. Pensé que tenía mucha suerte: si la novela no tenía otro lector, al menos tendría un lector ideal, mi hijo. Ha sido una feliz casualidad, una simultaneidad afortunada tener un hijo que se declara gay a los diecinueve años, justo cuando termino una novela sobre un personaje bisexual? ¡Qué buena coincidencia!

-Otra frase: "Eso es shakespeariano, Bill. En Shakespeare, muchas de las cosas importantes ocurren fuera del escenario: uno sólo oye hablar de ellas".

-De alguna manera las dos muertes más importantes en la novela ocurren fuera del escenario de la novela: la de Miss Frost y la de Kittredge. El lector sabe lo que pasa, pero no se cuenta como parte de la representación. Shakespeare siempre me pareció contrario al mantra de la escritura contemporánea: "Hay que mostrarlo y no decirlo". Yo no puedo ser socio de ese club porque, como escritor, me la paso "diciendo" todo el tiempo. Muestro, sí, pero también digo. Qué consejo más estrafalario, lo considero francamente una mierda. En David Copperfield , se nos cuenta el día que el cuerpo de Steerforth aparece en la playa llevado por la marea; en Oliver Twist , el día que sale de la cárcel. Fagin se ahorca. El coro de Sófocles nos anuncia que el sobrino y el hijo de Kryon se suicidan. Todo pasa fuera del escenario. Un mensajero aparece y dice: "Kryon, Kryon, tu mujer se ha suicidado". Y después vemos cómo Kryon no responde. Sólo dice: "Ah, ella también", porque no puede responder, de tan perdido que está. Sófocles nos quiere mostrar su estupor, pero tiene que decir una parte para mostrar la otra.

-En el último párrafo, Billy dice del personaje de Kittredge: "Era mi viejo enemigo y mi amor prohibido". Me recordó la frase que pronunció Jane Bowles, tan misteriosa, cuando conoció a su marido, Paul Bowles: "He conocido a mi enemigo". Sabemos cómo acabó aquella historia de amor para ella. En las novelas que usted escribe el arquetipo del outsider heroico siempre aparece, algo que lo sitúa firmemente dentro de la tradición norteamericana.

-Sí, me encanta la figura del outsider . El único género cinematográfico que de verdad me gusta es el western . Es lo único originalmente estadounidense. La mayoría de las películas o de los directores estadounidenses son de origen europeo o imitan sus estilos, como lo hizo Orson Welles. Quizás el aspecto más norteamericano de mis novelas sea esta exploración del individuo, lo que lo hace ser único, individual. La señorita Frost no es el personaje principal, pero sí la heroína. No sólo porque protege a Billy, sino porque no es una víctima del sida, sino que muere por las agresiones de personas que la odian. Vive y muere como una heroína. Mis novelas están pobladas de personajes secundarios que son los auténticos héroes. El doctor Larche es el héroe de Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra , es quien consigue que Homer sea quien es. Miss Frost es quien ayuda a Billy a encontrarse, a conocerse. Son los personajes cuyas historias al final más nos importan. Como el doctor Daruwalla en Un hijo del circo . Es un extranjero vaya a donde vaya. Cuando retorna a la India, se da cuenta de que se encontraba mas cómodo en Canadá.

Aquí la entrevisa completa:

http://www.lanacion.com.ar/1573726-john-irving-el-outsider

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